un relato al día, para siempre

El carné en el bolsillo

Me habían dicho que en Calacoto bajaríamos del autobús y nos uniríamos a la fila detrás de la pancarta violeta, y que debíamos quedarnos dos pasos por detrás de los delegados con el megáfono, y que no debíamos aceptar nada de beber de quien no llevara el carné sobre la camiseta, porque en estas marchas están los provocadores que te hacen desmayar y acabas en el periódico, y los periódicos del presidente Paz tienen hambre.

Mi hermano me había dicho que no viniera. Mi cuñada también. Mi madre no. Mi madre me dijo: lleva el carné, y guárdalo en el bolsillo, y no lo saques sino cuando haga falta.

En Calacoto bajamos. Éramos setenta, quizá ochenta. La pancarta violeta la llevaban dos delegadas de El Alto, una con el niño a la espalda, una sin él. La marcha salía a las siete y media de la Avenida y debíamos llegar a la Plaza Murillo para las once, y de allí a la reunión de los comités. Tres horas de camino, con el sol ya fuerte sobre el Khantapata, y el aire que te corta los labios.

Caminábamos en fila. Cuando estás en fila no sientes el frío. Sientes los pies, sientes la correa de la mochila, sientes al de delante respirar un poco demasiado rápido, y reduces el paso para ir a su ritmo. La marcha tiene un solo paso, nos lo había dicho la delegada de Achacachi, y el paso es el del más lento.

En Sopocachi, al fondo, el bloqueo. Tres camionetas, seis militares de camuflaje claro, y delante del puesto de control una fila de hombres parados de pie, cada uno con el documento en la mano. La delegada del megáfono nos dijo que mostráramos el documento de identidad sin decir nada, que no abriéramos el carné, que dejáramos que hablaran ellos.

Metí la mano en el bolsillo. El carné estaba ahí. El documento de identidad estaba en el otro. El carné tiene un pliegue en el centro, donde lo había doblado para que cupiera en la cartera de cuero que mi padre me había regalado para los quince años. El pliegue se nota con el pulgar. La yema cae sobre él como dentro de una ranura.

Reconocí a Pedro. Estaba en el camuflaje claro, a la derecha del bloqueo, y me miraba sin mirarme. Pedro es de Patacamaya. Es hijo de una paisana de mi madre. Su madre venía a casa a recoger la lana cruda para hilar. A Pedro lo vi crecer. Pedro ahora tiene veinte años y lleva el fusil bajo y la mano derecha en la cadera.

Pedro me vio. Pedro bajó los ojos y los volvió a alzar.

Tenía sesenta segundos. Las delegadas de delante ya estaban pasando, una por una, cada una mostraba el documento y decía el nombre del pueblo y el camuflaje claro lo anotaba en una hoja. La fila avanzaba. Sesenta segundos.

Me dije: si muestro el documento y nada más, soy una mujer cualquiera, una de Achacachi, y paso, y llego a la Plaza Murillo, y hablo por el pueblo. Me dije: si muestro el carné, saben quién soy, saben por quién hablo, y me retienen aquí medio día y pierdo la reunión y Pedro tiene que fingir que no me conoce.

Mi madre me había dicho: guárdalo en el bolsillo, y no lo saques sino cuando haga falta.

Ahora hacía falta. Saqué el carné. Lo abrí por el pliegue, lo sostuve sobre el documento de identidad, se lo pasé al camuflaje claro de la hoja. Pedro no movió la mano de la cadera. El camuflaje claro leyó, alzó los ojos, leyó otra vez, dijo: federación de Achacachi. Dijo: ponte a la derecha.

Me puse a la derecha.

Detrás de mí Petrona de Pucarani sacó su carné. Detrás de ella Cipriana de Sapahaqui. Detrás de ella Felicia de Caquiaviri. Detrás de ella otra, y otra más. La fila de la derecha creció detrás de mí sin que nadie se lo hubiera dicho. El camuflaje claro empezó a sudar. Pedro quitó la mano de la cadera y la puso sobre el fusil y luego la volvió a bajar.

Nos quedamos allí. La delegada del megáfono dejó de hablar. La marcha se detuvo. El sol estaba alto.

El camuflaje claro llamó hacia dentro de la camioneta. Salió otro. Se pusieron a hablar en voz baja. Pedro me miró. Yo miré el carné en su mano. El pliegue seguía siendo el pliegue. Mi padre, cuando me lo había dado, me había dicho: este cuero es de una vaca de mi padre. El pliegue estaba en el cuero. El pliegue sigue en el cuero. Pensé que mi madre lo sabía.

El otro camuflaje claro vino a hablarme. Me preguntó qué quería decir en la Plaza Murillo. Yo le respondí: que somos personas, no categorías. Él me miró. Dijo: pasa. Devolvió el carné. Le gritó al primero: déjalas pasar.

Pasé. Petrona detrás. Cipriana, Felicia, las demás. La pancarta violeta se puso de nuevo en marcha. Pedro no me miró más. Estaba bien así.

A la Plaza Murillo llegamos a las once y veinte. La reunión había empezado hacía veinte minutos. Hablé por el pueblo. Tres minutos. Dije dos cosas. Dije: somos personas. Dije: el carné es nuestra palabra escrita. Dije, al final, que en Sopocachi un militar de Patacamaya había bajado los ojos y los había vuelto a alzar, y que de ese gesto pequeño había entendido que la marcha ya había llegado.

Salí de la Plaza a las doce. Tomé el autobús de las dos para Achacachi. A casa llegué cuando ya era de noche. Mi madre me esperaba en el umbral. Me dijo: ¿tenías el carné en el bolsillo? Le dije: sí. Me dijo: ¿lo sacaste? Le dije: sí. Me dijo: ¿te dejaron pasar? Le dije: sí.

Me miró. Dijo: lo sabía.

Bolivia. La Central Obrera Boliviana y las federaciones indígenas marchan de El Alto a La Paz contra el presidente Rodrigo Paz, tras más de un mes de bloqueos y la aprobación de una ley para el estado de emergencia; al menos 7 muertos desde el inicio de la protesta en mayo. (Common Dreams, ABC News, The Nation, Democracy Now, 11-12 de junio de 02026.)
Reticello · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: La Central Obrera Boliviana y las federaciones indígenas marchan de El Alto a La Paz contra Rodrigo Paz, tras más de un mes de bloqueos y una ley sobre el estado de emergencia, mientras el presidente califica a los manifestantes de narcoterroristas; al menos siete muertos desde el inicio de la protesta en mayo. (Common Dreams, ABC News, Democracy Now.)

mundo: En Mariúpol y en lo profundo de Rusia, el 10 de junio drones ucranianos golpean el puerto de la ciudad ocupada y refinerías clave, dejando a oscuras la terminal (Al Jazeera). En la provincia de Fermo, un obrero de treinta y tres años muere enganchado por una excavadora en la obra de una potabilizadora (ANSA). En Londres, un tribunal condena por terrorismo a cuatro activistas de Palestine Action: ante el juzgado, setenta y dos detenciones para quien alza un cartel (Al Jazeera).

Variantes: 5.

Reticello · Pneuma I.

Everyday Endless es un organismo narrativo. Cada día se alimenta de las presiones del mundo real y las transforma en relato. Lo que el hecho llega a ser depende del día: el dispositivo cambia de forma, el material cambia de voz, la distancia de lo real cambia de profundidad.

El autor ha escrito el dispositivo. El dispositivo compone el relato. El mecanismo es declarado y visible.

Las colecciones se componen relato a relato.

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Cada veinticinco relatos el dispositivo cierra un Fascicolo. El Fascicolo recoge los textos en el orden en que fueron compuestos, con sus colophon, sus voces, sus fechas. Es el diario de un período: veinticinco días de mundo atravesados por la máquina. Los Fascicoli están numerados con cifras romanas y disponibles gratuitamente en formato digital.
Tema
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