La puerta oeste de la refinería abre a las seis. Desde hace seis semanas, a las seis no abre nadie. Gloria llega a las cinco y cuarenta con el termo y se pone en la línea. La línea es una franja de pintura amarilla descascarillada sobre el asfalto, el punto donde los camiones aminoraban para la barrera. Todos la llaman the line. Esta mañana en the line hay nueve personas, luego once, luego catorce. Ya hace calor.
Al otro lado de la calle hay olor a caramelo. La refinería de azúcar, aun apagada, huele a caramelo. Es el vapor que quedó en las tuberías, dice alguien. Gloria bebe el café del termo, que está frío, y mira la puerta. Tiene cincuenta y nueve años y ha hecho veintidós veranos dentro de esa puerta. Le faltan tres años para la jubilación con el seguro médico completo. Al fin y al cabo, la huelga empezó justo por eso, por la antigüedad y por el seguro, y por las horas extra que la empresa quería quitar.
Un chico con un chaleco naranja trae el agua. Le da una a Gloria. «Hace calor», dice el chico. «Hace calor», dice Gloria. En la furgoneta del agua hay una pegatina de una playa con palmeras, quién sabe de qué otra furgoneta era antes. Nadie la mira.
En la acera, apoyados contra el muro, están los carteles de la huelga. Local 6, se lee. Y se lee sixth week. Alguien ha traído una tarta, al fin y al cabo es el cumpleaños de una del turno de noche, el turno de noche que ya no existe. La tarta está en una caja de plástico, con azúcar glas por encima, a la sombra del muro, y nadie la corta porque la homenajeada aún no ha llegado. La caja recibe el sol de refilón. El azúcar glas, con el calor, empieza a abrillantarse.
A las siete y diez llega el primer coche que no aminora. Es una berlina gris. Aminora un poco, luego no. Los ayudantes del sheriff de Contra Costa están alineados a un lado, con las porras. Uno mastica un caramelo. El coche avanza hacia the line y the line no se mueve. Gloria es la tercera por la izquierda. Ve el capó que se acerca, ve detrás del cristal a un hombre con gafas de sol y, en el asiento trasero, una silla infantil, vacía, con un peluche atado dentro. El coche empuja. No toca el claxon. Empuja despacio, como se empuja una puerta hinchada.
Gloria podría dar un paso atrás. Es lo razonable. Un paso atrás y el coche pasa y the line se cierra después, total the line siempre se cierra. Lo han hecho muchos, en seis semanas. Gloria cuenta: nueve, once, catorce. Luego deja de contar. Se queda donde está. El parachoques le toca la rodilla, la tela del pantalón, la piel debajo. El metal está tibio de sol. Tibio, no frío, y eso no cuadra, un coche debería estar fresco a esta hora.
El hombre detrás del cristal dice algo con la boca, y la voz no llega. Los ayudantes se mueven. Uno grita que es una reunión ilegal. El gas llega después, un soplo blanco que se extiende bajo sobre el asfalto, y por encima del gas queda el olor a caramelo, más fuerte, como si alguien en la refinería hubiera encendido los hornos, cosa que no es posible porque la refinería está parada desde hace seis semanas. Gloria tose. La mujer a su izquierda la agarra del codo. The line, vista desde el suelo, donde ahora Gloria está casi doblada, no es una franja amarilla. Es una hilera de zapatos. Zapatos de trabajo, sandalias, una zapatilla desatada, los pies que no se mueven. La pintura no tiene nada que ver. The line son los zapatos.
Nueve personas son esposadas esa mañana. Luego se vuelven nueve más dos que se han sentado en medio de la calle. Gloria no está entre los nueve. Un ayudante joven la ayuda a levantarse, casi con delicadeza, y ella le ofrece el termo, el café frío, no sabe por qué. «No, gracias», dice él. «Hace calor», dice Gloria.
La berlina gris está ahora más allá de la puerta, parada en la explanada vacía de la refinería. El hombre ha bajado. Mira el edificio apagado. No hay nadie dentro esperándolo, el turno no existe desde hace seis semanas, no hay trabajo más allá de la puerta que acaba de forzar. Se queda ahí con las llaves en la mano. La silla infantil vacía en el asiento trasero recibe el sol.
A las nueve el calor es pleno. Las esposas de plástico en las muñecas de los nueve hacen un ruido cuando se mueven, un pequeño clic repetido. Gloria está otra vez de pie sobre la pintura amarilla. Cuentan de nuevo. Uno que ha llegado tarde pregunta cuántos son. «Catorce», dice Gloria. Luego llega otro y son quince. El número no cuenta mucho, lo sabe: cuentan los zapatos, y los zapatos se quedan donde están. La franja amarilla está descascarillada en un punto nuevo, donde el coche la ha raspado al pasar.
Por la tarde, cuando el turno que no existe habría terminado, el olor a caramelo sigue ahí. Gloria se lo lleva en la ropa, al volver a casa, en el asiento del autobús. Huele a dulce, huele a azúcar cocido, el buen olor de veintidós veranos. No cuadra con nada de lo que ha pasado esta mañana, con el gas, con las esposas, con el metal tibio contra la rodilla. Entonces, ¿por qué sigue ahí, el buen olor, si dentro no se cuece nada desde hace seis semanas y nadie enciende los hornos?
hecho: En Crockett, California, alrededor de cien obreros de la refinería de azúcar C&H están en huelga desde el 15 de junio por las horas extra, la antigüedad y el seguro médico; en la sexta semana el condado declara la reunión ilegal, dos heridos en el piquete y nueve detenciones (KQED, 21 de julio de 02026).
mundo: En Kenia, en la zona de Riting, en West Pokot, dos autobuses escolares con ciento un niños de excursión chocan: un muerto y heridos graves (The Star). En el puerto egipcio de Damieta un dron incendia dos buques gaseros, el primer ataque en suelo egipcio desde el comienzo de la guerra entre Estados Unidos e Irán (Al Jazeera). En Pakistán las lluvias del monzón superan los cien muertos, con casas y tejados que se derrumban en Khyber Pakhtunkhwa y en el Punyab (Pajhwok).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma I.
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