Daw Ohnma encontró la chaqueta verde de su nieto entre los escombros del almacén de Hsi Hseng a las once de la mañana del dos de junio, dos días y medio después de la explosión, y la encontró en un punto preciso, me dijo luego cuando le pedí que me lo contara, a unos cuarenta pasos del cráter principal, en una zona que ella llama en su cabeza «la curva de los tres árboles» porque en esa curva, antes del almacén, antes del cráter, antes del humo, había tres tamarindos que ella misma había visto crecer pequeños junto a sus propios hijos y que hoy son dos árboles y medio porque el tercero fue quebrado a un metro veinte del suelo por la onda del treinta y uno de mayo, y sin embargo la chaqueta estaba justo bajo el muñón del tercero, doblada en tres, con los dos botones de plástico azul cobalto que retenían la luz del mediodía de un modo que a ella le parecía, me dijo, un mensaje de los monjes, aunque U Pandita, el monje del pequeño monasterio que ella frecuenta desde hace cuarenta y siete años, siempre le ha dicho que los mensajes de los monjes son otros.
La caminata de Daw Ohnma desde aquel punto hasta su casa, una caminata de unos dieciocho minutos para una mujer joven y que ella hace en treinta porque tiene sesenta y siete años y porque la rodilla derecha se le estropeó tras el nacimiento del primer hijo (un hijo que, prosiguió, hoy vive en Australia y aún no sabe de la explosión porque ella no lo llama para no molestarlo y porque él no llama para no molestarla a ella, modo de pudor recíproco que caracteriza a su familia desde hace tres generaciones), es la caminata que todas las mujeres ancianas del pueblo adoptan cuando llevan algo que no se ve; es una caminata ligeramente inclinada hacia adelante, con el delantal sostenido con una sola mano, y esta caminata, me dijo, se la había enseñado su madre cuando iba al monasterio de Indaung, que era el monasterio del pueblo antes de que lo reedificaran más arriba, hacia la colina, en dos mil trece por voluntad de un tal Aung Min, geomante del distrito, que había sostenido que era la colina, y no el valle, el lugar donde los antepasados recibirían las ofrendas; esa misma colina, hoy, alberga el almacén de explosivos del distrito minero de Mansam, y es la colina que estalló hace dos días y medio.
Una vez en casa, Daw Ohnma posó la chaqueta sobre la mesita de la cocina, la de madera de teca que su marido le había construido en dos mil cinco y que tiene una pequeña grieta en la esquina noroeste que ella limpia con aceite de coco todos los martes, y sirvió el té verde del modo en que siempre lo sirve, primero en la taza pequeña para los antepasados, luego en la suya, y se sentó. Su hija Ma Khin, que vende verdura en el mercado de Taunggyi y que es la madre del niño, entró por la puerta trasera, vio la chaqueta, y no preguntó, porque Ma Khin es una mujer de treinta y dos años que ya sabe que hay chaquetas por las que no se pregunta. Daw Ohnma, me dijo luego, pensó en ese momento en el monje U Pandita, porque dos semanas antes de la explosión le había llevado un plato de curry y el monje le había dicho que el humo de las varillas de incienso en su templo olía a gasolina, y ella había respondido «es la estación, monje» porque en esa estación el viento trae del lago el olor de la gasolina de los tractores que dragan el fondo en busca de minerales, pero era una respuesta falsa porque en realidad el humo de las varillas olía a gasolina porque algunos muchachos del pueblo, de seis y siete y ocho años, trabajaban en el almacén de la colina y llevaban encima, incluso después de la ducha, el olor de lo que manejaban, y aquella mañana Daw Ohnma había pensado por primera vez que U Pandita lo sabía, y que no lo decía para no obligarla a decirlo, en una cadena de cosas no dichas que mantenía unidas a tres generaciones de mujeres del pueblo y a dos generaciones de monjes.
Cuando Ma Khin se inclinó para besarle la frente antes de salir, Daw Ohnma posó la mano sobre la chaqueta; estaba a punto de decir «esta es de Min Thu»; no lo dijo. La hija salió. La abuela tomó la chaqueta, la volvió a poner en el delantal, y regresó a la colina, de nuevo para la caminata de treinta minutos, bajo el sol del mediodía, y puso la chaqueta sobre una piedra bien visible, con los dos botones de plástico azul cobalto vueltos al cielo, porque allí el rito budista por el nieto tendría lugar por su propia cuenta y por cuenta del niño, y ella lo acompañaría sin testigos, y nadie sabría que la chaqueta venía de Min Thu, y nadie sabría que Min Thu tenía seis años, y nadie —esta fue, me dijo, la parte más importante— nadie sabría que ella ya lo sabía, desde hacía meses, que el nieto trabajaba en el almacén, y que nunca había hablado.
Por la noche Ma Khin preguntó, secándose las manos en el delantal, «mamá, ¿has visto la chaqueta verde de Min Thu? No la encuentro por ninguna parte». Daw Ohnma respondió, en voz baja, «no lo sé, hija mía», y lo dijo mirando la grieta en la esquina noroeste de la mesita de teca que su marido le había construido en dos mil cinco.