Los prismáticos, unos Fujinon 7×50 del mismo modelo que la Guardia Costiera italiana usaba desde 2003, colgaban del cuello de Ferruccio incluso cuando no servían, incluso cuando el mar estaba tan plano que no había nada que mirar, porque el peso de los prismáticos en el cuello (un peso que quien no lo lleva no distingue del peso de una bufanda pero que quien lo lleva desde hace nueve años siente como se siente el propio latido, sin pensarlo, salvo cuando falta) se había convertido en el peso del trabajo mismo, lo que lo mantenía en la patrullera durante los turnos en calma en que el Canale di Sicilia no era otra cosa que una losa gris moviéndose de sur a norte llevando con la corriente lo que flotaba, lo que ya no flotaba, lo que había sido algo antes de entrar en el agua. Después de nueve años Ferruccio sabía distinguir con los prismáticos un chaleco salvavidas vacío de uno lleno, leyendo la diferencia en el modo en que se movían: el vacío se mecía con las olas siguiendo la superficie como la sigue un corcho, sin peso propio; el lleno permanecía fijo en el punto donde el peso del cuerpo lo sostenía, inmóvil en medio del movimiento, como una piedra que no rueda. Esa diferencia, visible a seiscientos metros solo si la luz era la adecuada, si el sol estaba bajo, si el agua tenía ese color entre gris y plata que la mañana da al Canale antes de las ocho, era la diferencia entre un objeto que el mar llevaba adonde quería llevarlo y una persona que el mar no conseguía llevar porque el cuerpo pesaba más que la corriente.
Su mujer, que enseñaba matemáticas en Lampedusa, había dejado de preguntarle cómo había ido el turno no porque no le importara (le importaba del modo en que le importa a quien vive con una persona que vuelve cada noche con algo que no dice), sino porque la respuesta, cuando Ferruccio aún respondía, era siempre la misma: un número, o mejor tres números, las personas encontradas vivas, las personas encontradas muertas, las personas no encontradas, que eran el turno como el turno era esos tres números, sin resto, sin comentario, sin la narración que su mujer quizá habría querido oír, la narración que transforma los números en algo que se puede llevar a la cama sin que la cama se convierta en el mar. Después de nueve años los números, si los hubiera sumado (cosa que Ferruccio no hacía, porque sumar habría sido mirar por los prismáticos al revés, mirar todo junto en vez de uno por uno, el todo junto que no se sostiene mientras que el uno por uno sí), habrían producido una cifra que Ferruccio no quería conocer en la misma medida en que no quería sustituir los prismáticos que tenían un arañazo en la lente izquierda, un arañazo fino en forma de arco, allí desde hacía tres años, desde el día en que habían caído sobre la cubierta de la patrullera durante un rescate nocturno al sur de Lampedusa: el arañazo, que desplazaba el punto de enfoque un milímetro a la izquierda, no impedía ver, obligaba solamente a un ajuste del gesto, un milímetro, cada vez, sin pensarlo, al cual Ferruccio se había acostumbrado como uno se acostumbra a una puerta que no cierra bien, como uno se acostumbra a una cama que cruje, como uno se acostumbra a todo lo que está roto de un modo que no mata.
La llamada, el 10 de abril, llegó a las seis y catorce: una lancha neumática partida de Libia con un número estimado entre ochenta y noventa personas que no respondía al teléfono satelital desde hacía once horas, última posición conocida a setenta y tres millas al sur de Lampedusa, setenta y tres millas que para una patrullera a veintiocho nudos eran poco más de dos horas pero que para una lancha neumática, que no es un barco, no tiene quilla, no tiene motor de reserva, que es solamente aire comprimido en un tubo de goma que con fuerza tres se dobla, se llena de agua que entra sin salir, se hunde bajo el peso de lo que debía mantener a flote, eran la distancia que separa el flotar del no flotar. Casi mil personas habían muerto en el Mediterráneo desde principios de año, un número que estaba en un informe sobre el escritorio del comandante, un informe que Ferruccio no leía porque los informes tienen gráficos, mapas, rutas, porcentajes, todas cosas que los prismáticos no muestran: los prismáticos muestran chalecos que se mecen, chalecos que no se mecen, la diferencia entre los dos.
A las nueve y cuarenta y dos, cuando Ferruccio vio algo a doscientos metros al suroeste y se llevó los prismáticos a los ojos (la lente izquierda con el arañazo en diagonal, el campo visual cortado en el punto donde la cosa flotaba), desplazando un milímetro a la izquierda como hacía siempre, lo que vio fue un chaleco salvavidas naranja que se mecía con las olas, vacío; después a cincuenta metros un segundo, vacío; después a cien metros un tercero que no se mecía, lleno, quieto en el punto donde el peso del cuerpo lo sostenía. Bajó los prismáticos. Dijo las coordenadas. La patrullera giró. El mar alrededor tenía otros chalecos dispersos, naranjas, algunos vacíos, algunos llenos (los llenos que eran el trabajo, los vacíos que eran las personas sin chaleco cuando la lancha se había doblado, las personas en el agua sin nada entre el cuerpo y el mar), esas personas que los prismáticos no encontraban porque los prismáticos ven lo que flota, lo que no flota está bajo la superficie, bajo la superficie los prismáticos no llegan.