Aquel día mi abuelo firmó a las once. Firmó el papel en la plaza, frente a la sede del sindicato, con una pluma que le tendió un funcionario federal llegado de Hermosillo en coche. El funcionario era joven. Llevaba los zapatos limpios. Mi abuelo lo miró como miraba a los capataces de la mina cuando era muchacho. Sin rencor, sin estima. Nada más así.
La plaza estaba llena. Estaban los que se habían quedado, los últimos, un centenar de viejos. Mi abuelo decía, somos un centenar, pero éramos dos mil. Yo no lo corregía. Sabía el número exacto. Habían aguantado dieciocho años. Dieciocho, compadre: dieciocho. Un niño nacido el primer día de la huelga ya es mayor de edad. El funcionario de Hermosillo leyó los nombres del legajo en voz alta. Los leía en orden alfabético. Cuando llegó a la O, llegó a mi abuelo. No lo miró a la cara. Miró la firma. La firma de mi abuelo es una O grande, después una raya plana, después tres puntos. Nunca aprendió a escribirla de otra manera.
Mi abuelo se llama Efraín Osorio. Los de su edad lo llaman Don Efraín, los de la mía lo llaman Don Efrito, porque ya nadie se acuerda de su segundo nombre. Tiene setenta y ocho años. Es viudo desde 2014. Mi padre murió de silicosis hace tres años. Mi abuelo ha vivido más que todos los que debían vivir menos.
Después de la plaza, mi abuelo dijo que volvía a casa a pie. Son tres cuadras. Le dije que lo acompañaba. Me contestó, ven pues, pero no hables. Caminamos así. En silencio tres cuadras. Unos perros ladraron. No sabría decir si por nosotros.
En casa, mi abuelo se quitó los zapatos en el porche y los puso en fila contra la pared. Siempre los ponía así. Entramos. La casa estaba como siempre, el calendario de octubre de 2024 aún colgado, las estampitas de mi abuela enmarcadas sobre el refrigerador, la taza de la oreja rota junto al fregadero. Preparé dos cafés. No el café bueno, el del frasco, el de todos los días, el que mi abuelo bebía desde siempre. Don Efraín no bebe el café bueno en casa. Dice que el café bueno se bebe afuera, en el bar de la mina. Decía. El bar de la mina está cerrado desde 2019.
Pasamos al cuarto de mi abuela, que también era el cuarto de los roperos. Había tres roperos. El de mi abuela, el de mi padre, el de mi abuelo. El suyo nunca lo había abierto delante de mí cuando yo era niño. Lo abrió ahora, por primera vez en dieciocho años. Dentro había sólo un overol. Un overol de minero, azul, con el cuello descosido en la costura. En el cuello, con marcador negro, un número: 1204. El número era el suyo. Era de 2007, del último turno.
El overol se cayó del gancho. No sé si porque el gancho estaba viejo o porque mi abuelo tiró de él. Se cayó. Me agaché a recogerlo. Mi abuelo se quedó quieto. Lo tomé, lo sacudí para quitarle el polvo, y dije: Abuelo, ya lo entregaste. A mí, tres inviernos. Y a ti, dieciocho años.
Entiendes, compadre.
Mi abuelo no respondió. Se quedó sentado. Después se puso de pie. Tomó el overol de mis manos. Lo dobló en tres. Primero la manga izquierda sobre el pecho. Después la manga derecha encima. Después lo dobló por la mitad sobre el eje de los hombros. Tres dobleces. Lo colgó otra vez en el gancho. No como lo guardaba él. Como lo guardaba yo de niño, cuando mi abuela me dejaba doblarlo en la mañana antes de ir a la escuela.
Yo no se lo hice notar. Lo dejé hacer.
En el centro social del sindicato, por la noche, llevé una cerveza a tres amigos míos. Veinteañeros, hijos de otros mineros. Les conté el día. Conté tres cosas, en orden. Mi abuelo firmó delante del funcionario de los zapatos limpios. Mi abuelo abrió el ropero y el overol se cayó. Mi abuelo dobló el overol como lo doblaba yo a los seis años. Después me tomé mi cerveza. Mis amigos no dijeron nada. Se quedaron callados. Uno hizo el gesto de la mano abierta, de agradecimiento, como hacen los viejos en Cananea cuando no saben qué decir.