El pesquero fletado por la Fiscalía salía de Mazara del Vallo a las cuatro y media, antes de que el sol levantara el viento. El nombre del pesquero era San Vito, de un armador de Trapani que lo alquilaba a los equipos forenses por dos mil doscientos euros al día más combustible, una cifra que ya se había pactado dos años antes y que se había vuelto habitual, como se habían vuelto habituales otras cosas en el mismo giro de años: el tipo de trajes secos que les daban, el color naranja de las cintas de marcaje, la marca de agua mineral que Sergio compraba en el puerto, siempre la misma, una marca barata de la Sicilia interior que, según Sergio, tenía la ventaja de saber a agua.
Anna era buceadora forense desde hacía siete temporadas. La cifra de siete temporadas era una de esas cifras que, dichas en fila — siete, ocho, nueve —, se convertían en otra cosa: dejaban de ser el recuento del tiempo pasado y empezaban a ser la descripción de un oficio, como cuando se dice de un panadero que trabaja desde las tres, o de un enfermero que hace tres noches por semana. Siete temporadas quería decir que Anna conocía el fondo del canal de Sicilia mejor de lo que había conocido nunca el fondo de la piscina de Avellino donde había aprendido a nadar a los seis años, donde había ocurrido, al final de su séptimo año de edad, aquello que ella había aprendido a no mirar y que ciertos días, bajando a la corriente fría frente a Lampedusa, le volvía, no como imagen sino como temperatura — el modo en que el agua había envuelto las orejas de su hermana Marta, de nueve años, mientras su padre se secaba las manos con una toalla azul que no era lo bastante grande.
El procedimiento para la silueta número uno era este: se encontraba el cuerpo, se fijaba en la botella una cinta naranja de marcaje (de cuarenta centímetros, doblada en tres), se fotografiaba la silueta con la cámara Nikonos desde veinte metros, se fotografiaba una segunda vez desde cinco metros, se subía a los diez metros de la parada de descompresión, se comunicaba a Sergio por el hilo que la silueta número uno había quedado marcada, y Sergio escribía en el registro: posición, hora, profundidad. La silueta número dos seguía el mismo procedimiento. La número tres. La número cuatro. Anna contaba en voz baja dentro del regulador, una voz que dentro de la máscara era como la voz con la que se rezaba de niños bajo las mantas — una voz para sí.
A cuarenta metros de profundidad, bajo el San Vito de la mañana a las siete, Anna empieza a contar. La visibilidad es de tres metros. El pecio del pesquero Karim está tumbado sobre el costado derecho. La red de la bodega está rota. Las siluetas están prendidas a la red, a los escalones, a los goznes de madera de la bodega. Anna las marca con las cintas naranjas como se marcan los libros en los estantes de una biblioteca para indicar cuáles han sido devueltos.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Siete es el niño.
El niño tiene — Anna lo ve de perfil, con la luz del frontal iluminándole el lado izquierdo del cuerpo — siete u ocho años. La mochila es de hule azul, con un estampado desvaído que Anna reconoce de los dibujos de sus sobrinas: es un personaje de un dibujo animado japonés, una especie de ratón blanco con los bigotes en punta. La mochila sigue sujeta al niño por un solo tirante, el otro tirante se ha roto. La mochila flota un poco en el agua, como una bandera blanda detrás de un asta. Dentro de la mochila hay algo voluminoso.
Anna tiene que levantar al niño con las manos para no dañar los restos. El procedimiento dice: dos manos bajo el tórax, levantar con calma, dejar que la corriente haga de freno, colocar la cinta naranja en el único tirante que sigue sujeto. Anna acerca las manos. Una bajo el tórax, la otra bajo la pelvis.
La mano derecha le queda debajo un segundo. Luego dos. Luego tres.
Anna deja de contar.
No lo ha decidido. Está sucediendo. La voz dentro del regulador, que hasta el seis era una voz para sí, ha desaparecido. No está el siete. No está el pensamiento del siete. Está la mano derecha de Anna bajo el tórax del niño, que no se mueve. El niño tiene los ojos cerrados. El pelo es oscuro y cortísimo, cortado hace poco. No en Lampedusa. De antes.
Marco está al otro lado del pecio, a siete u ocho metros. Marco tiene cuatro temporadas, es bueno, tiene los trajes de su talla. Marco no ve a Anna. Anna podría quedarse así — una mano bajo el tórax del niño — un minuto, dos, y Marco no se daría cuenta. Tres minutos, y Sergio desde la superficie preguntaría por el hilo si pasa algo. Cuatro minutos, y Marco vendría a ver.
Anna se queda así un segundo. Quizá dos. Luego las manos hacen lo suyo: levantar, calma, corriente. Coloca la cinta naranja en el tirante. Sube a los diez metros para la parada.
A Sergio, por el hilo, le dice: siete marcado.
A Marco, en la superficie, en la lancha camino del muelle, no le dice nada. Bebe de la cantimplora que Sergio le pasa, un agua de marca barata de la Sicilia interior que tiene la ventaja de saber a agua. Los trajes ya están en las bolsas negras sobre cubierta. El muelle de Mazara del Vallo está quieto, caliente, con una bandera italiana que cuelga del mástil.
Sergio le pasa la cantimplora. Anna bebe. Luego dice bajo:
«Mañana lo hago yo otra vez.»
Sergio asiente. No pregunta el qué.
hecho: La Organización Internacional para las Migraciones cuenta 606 migrantes muertos o desaparecidos en el Mediterráneo en los dos primeros meses del año: es el principio de año más letal desde que la organización lleva las estadísticas, en 2014. La ruta sigue siendo la más mortal del mundo. (ANSA; Sky TG24; OIM, marzo 02026.)
mundo: En Kiev los misiles rusos incendian la catedral de la Dormición del monasterio de las Cuevas, y en Járkov un segundo impacto sobre el mismo sitio mata a cinco rescatistas mientras apagan las llamas (NPR). En la región etíope de Amhara un autobús sobrecargado con destino a Adís Abeba se sale de la carretera de montaña y cae a un barranco de cien metros: treinta y un muertos, decenas de heridos (Al Jazeera). En Seúl el Tribunal del Distrito Central condena al expresidente Yoon Suk-yeol a treinta años por alta traición (Xinhua).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma I.
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