A las seis y cuarenta y cinco Shahnaz subía los tres pisos a pie, porque el ascensor lo tenían ocupado los carros de la lavandería y porque de todos modos ella el ascensor no lo tomaba, y llevaba la mano en el pasamanos incluso al subir, cautela que su marido, cuando vivía, llamaba cosa de viejas; y en la bolsa de tela llevaba las parathas hechas al alba para su nuera, que había dado a luz dos días antes y que en el hospital no comía, envueltas en la página de un periódico del día anterior porque el papel de periódico conserva el calor más tiempo que el papel de aluminio y no lo devuelve todo de golpe. En los pies llevaba las chancletas de plástico compradas en el bazar a propósito para aquel suelo, después de que en la primera visita hubiera resbalado en el pasillo de la radiología y se hubiera levantado pidiéndole disculpas al suelo.
El guardia estaba sentado en una silla de plástico blanca puesta de través delante de la entrada de la planta. Shahnaz lo saludó como se saluda a un empleado al que se volverá a ver, con esa media inclinación de cabeza que no pide nada pero prepara el terreno para la petición, y él respondió del mismo modo, de manera que por un momento fueron dos personas que se habían reconocido en un pasillo de hospital a las seis y cuarenta y seis de la mañana. A través del cristal de la nursery se veían las cunas en dos filas, cada una con la etiqueta atada al tobillo del niño, no a la baranda, porque las barandas se mueven y los tobillos no, cosa que una enfermera joven le había explicado anteayer como se explica una precaución de familia.
Después el aire cambió.
No fue el humo, al principio, y tampoco fue el ruido, porque el ruido vino después, un ruido bajo, de cosa que se desprende del techo; fue el olor, que en aquellos pasillos había sido siempre el mismo olor a desinfectante de limón, y que en cierto momento, sin avisar, se volvió dulce, un dulce equivocado, un dulce de plástico recalentado; Shahnaz, que de olores entendía por haber cocinado treinta años para nueve personas, se volvió hacia el cristal antes de que llegara el ruido. Detrás del cristal ya no se veía la segunda fila de cunas: se veía la primera, y detrás de la primera una especie de gris quieto que estaba arriba y bajaba.
Buscó con los ojos a la enfermera joven, la de la etiqueta en el tobillo, que era la única que tenía la llave de la planta, y no la encontró, porque la enfermera había bajado al piso de abajo a firmar una cosa que, según quien la mandó, no llevaría más de cuatro minutos. En la puerta estaba el cristal armado con la red de rombos, detrás del cristal armado estaba la manilla, y desde fuera la manilla no bajaba.
Shahnaz dio un paso adelante y le dijo al guardia que había humo, lo dijo con la voz que se usa para informar, y el guardia se asomó a mirar, luego dijo que ya habían llamado. Shahnaz dio otro paso y dijo que el humo estaba dentro, no fuera. El guardia dijo que ya habían llamado.
Entonces el guardia se levantó de la silla de plástico, le puso el antebrazo delante a la altura del esternón, con la delicadeza de quien detiene a una pariente y no a una ladrona, y dijo una sola frase, que no era el reglamento ni una explicación sino una cosa suya, y era que el año anterior, en otro hospital cuyo nombre no dijo, se habían llevado a uno; mientras lo decía miraba más allá de ella, hacia el fondo del pasillo, donde el humo ahora estaba arriba. A Shahnaz la boca se le preparó para la frase que había pronunciado durante cincuenta y dos años, la frase que empieza con la petición y termina con la disculpa (en la cola de la farmacia de Aabpara, en la ventanilla del registro civil, delante de la puerta de la vecina que tenía la radio alta por la noche, a la que en once años había llamado tres veces, empezando las tres veces con la fórmula de la molestia), y la frase le llegó entera a la boca sin salir, no porque hubiera decidido no decirla, ni porque el humo le hubiera quitado el aliento, sino porque la bolsa en la mano derecha le pesaba ahora como una cosa que no venía al caso, que estaba allí para otra mañana.
Entonces la posó. La posó en el suelo, sobre el linóleo, no en el alféizar, y con la mano que le quedó libre apartó el antebrazo del guardia.
No lo empujó. Lo apartó.
Salió a las siete y diez, con encima un niño que no era el hijo de su nuera, y la diferencia estaba clara ya antes del hueco de la escalera, porque el hijo de su nuera tenía la etiqueta verde atada al tobillo mientras que este la tenía azul; no es que una cosa así haga detenerse a nadie, nadie se detiene en un pasillo que se llena, pero de ahí en adelante Shahnaz caminó con dos atenciones en vez de con una, la primera para el niño azul que sostenía contra el hombro izquierdo, la segunda para el aire, que en el segundo piso era todavía desinfectante de limón y en el tercero ya no lo era.
El guardia le mantuvo la puerta abierta a la vuelta, le dijo que se fuera, que ahora se ocupaban ellos, y se lo dijo con la voz de quien da una información a una señora en un pasillo. Eran las siete y doce.
En la explanada una mujer con bata le tomó de los brazos al niño azul, le dijo gracias, y nadie le preguntó cómo se llamaba, ni de quién era pariente, ni por qué se encontraba en el tercer piso a las siete de la mañana, y nadie le pidió perdón, que era lo que ella sabía pedir. Arriba, sobre el linóleo delante del cristal, la bolsa de tela estaba donde la había posado, con el papel de periódico que se había abierto solo por el calor de dentro. Las parathas se enfriaron allí.
hecho: La mañana del veintiséis de agosto estalla un incendio en la planta materno-infantil del Pakistan Institute of Medical Sciences, en Islamabad. Mueren catorce recién nacidos; solo uno es sacado con vida. La causa aparente es la explosión del compresor del aire acondicionado. El gobierno suspende a un alto funcionario de la sanidad federal. (Al Jazeera y Dawn, 26 de agosto de 02026.)
mundo: En Manila los sindicatos piden al Tribunal Supremo que desbloquee la orden salarial de la capital, parada desde hace un mes, y cuentan mil setecientos millones de pesos de salarios que nunca llegaron (The Manila Times). En Ankara los mineros ven llegar los primeros plazos de los atrasos después de diecisiete días de protesta delante del ministerio, y la noche del veintiséis un tribunal manda a la cárcel a dos dirigentes de su sindicato por unas publicaciones en las redes sociales (World Socialist Web Site).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma II.
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