Los auriculares pesaban ciento veinte gramos. Nadia lo sabía porque los había pesado, una vez, en la balanza de la cocina del hotel, por curiosidad, porque los auriculares de interpretación simultánea le parecían más pesados que ciento veinte gramos después de seis horas de traducción y quería saber si el peso era real o estaba en la cabeza. Ciento veinte gramos. El peso estaba en la cabeza.
Nadia tenía treinta y siete años. Nacida en Teherán. Estudió en Londres. Vivía en Ginebra. El pasaporte iraní, el alquiler suizo. La lengua de casa era el farsi. La lengua del trabajo era el inglés. La lengua de los sueños cambiaba según el mes. Traducía del inglés al farsi desde 2014. Conferencias sobre petróleo en Viena. Cumbres sobre el nuclear en Ginebra. Reuniones del Consejo de Seguridad en Nueva York. Una vez había traducido una frase que un ministro había dicho. Otro ministro no la había dicho. La diferencia entre las dos frases era una guerra. Nadia vivía en la diferencia. Cada traducción era una habitación con dos lenguas dentro. Una pared de cristal en medio. Nadia vivía en la pared de cristal. Desde el 11 de abril la habitación estaba en Islamabad, en el Serena Hotel. Las dos lenguas: el inglés del vicepresidente americano, el farsi del presidente del parlamento iraní. La pared de cristal era la cabina del intérprete en el segundo piso. Dos metros por uno y medio. El micrófono. Los auriculares. Un vaso de agua. Un bolígrafo. El bolígrafo era para las notas. Nadia no tomaba notas. Escuchaba una lengua, hablaba la otra. El retraso entre la escucha y la palabra era de tres segundos. Tres segundos: el tiempo que el cerebro necesitaba para recibir una frase en inglés, desmontarla, remontarla en farsi, enviarla a la boca. En tres segundos una propuesta de alto el fuego se convertía en una propuesta de alto el fuego en otra lengua. Con otro peso. Otra temperatura. Otra historia dentro de las palabras.
El vicepresidente hablaba un inglés lento. Las frases eran cortas. Los verbos estaban en presente. El presente era el tiempo de la negociación. "We are prepared to extend." Nadia traducía: el presente del inglés se convertía en un presente del farsi que no era el mismo presente, porque el presente en farsi tiene un matiz de continuidad que el inglés no tiene. El presente farsi dice que algo viene de antes y seguirá después. No corta. "We are prepared" en farsi sonaba como algo que había empezado antes. Que continuaría después. No como una decisión tomada ahora. Nadia lo sabía. No lo corregía. Traducir no es corregir. Traducir es llevar el peso de una frase de una lengua a otra sin dejarlo caer. Los auriculares presionaban los oídos de Nadia mientras traducía el presente. Ciento veinte gramos. Después de dos horas el mismo peso. Después de cuatro horas un peso distinto. El plástico caliente contra la piel. La almohadilla comprimida. El peso no cambiaba. Lo que cambiaba era la cabeza debajo de los auriculares.
El presidente del parlamento iraní hablaba un farsi formal. Las frases eran largas. Los verbos estaban en condicional. El condicional era el tiempo de la diplomacia iraní. Nadia traducía el condicional en un condicional inglés que era más débil, porque el condicional inglés es un modo, no un tiempo. Plantea una hipótesis limpia, cerrada. El condicional farsi abre una puerta y la deja entornada. Como el subjuntivo español, que dice: quizá, tal vez, pudiera ser. Deja el aire pasar. "We would consider" no era lo mismo que lo que el iraní había dicho. Era lo más cercano. Nadia vivía en lo más cercano. El lugar donde dos lenguas se tocan sin tocarse. Donde una palabra pesa una cosa en una lengua, otra cosa en la otra. El traductor sostiene los dos pesos en equilibrio con tres segundos de retraso. Los auriculares presionaban. Las horas pasaban. Los ciento veinte gramos seguían iguales. El peso no.
Después de seis horas de equilibrio la cabeza pesa más que los auriculares. Las dos lenguas se mezclan. Nadia a veces pensaba en farsi mientras hablaba en inglés. A veces pensaba en inglés mientras hablaba en farsi. A veces no pensaba en ninguna lengua. El cerebro era solo un pasillo entre dos puertas. Los auriculares pesaban ciento veinte gramos. El vaso de agua estaba medio lleno. El bolígrafo estaba sobre la mesa. La cabina tenía una ventana pequeña que daba al pasillo. Por el pasillo pasaban los agentes de seguridad pakistaníes. Hablaban urdu. Nadia no hablaba urdu. El pasillo estaba en una lengua que Nadia no entendía. La cabina estaba en dos lenguas que Nadia entendía. Entre el pasillo y la cabina estaba la puerta de la cabina. Cerrada. Nadia estaba dentro. Las dos lenguas estaban dentro. El pasillo estaba fuera. El alto el fuego estaba dentro. La guerra estaba fuera. El retraso era de tres segundos. En tres segundos el mundo cambiaba de lengua. En tres segundos el mundo seguía igual. Los auriculares pesaban ciento veinte gramos. A las siete de la tarde Nadia se los quitó. Los dejó sobre la mesa. Ciento veinte gramos volvieron a la mesa. La habitación se vació. Las dos lenguas se fueron con las personas que las hablaban. El micrófono apagado. El vaso vacío. El bolígrafo sobre la mesa. Los auriculares sobre la mesa.