Glyn tenía cincuenta y ocho años y vio arder la acería desde la ventana de la cocina, de pie, con la taza de té en la mano, desde la ladera de Sandfields desde la que se ve toda la llanura de Margam y la Abbey Works extendida a lo largo de la costa como una segunda ciudad dentro de Port Talbot, y aquella extensión de naves y chimeneas y cintas transportadoras la conocía como se conoce el costado de una persona junto a la que has dormido durante cuarenta años: sabía dónde estaba el tren de frío incluso a oscuras, incluso ahora que el tren de frío era una raya naranja bajo una columna de humo que el viento de mar inclinaba hacia la colina. Era la tercera nave, la de las líneas de decapado. Lo comprendió por el punto del que subía el resplandor, no por lo que diría la BBC Wales a la mañana siguiente. No despertó a Carol. Ciertas cosas, en este pueblo, un hombre las sabe antes de verlas.
Su abuelo había entrado en la Abbey Works el año en que abrió, en 1951, cuando la planta era la más grande de Europa y el pueblo se había llenado de hombres venidos de cada valle de Gales, de Pontrhydyfen, de Cwmavon, del norte hasta Merthyr; y su abuelo decía una sola cosa, siempre la misma, con el vaso en la mano en el club obrero de Aberavon: que el horno no se apaga nunca, muchacho, un horno encendido está encendido para siempre, y cuando lo apagas ya no es un horno, es una nave. Lo decía como una ley de la física y como una blasfemia, las dos cosas a la vez. Su abuelo había muerto en 1979, de polvo en los pulmones, el mismo polvo que los domingos se posaba en los alféizares de Sandfields y que las mujeres limpiaban con un trapo sabiendo que el lunes volvería, porque el polvo era el trabajo y el trabajo era el pan, y nadie en Port Talbot se ha limpiado nunca de verdad ese polvo de la boca.
Su padre había trabajado en el tren de bandas en caliente, la línea donde el desbaste al rojo pasa entre los cilindros y se estira en banda y el calor te seca los ojos a diez metros; y el día en que Glyn cumplió dieciséis años, en 1984, el año de la huelga de los mineros que aquí todos recuerdan por cómo terminó, su padre lo había llevado a la puerta de Margam y le había entregado la chapa. La chapa era un disco de latón con un número grabado, el número que te identificaba al empezar el turno: la colgabas en el tablero al entrar, la recogías al salir, y si al final del turno tu chapa seguía en el tablero quería decir que alguien se había quedado dentro. El número de su padre era el 4471. Cuando su padre se jubiló, en 1996, el número fue reasignado, porque los números en la Abbey Works no mueren con los hombres, pasan; y por una de esas casualidades que en la fábrica llaman destino y fuera llaman estadística, el 4471 le había tocado a Glyn tres años después, cuando pasó del almacén a las líneas del frío.
Había trabajado treinta y cuatro años con el número de su padre colgado en el pecho. Había visto cerrar la vieja colada continua y abrir la nueva, había visto llegar a los indios que lo habían comprado todo, había visto subir y bajar el precio del acero como la marea de Aberavon que en Port Talbot uno conoce de memoria, dos veces al día, y por la que ajusta su vida. Y luego, dos años antes, en el otoño de 02024, habían apagado los altos hornos. Los habían apagado de verdad, enfriados, blown out, como se dice aquí, y Glyn había ido a ver la última colada junto a doscientos hombres en silencio, y había pensado en su abuelo y en su ley de la física, y había comprendido que el viejo tenía razón: apagado el horno, aquello ya no era la planta en la que su abuelo había entrado en 1951. Era una nave. Una nave del tamaño de una ciudad, a la espera de un horno eléctrico que encenderían quizá en 02028, quizá, y que fundiría chatarra en vez de hacer hierro a partir del hierro, y que pediría un tercio de los hombres.
Su hijo Rhys no había puesto nunca un pie dentro. A los diecinueve años se había ido al depósito de Amazon junto a la autopista, por encima de Swansea, donde no hay polvo ni fuego ni chapa de latón con un número, hay un lector de códigos de barras que te dice por dónde caminar; y Glyn no le había dicho nada, porque un padre que ha respirado ese polvo no tiene derecho a quererlo para su hijo, y porque en el fondo, muy en el fondo, había soltado un suspiro de alivio de que el muchacho nunca lo hiciera. Y sin embargo esta noche, viendo arder la tercera nave, Glyn se dio cuenta de que lo que le apretaba la garganta no era el miedo por el puesto — el puesto estaba ya medio perdido, lo sabían todos, era cuestión de cartas y de meses — sino el hecho de que el fuego hubiera venido del lado equivocado. No del horno, cuyo oficio es el fuego. Del frío. Se había incendiado el tren de frío, el único lugar de la acería donde el fuego no debía estar, y eso, a un hombre criado en la ley de su abuelo, le parecía un agravio al orden de las cosas, como si el mar hubiera subido a quemar la colina.
Se quedó en la ventana hasta que el cielo al este, por encima del viaducto de la autopista que parte el pueblo en dos desde que él era niño, empezó a aclararse del mismo gris que el humo, de modo que por un momento ya no se distinguía dónde acababa la noche y dónde empezaba el día. Las sirenas habían subido y luego bajado. Carol seguía dormida. Glyn dejó la taza fría en el fregadero. Después fue al cajón del aparador, el que Carol usa para las facturas y los botones y las cosas que no se tiran, y buscó por debajo, en el fondo, y la encontró: la chapa, el disco de latón gastado en los bordes, el 4471 todavía legible si lo giras hacia la luz. Nunca la había devuelto. Debería haberlo hecho, el último día, pero se la había metido en el bolsillo y había salido por la puerta de Margam con la chapa de su padre encima, y nadie se la había reclamado, porque para entonces a nadie le importaba ya el tablero. La sostuvo en la palma. Pesaba lo que pesa una moneda grande. Fuera, en la llanura, el fuego se apagaba solo, como se apagan las cosas cuando han terminado, y Glyn se quedó dando vueltas al disco entre el pulgar y el índice, del lado del número al lado liso y vuelta, hasta que Carol se despertó y preguntó desde el cuarto, con la voz todavía dentro del sueño, si había té.