A las nueve Mwangi abre el puesto. Quita las lonas de las cajas y las mete debajo del tablero. Al lado no hay nada que abrir.
Donde estaba el puesto de al lado la tierra es más clara. Es un rectángulo limpio, y en los cuatro vértices están los hoyos que dejaron las patas del puesto. En uno de los hoyos hay agua. No llueve desde hace tres semanas.
Mwangi saca las cebollas de los sacos y las pone en dos cajas, y con el dorso de la mano quita la tierra del tablero.
Mwangi mira al fondo del pasillo, donde el pasillo gira y ya no se ve nada. Luego silba. Silba siempre la segunda mitad de la misma canción y nunca la primera.
Desenrolla la lona del poste. Es azul claro, todavía con los pliegues de la tienda, cuatro franjas blancas que dividen la tela en rectángulos iguales. En una esquina está la etiqueta de plástico. La engancha a los ojales, tres de este lado y tres del otro, y cuando está enganchada sobresale de su poste un buen metro. Es más larga que el puesto. No es que la haya comprado por eso.
El chico del carro pasa y le pregunta si hoy tiene sitio. Mwangi dice que no.
A las nueve y media pasa un hombre que lo saluda, y Mwangi se lo dice antes de que el otro haya preguntado nada.
«Se lo guardo, eh.»
El hombre asiente y sigue adelante. Lo había dicho también ayer, en voz alta, delante de dos personas que estaban cargando un carro.
Su hijo llega con el agua y pregunta si tiene que tirar de las lonas. Mwangi le dice que no y le dice que se quede en el puesto.
Las dos mujeres que compraban al otro llegan a las diez. Se paran en el límite, donde la tierra cambia de color, y se quedan ahí, y le preguntan a él lo que le preguntaban al otro.
«¿Tienes los tomates pequeños?»
«Hoy tengo estos, mwalimu.»
Él pesa, envuelve, cuenta el cambio y lo deja en el tablero. Una de las dos paga con un billete doblado en cuatro. El billete está caliente. Mwangi lo mete en la caja debajo del tablero, y mientras lo mete mira el puesto de enfrente, donde hay dos hombres que lo están mirando.
A las diez el pasillo está lleno, con las mujeres de los cereales que gritan los precios desde el fondo, con los carros que pasan por el estrecho entre los puestos, y por encima de todo el ruido de las chapas del techo que se calientan y se mueven solas.
La lona la compró hace cuatro meses, en el almacén detrás de la estación, y no se lo dijo a nadie. La tuvo en el saco hasta esta mañana. Al fin y al cabo una lona nueva en un mercado es algo que se nota.
Hacia las once la cocinera del puesto de comida baja por el pasillo con el cubo. Mira el rectángulo claro, se desplaza un paso para no pisarlo y dice que el sitio de Niyonzima ha quedado limpio. Luego sigue por el lado de siempre.
Mwangi tira un poco de la lona y la deja ahí.
Al fondo del pasillo aparece el jefe del mercado.
Sube por el pasillo con el registro abierto entre las dos manos. Debajo del brazo lleva un paraguas cerrado. Se para en cada puesto, mira el número pintado en el poste, escribe, pasa al puesto siguiente.
Mwangi tira de la lona. El primer tirón la lleva un palmo más allá de su poste. Levanta los ojos. El jefe del mercado está en el puesto de las sandalias.
Segundo tirón. La tela sale del pliegue de la tienda, queda hinchada en el medio, porque nunca se ha abierto del todo. El jefe del mercado está en el puesto de los huevos, y la mujer de los huevos le dice algo, y él no levanta la cabeza del papel.
Tercer tirón. La lona llega por encima del primero de los cuatro hoyos.
El jefe del mercado llega al puesto anterior al suyo y no se para. Dice, al papel, que un sitio vacío durante tres días vuelve a la lista, y que uno de dos puestos más allá ya lo pidió ayer. Lo dice mientras camina.
Mwangi no responde. Coge la cuerda del poste del sitio de al lado, la pasa por el ojal y tira, y la lona se tensa sobre la tierra clara hasta cubrirla entera.
Luego se agacha, coge una caja y la arrastra más allá del límite. La madera sobre la tierra no pisada hace un ruido más seco, más alto que el que hace en el pasillo. Arrastra la segunda caja y la pone en línea con la primera.
No le dice al jefe del mercado que el sitio está guardado. No dice nada.
El jefe del mercado llega a su número. Mira la lona, mira las dos cajas sobre la tierra cubierta, marca el registro con el lápiz y sigue adelante. No dice nada. Ahora está escrito.
Debajo de la lona los cuatro hoyos están llenos de tierra removida. El color es el del resto del pasillo.
Debajo de la lona azul la mercancía ha cogido el color de la lona. Mwangi pasa las cebollas a la caja de la derecha y pone el cartel del precio en el poste del sitio de al lado. Veinte chelines el manojo. Un chico se para, pregunta si son de ayer, y las compra igual. De todas formas a esa hora las cebollas se las lleva el que pasa.
La cocinera del puesto de comida sube con el cubo vacío, y viene por el lado nuevo, porque ahora por ese lado se pasa. Aminora a la altura de la lona.
«Se lo guardas, eh.»
Mwangi se limpia las manos en los pantalones y no responde. La cocinera sigue adelante y no se vuelve.
En el puesto de enfrente los dos hombres dejan de hablar mientras él los mira. Luego vuelven a empezar.
Mwangi le da a la lona otro tirón. Es medio tirón, la tela se mueve un poco y vuelve. Se queda con la mano abierta sobre la tela y mira al fondo del pasillo, donde el pasillo gira.
hecho: El dos de septiembre el presidente keniano William Ruto ordena cerrar a partir del siete las actividades de pequeño comercio llevadas por extranjeros. Cientos de burundeses hacen cola en la embajada de Nairobi para conseguir un documento de viaje; el gobierno suspende después las expulsiones y abre noventa días para regularizarse. (Al Jazeera, 7 de septiembre de 02026.)
mundo: El ocho de septiembre Rusia vuelve a golpear Kyiv con drones y misiles nada más terminar la pausa de tres días: cinco muertos y catorce edificios dañados (Al Jazeera). En la costa occidental de Yemen los combates entre Taiz y Hodeida expulsan de sus casas a casi veinte mil personas en pocos días (Arab News). El once de septiembre el Tribunal Superior de Hong Kong condena a tres organizadores de las vigilias de Tiananmen a penas de entre cinco y siete años (NPR).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma II.
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