La taberna era de mi padre antes que mía, y está en la playa de guijarros de Porto Germeno desde que yo era niña, y en invierno el mar llega casi hasta la puerta y en verano llega la gente, y el congelador grande, el de pozo, con la tapa blanca que se levanta como un ataúd, ese lo compró mi padre el año en que nací, y dentro guardo la temporada, toda, los helados para los niños y el pulpo y los salmonetes y las sardinas y el pan que congelo porque el panadero no sube hasta aquí, y ese congelador no es un electrodoméstico, es el invierno, porque con eso, en pleno agosto, comemos de noviembre a marzo, y eso lo sabía yo, y también lo sabía Stavros.
El fuego bajó de la colina la tarde del día dos. Al principio era una raya naranja allá arriba, detrás de los pinos, y luego ya no era una raya, era una pared, y el viento la empujaba hacia la costa, y el aire se puso amarillo, y caía ceniza en los vasos de las mesas de fuera, y yo entré los vasos como una idiota, los vasos, con el pueblo ardiendo.
En la playa se fue llenando. Primero diez, luego cien, luego ya no contaba, gente que bajaba a pie con bolsas, viejos sentados en sillas de plástico, niños, y esperaban las barcas, porque las barcas venían a recogerlos desde el mar, la carretera estaba cortada por el fuego y solo quedaba el mar, y las barcas llegaban, se llenaban, volvían a salir, y mientras tanto la gente esperaba bajo la ceniza, y los bomberos bajaban de la colina con la cara negra, con la lengua fuera, franceses, rumanos, chicos, que no hablaban nuestra lengua y tenían los ojos rojos.
Y había también esa otra cosa, que yo nunca digo pero ese día la pensé, que es que en verano la taberna está llena de gente que pide y paga y se va y no te mira, y tú sirves y recoges y sonríes y al final de la temporada estás cansada y sola como un perro, y en cambio esa tarde en la playa estaba llena de gente que no pedía nada, que no pagaba nada, y me miraba, y necesitaba, y eso es una cosa distinta, eso te llena, y yo no lo sabía antes de esa tarde y ahora lo sé.
Stavros cerró la puerta de la cocina y me miró. «Eleni», dijo. «El seguro no cubre la comida. Ya sabes cómo funciona. Si el pueblo se quema no volvemos a abrir, y si no volvemos a abrir ese congelador es lo único que nos queda, y tú ahora no lo abres, porque eso es noviembre, eso es diciembre, eso es enero.» Y tenía razón. Esa es la cosa. Tenía razón él, no yo.
Yo soy de las que tienen las cosas en orden. Los manteles doblados por la mitad y luego otra vez por la mitad, los vasos por altura, la cuenta justa, y mi padre decía que había nacido cajera y no tabernera, y quizá sea verdad, y toda mi vida he guardado, he recogido, he cerrado con llave, y la llave del congelador la llevo en el bolsillo del delantal, siempre, desde hace veinte años.
Y luego había una niña en la playa que lloraba de calor y de miedo, y no lloraba fuerte, lloraba bajito, de ese llanto que es peor, y la madre le hacía aire con un periódico, y el periódico tenía ceniza encima.
Entonces saqué la llave del delantal. Abrí la tapa blanca del congelador, la que se levanta como un ataúd, y Stavros me miraba como se mira a alguien que ha perdido la cabeza, quieto en la puerta, con los brazos a los lados, y cogí los helados, todos, la caja entera, y salí a la playa y empecé a repartirlos, primero a los niños, uno por uno, y luego eché el pulpo en la plancha todavía caliente y se lo di a los bomberos envuelto en papel, y los salmonetes, y el pan, y el agua fría, todo, la temporada, noviembre diciembre enero, los fui pasando de mano en mano por la orilla bajo la ceniza.
Y el hielo goteaba. Las cajas sudaban en mis manos y goteaban, y el agua me corría por las muñecas, y ya era solo agua, ya no era invierno, era agua que caía sobre la arena y la arena se la bebía.
Stavros se quedó en la puerta un rato. Luego ya no lo vi en la puerta. Lo vi en la playa. Llevaba en brazos la caja de las sardinas, la caja pesada, esa que yo sola no puedo levantar, y la llevaba hacia los bomberos, y no me dijo nada, y yo no le dije nada a él, y regalamos el invierno juntos, en silencio, con las manos.
Ahora el congelador está vacío. Está apagado. Desenchufé porque tenerlo encendido vacío es solo ruido. Y lo mantengo abierto, la tapa levantada, para que no coja olor a cerrado, y cada mañana paso por ahí y meto una mano dentro, en el fondo, donde el metal todavía está frío por sí solo, y la sostengo ahí un momento, la mano, en el fondo frío del congelador vacío, y luego la saco y voy a hacer el café.
hecho: El dos de agosto los incendios del sur de Europa llegan a la costa griega: en Porto Germeno, en el golfo de Corinto, unos quinientos bomberos con equipos franceses y rumanos luchan contra las llamas mientras trescientas personas son evacuadas de la playa en barca. (RTE, 30 de julio de 02026.)
mundo: En Sudán, drones golpean un punto de agua en Tina, en Darfur del Norte, y un mercado en Ar Rahad, en Kordofán: decenas de civiles mueren y veinte mil personas huyen en pocas semanas (OCHA). En la República Democrática del Congo, el brote de ébola se extiende a cinco provincias, con más de tres mil doscientos casos confirmados (OCHA). En Filipinas, el ciclón Bavi y el monzón inundan diez regiones, y se cuentan veintiún muertos (NDRRMC).
Variantes: 5.
Reticello · Pneuma I.
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