Tocaba desde hacía catorce años y nunca había pensado en el sonido como en algo que pudiera acabarse. Tocaba y ya. Me levantaba por la mañana y hacía el café y el café era Najjar en polvo con cardamomo y cogía el violín de la funda y Zaatar bajaba de la funda porque Zaatar dormía sobre la funda y Zaatar era el gato y el gato era del edificio, es decir de nadie, es decir mío. Afinaba y ponía el violín sobre el hombro y el hombro conocía ese peso y el peso era el primer sonido del día, antes del arco, antes de la cuerda. Tocaba en la orquesta del conservatorio, segunda fila, tercer atril. La orquesta existía porque un programa francés había decidido que debía existir y el director era un francés que se llamaba Morel y que fumaba Gitanes incluso durante los ensayos, en el sentido de que salía cada veinte minutos y volvía con olor a Gitanes y nadie sabía dónde las compraba porque las Gitanes ya no se encontraban en ningún sitio, como muchas otras cosas. El acúfeno empezó en marzo, después de la noche en que bombardearon los suburbios del sur y las ventanas del apartamento vibraron durante cuarenta segundos y mi madre llamó desde las montañas y dijo ven y yo dije estoy bien y ella dijo al menos el gato y yo dije el gato está bien y al día siguiente las ventanas estaban intactas pero en los oídos había quedado un pitido fino, continuo, como un arco quieto sobre la cuarta cuerda que nadie estaba tocando. El doctor dijo que no era la explosión, que era la exposición crónica, los decibelios de la orquesta, catorce años sin protección. Yo sabía que tenía razón y sabía que no tenía razón del todo porque el pitido había llegado esa noche y no otra y el cuerpo sabe cuándo empieza algo aunque el doctor diga que ya había empezado antes. (El cuerpo tiene razón. Los gráficos tienen razón. No es la misma razón.)
El doctor trabajaba en un hospital a veinte minutos en taxi cuando la carretera estaba abierta y a cincuenta cuando no y la carretera nunca se sabía cuándo estaba abierta y el taxi costaba más que la consulta. Me hizo entrar en la cabina y me puso los auriculares y yo pulsaba el botón cuando oía el sonido y a veces pulsaba cuando no había nada porque el pitido en mi cabeza y el sonido de la prueba se confundían. Miró el gráfico. «Pérdida en las frecuencias altas», dijo. «Nada grave por ahora.» Abrió un cajón y sacó una cajita de plástico transparente, pequeña, como las de los botones. Dentro había dos tapones naranjas, de silicona, moldeados. «Póngaselos durante los ensayos», dijo. «No durante los conciertos, durante los ensayos.» Cogí la cajita y la puse en el bolsillo de la funda del violín y la cajita estuvo en el bolsillo tres semanas. (Ahora sé que tres semanas es el tiempo que se necesita para convencerse de que algo no sirve.)
Vivía en el tercer piso de un edificio en el barrio cerca del puerto y el portero se llamaba Walid y me guardaba el correo cuando no bajaba en días y el correo eran las facturas del teléfono y las cartas de mi madre que todavía escribía cartas a mano porque decía que las cartas llegan incluso cuando el teléfono no tiene señal y tenía razón porque el teléfono a veces no tenía señal durante horas. Los ensayos eran en la sala de la planta baja de un edificio que antes era un cine y que ahora era la sede del conservatorio y el cine todavía se veía: los asientos se habían quitado pero el suelo tenía la pendiente y la pendiente significaba que las cuerdas estaban más abajo que los vientos y los vientos sonaban de arriba abajo y Morel decía que la pendiente era una ventaja acústica y yo pensaba que Morel lo decía porque no podía decir otra cosa. El acúfeno durante los ensayos era peor que en casa porque en casa estaba el frigorífico y estaba Zaatar y estaba el ruido de la calle y el ruido de la calle era un ruido constante, los claxones y los generadores y las voces y las sirenas, y el ruido tapaba el acúfeno, lo ponía debajo, y durante los ensayos el ruido de la calle no estaba y estaba la orquesta y la orquesta era fuerte y después de la orquesta estaba el silencio y en el silencio el acúfeno era todo.
Los probé un martes, los tapones, en ensayo general. Abrí la cajita y cogí el tapón derecho y me lo puse en el oído y el mundo cambió. No cambió como cuando cierras una puerta. Cambió como cuando pones un paño sobre un vaso de cristal: el sonido sigue ahí pero está cubierto, está sordo, es un sonido que ya no es el sonido. Los primeros violines tocaban bajo el agua. El oboe entró en el tercer compás y yo no lo oí entrar y no oír la entrada del oboe es como no sentir el escalón cuando bajas las escaleras. Toqué veinte minutos así y luego me lo quité y el sonido volvió y el acúfeno volvió con él y los dos sonidos estaban ahí juntos, la orquesta y el pitido que no existía, y yo tocaba en medio de los dos. (Tendría que haber insistido con los tapones. Lo sé. Pero el sonido justo y el sonido protegido no son el mismo sonido.)
Un jueves de marzo, durante el ensayo del tercer movimiento, Morel paró la orquesta y dijo «los vientos, piano» y yo oí el pitido y el pitido era más fuerte de lo habitual y las manos estaban sobre las cuerdas y las cuerdas vibraban y el pitido estaba encima de las cuerdas y yo abrí la cajita y cogí el tapón y me lo puse en el oído izquierdo y los segundos violines desaparecieron y el oboe se convirtió en un ruido y mi violín era el mismo pero la orquesta alrededor de mi violín ya no estaba, era un muro de algodón con sonidos que salían al azar como luces detrás de una cortina. Me quité el tapón. El sonido volvió. Me puse el tapón. Fuera, más allá de las ventanas del cine, llegó el ruido. No era un camión. Lo conocíamos todos. Morel no dijo nada. Nadie dijo nada. El suelo vibró y los atriles temblaron y yo tenía el tapón en el oído izquierdo y sentía el temblor con el derecho y con el izquierdo no sentía nada y por un segundo el silencio en el oído con tapón y el ruido en el oído sin tapón eran lo mismo que el acúfeno hacía todos los días, un oído en el mundo y un oído fuera del mundo, y pensé que quizá los tapones no eran el problema, quizá el problema era que yo ya tenía un oído dentro de la guerra y otro dentro de la música y los dos no se oían entre sí. Morel esperó a que el temblor pasara y dijo «desde el principio» y yo me quité el tapón y lo puse en el atril junto al metrónomo y empezamos de nuevo desde el tercer movimiento y fuera pasó una ambulancia y la ambulancia iba rápida y el adagio era lento y yo tocaba el adagio y oía la ambulancia y oía el acúfeno y los tres sonidos estaban uno dentro del otro como tres cajas y yo estaba en la caja más pequeña.
Esa noche el doctor llamó. La pérdida había avanzado. El izquierdo peor que el derecho. «Los tapones», dijo. «No», dije. «Por qué.» «Porque no es la misma música.» Silencio al otro lado. Luego: «Usted sabe que dentro de cinco años podría no distinguir un la de un si bemol.» (Lo sabía. No respondí. No soy de las que responde a lo que ya sabe.) Esa noche bombardearon de nuevo los suburbios y las ventanas vibraron y Zaatar saltó de la funda y corrió debajo de la cama y yo me quedé sentada en la silla de la cocina y el frigorífico zumbaba y las ventanas vibraban y el acúfeno estaba ahí debajo de todo lo demás y pensé que el acúfeno y las ventanas que vibran hacen el mismo trabajo: un sonido que está debajo de los otros sonidos y que no se va cuando los otros se van.
Por la mañana me levanté e hice el café y Zaatar había vuelto a la funda y Walid en el patio barría el cristal de una ventana que no había aguantado. Bajé y dije «buenos días» y él dijo «buenos días» y no dijo más y yo no dije más. En el bolsillo de la chaqueta la cajita de los tapones estaba cerrada. El conservatorio estaba a quince minutos a pie y yo caminaba y las tiendas abrían las persianas y las persianas hacían el ruido de las persianas y los generadores hacían el ruido de los generadores y debajo de todos los ruidos el acúfeno hacía el suyo.