El nombre de Kittleson estaba en la pizarra de la redacción desde el viernes, escrito con el rotulador azul que usaban para los corresponsales en zonas de guerra, y el rotulador azul significaba que la persona estaba en un lugar donde las comunicaciones podían interrumpirse y donde la interrupción de las comunicaciones no era necesariamente una emergencia, porque en Irak las comunicaciones se interrumpían por razones que iban desde el apagón eléctrico a la congestión de la red móvil durante los bombardeos aéreos a la simple decisión de apagar el teléfono para dormir, y el protocolo de la redacción decía que el rotulador azul permanecía en la pizarra cuarenta y ocho horas sin que nadie hiciera nada y que pasadas cuarenta y ocho horas el rotulador se volvía rojo y que el rojo significaba «contactar con la embajada».
Nora era la jefa del departamento de internacional y su trabajo durante las cuarenta y ocho horas del rotulador azul consistía en no hacer el trabajo que haría con el rotulador rojo, es decir no llamar a la embajada, no llamar al fixer de Bagdad, no llamar a la familia, no escribir nada en la web, porque el protocolo existía para impedir que la ansiedad produjera acciones que la ansiedad no debía producir; la ansiedad de Nora era un tipo de ansiedad que se manifestaba en las manos, en las manos que iban hacia el teléfono y que Nora detenía antes de que el teléfono estuviera en su mano, cada vez, cada media hora, durante cuarenta y ocho horas, y las manos de Nora eran el protocolo encarnado en el cuerpo, el protocolo que decía «todavía no», las manos que decían «ahora», la diferencia entre ambos que era el trabajo de Nora.
El último artículo de Kittleson había llegado el viernes por la mañana a las seis y cuarenta y dos hora de Bagdad, las cero cuarenta y dos hora de Nueva York. El artículo estaba en el sistema editorial con el estatus «borrador», el título provisional «The handlers», el cuerpo del texto mil doscientas cuarenta y siete palabras; la última frase era: «El tercer intermediario, el que nunca dio su nombre y al que los colegas llaman el Dentista porque.» Porque. La frase terminaba con «porque» y después de «porque» no había nada, ni un punto, ni una coma, ni un espacio; la ausencia de cualquier signo después de «porque» significaba que Kittleson había dejado de escribir en ese punto, en ese momento, entre el «porque» y lo que el «porque» habría introducido.
Nora leyó el artículo dos veces. La primera por el contenido: los intermediarios entre los grupos armados y las empresas privadas de seguridad, los pagos, los movimientos de dinero. La segunda por la estructura: el artículo estaba construido como una investigación de círculos concéntricos, del círculo exterior (los contratos públicos) al círculo interior (los intermediarios), y el círculo más interior, donde estaba el Dentista, era el círculo donde la frase se cortaba.
Las cuarenta y ocho horas del rotulador azul pasaron con la lentitud de las cuarenta y ocho horas que separan la ansiedad del procedimiento. Nora comió en su mesa. Durmió dos horas en el sofá de la sala de reuniones. Comprobó la pizarra cada vez que pasaba delante, y cada vez el nombre de Kittleson estaba allí, en azul, y el azul significaba «todavía no» y las manos de Nora permanecían a los lados.
A la hora cuarenta y nueve Nora cogió el rotulador rojo y borró el azul y escribió KITTLESON en rojo. El rojo en la pizarra tenía un peso diferente al azul: el azul era información, el rojo era una decisión. Nora llamó a la embajada. La voz al otro lado dijo que no tenían información sobre esa persona y preguntó los detalles de la estancia: el hotel, el nombre del fixer, la fecha del último contacto. Nora dio los detalles. La voz dijo que se informarían y llamarían.
Nora volvió a la mesa y el artículo de Kittleson seguía abierto en la pantalla con el cursor parpadeando después de «porque», y la pantalla era lo único en la redacción que no se había movido en las últimas cuarenta y nueve horas, porque la redacción alrededor de la pantalla había seguido funcionando, los compañeros habían escrito otros artículos, contestado otras llamadas, bebido otros cafés; nadie le había preguntado a Nora qué había en la pantalla porque nadie preguntaba qué había en la pantalla cuando el rotulador era rojo, y el no preguntar era otra forma de protocolo, el protocolo del silencio que rodea al nombre rojo, y Nora estaba sentada frente al «porque» que parpadeaba y los compañeros pasaban por detrás de su silla sin mirar la pantalla como se pasa por detrás de alguien que reza sin mirar hacia qué reza; el café en la taza de Nora se había enfriado, el café frío era el cuerpo que se había olvidado de beber porque el cuerpo estaba haciendo otro trabajo.
La embajada llamó tres horas después. La voz era distinta de la primera: más lenta, con las pausas de quien lee de un papel. «Una persona que coincide con la descripción fue vista en un café del barrio de Karrada el viernes. A partir de ese momento no tenemos más datos.» Pausa. «Estamos verificando con las autoridades locales.» Nora conocía el lenguaje de las embajadas: las autoridades locales eran la policía iraquí, y la policía iraquí en un secuestro en Bagdad no era la solución.
El director pasó por la mesa de Nora a las tres de la tarde y preguntó si Kittleson había mandado el artículo, y Nora dijo que el artículo estaba en el sistema desde el viernes, y el director preguntó si estaba completo, y Nora dijo que la última palabra era «porque» y que después de «porque» no había nada, y el director miró la pantalla y leyó la frase y se quedó de pie detrás de la silla de Nora durante once segundos que Nora contó porque contar segundos se había convertido en su manera de estar dentro de las cuarenta y ocho horas, y el director dijo «Archívalo» y volvió a su despacho. La puerta se cerró con el sonido de las puertas que se cierran cuando quien cierra ya ha decidido.
Nora esperó a que la puerta del director se cerrara. Esperó a que los pasos en el pasillo se alejaran. Luego puso las manos en el teclado y las manos hicieron el trabajo que las manos sabían hacer: el cursor en el panel, el estatus de «borrador» a «publicado», el clic de confirmación. El artículo salió online a las cuatro y doce de la tarde con el título «The handlers» y la última palabra era «porque». El lector llegaba al final y encontraba el «porque» sin respuesta y el «porque» sin respuesta era más potente que cualquier respuesta porque el lector sabía que la respuesta existía y la respuesta estaba en un lugar donde la periodista ya no podía alcanzarla, y el lugar donde la periodista ya no podía alcanzarla era el lugar donde la periodista estaba ahora.