La mañana del cinco de agosto Suhail estaba en pie desde antes de la luz, no porque quedara todavía algo que sacar, puesto que los colchones, las mantas, los platos y la ropa llevaban ya dos días apilados bajo el cobertizo de su cuñado, sino porque quería ser él quien abriera la puerta cuando vinieran, «la puerta la abro yo», había dicho por la noche, como si abrir fuera un modo de seguir siendo dueño del entrar. La casa la había levantado en nueve años de tardes y de viernes, una hilada de bloques cada vez (los bloques los descargaba de la furgoneta después del trabajo, a oscuras, y su mujer le dejaba encendida la luz del patio contando los viajes desde la ventana), y ahora cabía entera en la orden de demolición pegada con cinta adhesiva a la jamba. En el tejado quedaba solamente el depósito del agua, blanco, lleno hasta un tercio, montado el año del segundo hijo; y al fondo de la calle, parada detrás del jeep, la pala amarilla esperaba con el motor encendido, y el humo del gasóleo subía recto en el aire quieto.
Su mujer dio una última vuelta por las habitaciones vacías, no para comprobar que no quedaba nada, porque no quedaba nada, sino para fotografiar la marca de lápiz en la jamba del cuarto de los chicos, la escala de las alturas que empezaba en setenta centímetros y terminaba en un metro sesenta y dos, y como el lápiz en la fotografía no se veía, puso el pulgar al lado, para dar la medida, y repitió la foto; luego, como el pulgar tapaba la fecha más vieja, la repitió otra vez. Nadie le dijo que se diera prisa.
Fadel mientras tanto había subido. No había pedido permiso, o mejor dicho lo había pedido a su manera, diciendo en voz alta, a nadie, que un depósito nuevo costaba cuatrocientos shekels y que en su casa, desde esta noche, dormirían doce con un solo depósito, lo cual no era una opinión sino una cuenta, y las cuentas de Fadel siempre salían justas, incluso cuando llegaban en el momento en que nadie quería oírlas; había apoyado la escalera en el muro de levante, había subido con la llave inglesa en el cinturón, y se había puesto a trabajar en la abrazadera como se trabaja en una obra, con la economía de quien no quiere pensar en lo que el gesto significa sino solo en lo que el gesto produce.
Del fondo de la calle llegó el ruido de las orugas, primero bajo, luego dentro de las casas, un ruido que los vecinos de Qurnat al-Da'mas conocían ya hasta el punto de distinguir la marcha de traslado de la de trabajo; se sentaron en los muretes, con los niños sujetos por la muñeca, y miraron el tejado, donde había ahora dos hombres y un depósito, y donde uno de los dos, el que había construido la casa, seguía quieto junto a la trampilla con las manos vacías.
Suhail había subido el último por la escalera de peldaños, la escalera que él mismo usaba cada otoño para revisar las telas asfálticas antes de las lluvias, y ahora, en el tejado, no fue hacia el depósito sino hacia Fadel, que estaba ya inclinado sobre la abrazadera de sujeción con la llave inglesa apretada en el primer perno, y le puso una mano encima de la mano, sin tirar, como se detiene una cosa que no está mal, «no está mal», se dijo, «solo que no es mía», y se quedó así hasta que el cuñado entendió y se sentó sobre los talones. Después Suhail hizo una cosa que no era ninguna de las dos que la mañana tenía delante, es decir, no dejó el depósito lleno a la pala ni lo entregó desmontado a la furgoneta: abrió el grifo de descarga, el de abajo, que había montado él mismo con dos vueltas de cáñamo y pasta verde, y orientó el chorro hacia el canal de tierra batida que bajaba hacia el huerto, donde estaban los tomates de su mujer y la higuera plantada para el primer hijo. El agua empezó a correr canal abajo; el ruido lo oyeron también los vecinos en los muretes, que dejaron de hablar.
El depósito se vació en menos de media hora, porque el agua que había dentro era poca, quizá un tercio, y cuando el último hilo dejó de batir en el canal Suhail cerró el grifo con dos dedos, por costumbre, como si el depósito tuviera que servir todavía, y bajó la escalera el último, después de Fadel, que no había vuelto a tocar los pernos y llevaba la llave inglesa metida en el cinturón como una herramienta que no había hecho falta. En la calle la familia estaba ya detrás de la línea que los soldados habían indicado con el brazo, y desde allí Suhail miró a la pala subir la pendiente, tomar posición, y empezar por el muro de levante, el de la escalera, que cayó primero junto con el trozo de tejado donde el depósito, vacío, hizo un sonido distinto de todo lo demás; un sonido breve, de hojalata, del que ninguno de los presentes habría sabido decir a qué se parecía, porque no se parecía a nada roto. Por la noche, en el huerto de la casa de Fadel, la tierra del canal seguía oscura.
La casa ya no estaba. El agua sí.
hecho: La mañana del 5 de agosto las excavadoras del ejército israelí demuelen dos casas en la zona de Qurnat al-Da'mas, en Nahhalin, al oeste de Belén; el mismo día otras demoliciones en la gobernación y en Galilea, dos días antes una casa en Ramallah. (Palinfo, 5 de agosto de 2026.)
mundo: En Argentina los prácticos fluviales cruzan los brazos contra el decreto que liberaliza la navegación, y la exportación del trigo se detiene en los puertos del Paraná (Al Jazeera). En el Kordofán sudanés el ministerio de sanidad cuenta más de mil quinientos casos de cólera, mientras los campos de desplazados de Tawila registran los primeros contagios (Sudan Tribune). Malasia refuerza los controles en los aeropuertos tras la detención de un copiloto en Yakarta (New Straits Times).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma I.
143 relatos