Olha llega al edificio de la calle Lermontova a las cinco y cuarenta de la mañana, cuando el cielo sobre Sumy es del color de la leche y los bomberos ya están montando las vallas. Tiene setenta y un años. Sobrevivió porque vive dos calles más allá, en un semisótano que el dron no vio.
El dron entró por el lado de la cocina, tercer piso. Ella también lo oyó, todavía lo oye en los oídos. Un sonido que primero es un zumbido sobre el río Psel, luego un silbido, luego nada.
Los bomberos la reconocen. Uno de ellos, Andriy, es hijo de una compañera suya del comedor escolar número cuatro, donde Olha trabajó cuarenta y dos años, hasta dos mil veintidós. La saluda con la gorra en la mano. Le dice que dentro de media hora cierran el perímetro. Le dice que no puede subir.
Olha asiente. No le responde.
En la calle, debajo del edificio, los montones. Reconoce un plato esmaltado blanco con el borde azul — el que su hija Yulia usaba para servir el borscht los domingos. Reconoce una funda de almohada de cuadros amarillos y blancos: la funda de la almohada del nieto. Reconoce medio mango de un cucharón de madera, y entiende que es su propio cucharón, el que en Navidad le había regalado a Yulia porque decía que no sabía hacer el borscht.
Andriy se ha dado la vuelta. Está hablando con otro bombero. Olha entra por el portón lateral. Sabe que tiene treinta segundos antes de que la vean.
Las escaleras apestan a gas y a moho mojado. El primer piso está intacto. En el rellano del segundo sigue estando la bicicleta del niño del número ocho. Las puertas están cerradas: a los vecinos ya se los han llevado.
En el tercer piso la puerta del apartamento de Yulia la ha tirado la explosión. Olha no entra por la puerta. Entra por un boquete en el muro que da directamente al pasillo. Camina sobre las tablas que todavía aguantan. El techo de la cocina ya no está. Ve el cielo de la mañana.
El armario de Mykyta está al fondo del pasillo, a la izquierda. Está casi intacto: las puertas están abiertas. Se ve todo dentro: la sudadera negra con la palabra NIRVANA que le había comprado Yulia, la camisa blanca de la comunión (que él no hizo, pero que se quiso poner en la fotografía), tres pantalones mal doblados, la bufanda celeste del Dynamo Kyiv.
Debajo, abajo del todo, los zapatos.
Los compró hace dos semanas en el centro comercial donde ahora está el cráter. Nike Air Force One blancas, número cuarenta y dos. Mykyta los había querido porque un compañero de clase llamado Bohdan los tenía. Yulia dijo que no durante diez días. Después los compró.
Olha se agacha. Los zapatos están limpios. La suela está apenas un poco gastada en el talón derecho. Los levanta. Pesan poco.
Oye los pasos de Andriy en la escalera. La está buscando. Lo oye llamar su nombre.
Olha se queda quieta. Sostiene los zapatos contra el pecho.
Mira a su alrededor. La camisa, la sudadera NIRVANA, la bufanda celeste. El cuaderno de matemáticas abierto sobre el escritorio, en la página de los números primos hasta cien. Se da cuenta de que podría llevarse otra cosa. Podría llevarse el cuaderno. Podría llevarse la bufanda.
No se los lleva.
Sale al pasillo solo con los zapatos. Andriy está en la puerta. No le hace una escena. La acompaña abajo sujetándola por el codo, como se hace con las viejas.
En la calle, Yulia está llegando en coche con Vova, el hermano de su compañero muerto. Yulia lleva un vendaje en la mano izquierda. Le dieron el alta hace dos horas en el hospital de Sumy. Camina con Vova, despacio, como si cada paso le costara un pensamiento.
Yulia ve a Olha. Ve los zapatos.
Se para.
Olha le tiende los zapatos. Yulia no los coge. Se queda a tres pasos. Se miran.
Andriy se aparta un metro por discreción.
Yulia dice solo: «Mamá».
Olha sigue sosteniendo los zapatos en alto. Los sostiene para Yulia. Entiende, en este momento, mientras Yulia la mira y no avanza, que no ha cogido los zapatos para Mykyta. Mykyta no se los pondrá más. Los ha cogido para la mano izquierda de Yulia, la herida y vendada. Los ha cogido para que Yulia tuviera algo blanco y nuevo y con peso que sostener entre las manos durante estos meses.
Yulia da dos pasos adelante. Coge los zapatos con la mano derecha. Olha la sujeta con el brazo izquierdo. Andriy las mira de lejos.
Caminan juntas hacia el coche de Vova. Yulia no llora. Sostiene los zapatos contra el costado, como se sostiene una bolsa de la compra cuando no se sabe dónde llevarla.
Olha sube al coche con ella. Vova conduce despacio. Los zapatos están apoyados entre las dos mujeres, en el asiento del medio.
Olha mira por la ventanilla la calle de Sumy que se despierta. Ve una panadería que levanta la persiana. Ve una bicicleta. Ve a una niña de quizá once años que va a la escuela con una mochila rosa.
No dice nada. Sigue sosteniendo el brazo de Yulia.
hecho: En Sumy, óblast de Sumy, en Ucrania, un dron ruso alcanzó un edificio residencial el 22 de junio de 02026. Murieron un padre de treinta y seis años, su hijo de trece, y una mujer de setenta y tres: la madre de la compañera del padre. Otros dos resultaron heridos.
mundo: En Niamey, el dieciocho de junio, un comando del JNIM ataca al alba el aeropuerto internacional Diori Hamani: trece personas muertas, veintidós asaltantes sobre el terreno (Wikipedia). En Indonesia, el dieciséis de junio, un temblor de magnitud seis coma siete golpea el Sulawesi central a cuarenta kilómetros de Palu: tres víctimas, más de cien heridos, casi nueve mil personas desplazadas (AHA Centre). En Hamburgo y Bremerhaven los muelles se detienen durante veinticuatro horas desde las siete del diecisiete de junio: huelga portuaria convocada por Ver.di (Strike Tracker).
Variantes: 5.
Voce · Pneuma II.
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