Karim lleva el mostrador de las lámparas en la boca del pozo de Sorange desde hace once años. El mostrador es una pared de ganchos. En cada gancho una lámpara de casco y una ficha de latón con el número. El minero llega. Deja la ficha con su nombre en el registro. Toma la lámpara del gancho del mismo número. Se quita las sandalias. Se pone las botas. Baja. Cuando sube, vuelve a colgar la lámpara. Recoge la ficha. Se vuelve a poner las sandalias. Karim anota la hora. En eso consiste todo su oficio. Entregar la luz. Recogerla.
El jueves la luz no volvió a subir. Bajaron cuarenta y dos, ese turno. A las ocho de la tarde Karim tiene en la mano cuarenta y dos fichas marcadas a la bajada y ocho vueltas a colgar. Treinta y cuatro ganchos vacíos. Las lámparas no han vuelto. Las fichas de los que bajaron quedan en el registro, en columna.
El contratista llega a las cuatro del día siguiente. Se llama, digamos, Sahibzada. Tiene una hoja y un bolígrafo. Mira el registro de Karim. Cuenta la columna de las fichas de la bajada. Luego dice en voz baja, en urdu lento, que las fichas son treinta y dos, no cuarenta y dos. Lo dice como se dicta una medida. Treinta y dos bajados. Treinta y dos lámparas. Karim no responde. Karim alinea las fichas en el mostrador, una al lado de la otra.
Sahibzada explica. Explica que la indemnización es de quinientas mil rupias por cabeza. Explica que la empresa paga antes si los números están en orden. Explica que dos de los cuarenta y dos no tenían cartilla. Uno de los dos es un muchacho. Un muchacho menor de dieciocho en la galería es una multa. La multa cierra la mina. La mina cerrada es el valle sin salario. Luego repite la medida: treinta y dos. Karim toma una lámpara que ha subido. Limpia los contactos con el paño. La vuelve a colgar en el gancho. No responde.
A los ocho que subieron Karim los vio uno por uno. Salieron a las siete. Estaban negros de polvo. Cada uno volvió a colgar la lámpara en su gancho. Cada uno recogió su ficha. El gesto lo hacen incluso cuando las manos tiemblan. Luego se sentaron fuera, contra el muro. Esperaron a los demás. Los demás no subieron.
A medianoche empezaron a subir los cuerpos. Los cuerpos no vuelven a colgar las lámparas. Karim soltó las lámparas de los cascos, una por una. Las volvió a poner en los ganchos. Las limpió con el paño. Una lámpara sucia no carga. Luego recogió la ficha de cada uno del registro. Anotó la hora junto a cada nombre. Es todo lo que sabía hacer.
El muchacho se llamaba Younas. Tenía dieciséis años. Había bajado el jueves con la lámpara del número diecinueve, prestada, porque el diecinueve ese día estaba libre. No tenía ficha. No tenía cartilla. Había bajado porque el padre lo había mandado a pedir trabajo, y alguien lo había hecho bajar para completar el turno, y nadie había escrito nada. En el mostrador, antes de bajar, se había quitado las sandalias, como todos. Las sandalias de Younas siguen bajo el mostrador. Son de goma azul. Una tiene la correa rota y arreglada con un hilo de cobre.
Karim mira las sandalias. Luego mira la mesa larga, contra el muro. En la mesa larga está la fila de los efectos. Son las cosas que los que bajaron dejaron en el mostrador antes de bajar. Zapatos. Un reloj parado. Una cantimplora. Un peine. Cada cosa tiene al lado una etiqueta con el nombre, para la familia y para la indemnización. Karim cuenta las etiquetas. Treinta y dos. El nombre del muchacho no está.
Karim vuelve a mirar las sandalias. Bajo el mostrador hay también otras cosas sin nombre. Un paquete de cigarrillos. Una llave. Un peine de plástico rojo. Pero las otras cosas tienen una ficha, y la ficha tiene un nombre, y el nombre tiene una etiqueta. Las sandalias no. Las sandalias son del muchacho que no está en el registro.
Karim se agacha. Toma las sandalias de goma azul de debajo del mostrador. Las sostiene un momento, una en cada mano. El contratista lo mira. Karim lleva las sandalias a la mesa larga. Las pone al final de la fila, junto a los demás efectos. Toma una etiqueta vacía. Escribe un nombre: Younas. Pone la etiqueta junto a las sandalias. Ahora las etiquetas son treinta y tres.
Sahibzada lo ve. No levanta la voz. Solo dice que ese nombre no estaba en el registro. Karim dice que el muchacho había bajado con la lámpara del diecinueve. Lo dice en voz baja. No añade nada más. Vuelve al mostrador. Toma la segunda lámpara que subió. Limpia los contactos con el paño. La vuelve a colgar en su gancho. Toma la tercera.
El contratista se queda un minuto. Mira la mesa larga con las treinta y tres etiquetas. Mira a Karim que limpia las lámparas una a una, como cada noche, como si el turno fuera un turno cualquiera. Luego vuelve a meter la hoja en la carpeta. Vuelve a meter el bolígrafo en el bolsillo. Sale por la puerta del mostrador sin decir nada más.
Karim continúa. Las lámparas que subieron son ocho. Ha limpiado tres. Quedan cinco. Las limpia una a una. Contactos, paño, gancho. Contactos, paño, gancho. Contactos, paño, gancho. Cuando termina, apaga la luz grande del mostrador y deja encendida la pequeña sobre la mesa larga. Las sandalias de goma azul quedan al final de la fila, junto a la etiqueta con el nombre, bajo la luz pequeña, donde el padre del muchacho, cuando venga a buscarlo, las encontrará primero.
hecho: En Sorange, en el Baluchistán pakistaní, una explosión de metano en una mina de carbón mata a 34 de los 42 mineros que habían bajado al turno; las cuadrillas suben los cuerpos durante días y la provincia anuncia 500.000 rupias de indemnización a cada familia (Al Jazeera; Associated Press, 30 de julio de 02026).
mundo: En Turquía los incendios en la provincia de Muğla y en Antalya obligan a evacuar barrios enteros y a desalojar el hospital de Seydikemer, mientras el calor extremo alimenta los fuegos en varias provincias (Euronews). En España, en el enclave de Ceuta unas sesenta mil personas cruzan la frontera desde Marruecos a nado y a lo largo de los espigones, y Madrid manda instalar una barrera flotante frente a la playa del Tarajal (Al Jazeera).
Variantes: 5.
Incalmo · Pneuma I.
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