Naseema llega al CONI de Cosenza a las catorce y treinta del sábado de junio, en un autobús que salió de Cassano allo Ionio a las doce, por una carretera que atraviesa colinas que en junio ya están amarillas, amarillas como las colinas de Logar que ella recuerda de la infancia y que desde hace veinte años recuerda peor, porque la memoria de las colinas es la primera en desdibujarse, antes que las voces, antes que los nombres, y solo el aceite que se vertía sobre el arroz en el banquete de su hermano le ha quedado vívido — aquel hilo de aceite claro que caía amarillo como estas colinas calabresas que ahora desfilan junto al autobús y que ella no sabe mirar más de tres segundos.
La bolsa de plástico la lleva en el regazo durante todo el viaje. Dentro hay tres fotografías de Safi: una del día en que sacó el carné en Pakistán, una delante de la furgoneta de Amendolara la primera semana de marzo, una de cuando tenía seis años y sostenía en la mano un cuchillo de plástico. Ella sabe que el cuchillo era de plástico porque se lo compró ella en el mercado de Charikar y recuerda exactamente el puesto, un puesto de madera de tres por dos con una lámpara de neón que oscilaba, una de esas lámparas que en Charikar en los años noventa oscilaban en todos los mercados de la periferia y que hacían parecer los puestos de madera más pequeños de lo que eran.
La mujer que la recibe en la entrada de la Sala de Conferencias se llama Carmela y tiene unos sesenta años, un pañuelo ligero al cuello a pesar del calor, y le sostiene la mano un segundo de más, como hacen las que tienen una causa. La conduce a la primera fila, le señala la silla central, con una cartulina blanca sobre el asiento y una inscripción. Asiento reservado. Familia de las víctimas. Naseema lee la inscripción, luego mira la silla, luego mira a Carmela, luego mira la bolsa de plástico en su propia mano izquierda, luego camina despacio hacia la segunda fila y se sienta en el penúltimo asiento de la segunda fila, junto a una señora con el perro de compañía que ha traído consigo al panel.
La silla de la primera fila queda vacía. Carmela la mira, mira a Naseema, hace ademán de decir algo, luego no lo dice. Va hacia el escenario. El panel empieza. Habla un alcalde. Habla un obispo. Habla un sindicalista, alza la voz. Una socióloga de Cosenza habla largamente de la cadena de la recogida de fresas en la Llanura de Sibari y de la relación entre la gran distribución organizada y los caporali de Amendolara — un nexo que ella ya conocía desde antes del primero de junio, dice, pero que el primero de junio aprendió a llamar por su nombre. La socióloga se llama Antonella y se licenció en Mesina, y Naseema, que no entiende la mayor parte de las palabras italianas, oye bien su tono y su ritmo, y en ese ritmo reconoce algo: el ritmo de quien cuenta a los muertos. Contar a los muertos como se cuenta el arroz que sale del saco cuando se vierte en el caldero: a puñados, a puñados cada vez más pequeños, hasta que el saco está vacío y se enrolla el borde para cerrarlo.
En el minuto veinte del panel el moderador mira a Naseema. Todos la miran. El moderador dice algo en italiano que ella no entiende del todo. Entiende «familia», entiende «si quiere». La intérprete bengalí-italiana que le han asignado — porque nadie pensó que hiciera falta una de pastún — se le acerca en la silla y le susurra: quieren que suba, puede subir. Le enseña el escenario. Le enseña la silla de la primera fila todavía vacía. La intérprete es joven, tendrá veintidós años, las manos finas, y la mira con el mismo apretón que Carmela. Ella puede subir al escenario, coger el micrófono, mostrar la fotografía de Safi con el cuchillo de plástico, decir una frase que la intérprete traducirá como pueda. O puede quedarse sentada, negar con la cabeza, y nadie la obligará.
Naseema mira la bolsa de plástico. La abre. Saca una sola fotografía, la de la furgoneta de Amendolara de la primera semana de marzo. La sostiene en la mano. La intérprete espera. La sala espera. El moderador espera. La silla de la primera fila queda vacía.
Ella niega con la cabeza. Una vez. Despacio. La intérprete se dirige al escenario y dice en italiano: la señora prefiere no hablar. El moderador asiente. Se retoma con el sindicalista, que vuelve a empezar donde se había quedado.
El panel termina a las diecisiete y diez. La silla de la primera fila queda vacía toda la tarde, tres horas y cuarenta minutos de vacío en medio de la fila llena, y nadie la mueve porque la cartulina blanca sigue sobre el asiento, y esa cartulina blanca se convierte en lo más leído de la jornada, fotografiada siete veces por cuatro periodistas, y una de esas fotografías acaba en un diario nacional al día siguiente con el pie: la silla que la madre no ocupó. Naseema sale de la sala. Carmela le sujeta la puerta. A la salida un periodista se le acerca con la libreta abierta. Ella le tiende la fotografía de la furgoneta. No dice el nombre del hijo. El periodista mira la fotografía. Naseema sube al autobús para Cassano. El autobús arranca. Las colinas vuelven a ser amarillas. Ella mira afuera tres segundos y luego aparta la mirada, como siempre. La bolsa está en el regazo. Las otras dos fotografías siguen dentro.
hecho: En Cosenza, en la sala de conferencias del CONI, un panel sobre los derechos de los trabajadores migrantes reúne a alcaldes, sindicalistas y sociólogos tres semanas después de la masacre de Amendolara, en la que cuatro jornaleros afganos y pakistaníes fueron quemados vivos dentro de una furgoneta el primero de junio (Toscana Post, Coldiretti, 20 de junio de 02026).
mundo: En el Congo oriental y en Uganda, la Organización Mundial de la Salud cuenta novecientos quince casos confirmados de Ébola Bundibugyo y doscientos treinta y cuatro muertos a mediados de junio (OMS; Africa CDC). En El Alto, Bolivia, manifestantes contra el gobierno saquean e incendian la oficina del subalcalde el miércoles por la tarde (BBC). En Somalia, en el distrito de Burhakaba, seis millones de personas siguen en inseguridad alimentaria aguda entre abril y junio (Vatican News; Fao; Wfp).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma II.
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