Hamid Oumari entra a las siete en la residencia Las Encinas. La puerta automática se abre despacio. El termómetro de la entrada marca veintiocho grados. El aire acondicionado de la sala común zumba a trompicones.
En la oficina encuentra la hoja de turnos. María Rosa tiene fiebre. Es su tercer día. Hamid coge su turno hasta las siete de la tarde. Doce horas. Deja el teléfono sobre el mueble.
Veinticuatro ancianos. Tres alas. Hamid recorre el primer pasillo. Abre las persianas el ancho de una uña. El sol entra a franjas. La señora Encarnación está sentada en la sala común, los ojos cerrados. Ochenta y siete años. Las manos sobre las rodillas, secas.
A las nueve sale de su cuarto Don Joaquín, ochenta y tres años. Ya se ha puesto los zapatos. Quiere ir al bar. Hamid lo acompaña hasta la puerta del pasillo. Le explica que hoy no se sale. Don Joaquín escucha. Asiente. Se quita los zapatos.
Hamid lo lleva de vuelta al cuarto. Sobre el armario hay una foto de Don Joaquín de uniforme militar. Mil novecientos noventa y cinco. Don Joaquín le cuenta por tercera vez la guerra. Hamid asiente. Don Joaquín se tiende. Hamid baja las persianas una uña más.
A las diez y media Hamid llena el vaso de Encarnación. Agua de la botella del frigorífico. Una punta de sal fina. Ella lo toma. Bebe a sorbos pequeños. El vaso es de plástico transparente, viejo, el borde marcado por los dientecitos de quien lo ha tenido en la boca años y años.
A las once el termómetro marca treinta y cuatro. Las aspas del aire acondicionado van despacio. Encarnación suda. Las manos están frías. Hamid coge un paño mojado del lavabo. Se lo pasa por los brazos. Por las sienes. Encarnación bebe. Hamid vuelve a llenar el vaso.
A las doce y media les lleva a todos la comida. Arroz blanco, caldo de pollo frío. Encarnación come tres cucharadas. Don Joaquín come todo. Doña Rosario pide pan. Hamid se lo lleva.
A la una el aire acondicionado se para. Hay un silbido, un golpe, y luego el silencio. La sala común queda inmóvil. Hamid siente el aire que detiene hasta las cortinas. Va a la oficina. Llama al número de la dirección. Suena. Suena. No contesta nadie.
Llama otra vez. Deja un mensaje en el contestador. Dice su nombre, la hora, el problema. Cuelga. Mira por la ventana de la oficina. Todo Andújar está cerrado. Las persianas de cobre, las calles vacías. Ni siquiera los pájaros.
A la una y veinte el termómetro marca treinta y nueve dentro. Hamid recorre los pasillos. Abre los grifos de los lavabos de todos los cuartos. Moja los paños. Se los pone en la nuca a los viejos. Don Joaquín duerme. Doña Rosario bebe a sorbos. Don Marcelino no oye bien, pero asiente. Encarnación sigue en la sala común. Hamid la traslada al sillón junto al baño, donde las paredes están frescas.
A las dos menos veinte el termómetro marca cuarenta y dos fuera, según la radio. Dentro, cuarenta. Encarnación delira. Le habla a su hermana, que murió en el noventa y dos. Dice nombres. Dice «Lola, no me dejes ahí.» Hamid le sostiene la mano. Los brazos de Encarnación están fríos, y al tocarlos comprende que el sudor está frío como el hielo.
Hamid coge la ficha del cajón de la oficina. La hojea. Encarnación, ochenta y siete años, insuficiencia cardíaca moderada, hipertensión. Hay una firma con fecha de hace cuatro meses: «Rechazo del ingreso en caso de emergencia.» Hamid lee la firma dos veces. La letra es firme.
Deja la ficha. Va a la sala común. Encarnación está casi sin aliento. El piloto rojo del aire acondicionado, encendido desde el instante en que se paró, se refleja en el vaso de agua sobre la mesita. Un punto escarlata dentro del líquido.
Hamid coge el teléfono de servicio. Marca el uno-uno-dos.
La operadora contesta al segundo tono. Hamid da la dirección, la edad, el cuadro. Una señora de ochenta y siete años, insuficiencia cardíaca, golpe de calor, aire acondicionado averiado desde hace una hora, rechazo del ingreso firmado. La operadora dice que la mantenga hidratada y a la sombra. La ambulancia llega en doce minutos. Le pregunta si la señora tiene familiares localizables. Hamid responde que sí, hay un nieto en Madrid en la ficha. Le da el número.
Cuelga. Sale al pasillo. No vuelve a la sala común. Va a la oficina. Coge el teléfono fijo, el de la dirección. Marca un número que se sabe de memoria desde hace quince años.
El teléfono suena tres veces. Tánger. Responde la voz de su padre.
—¿Hamid?
Hamid no habla enseguida. El piloto rojo del aire acondicionado, que desde el pasillo no se ve pero cuyo lugar él sabe, le late en la nuca. Abre la boca.
—Sí, papá. Soy yo.
hecho: Ola de calor récord sobre España entre el veintiuno y el veintiséis de junio: Andújar, en Andalucía, alcanza cuarenta y cinco coma un grados el veintidós; el Sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III registra 327 muertes relacionadas con el calor en la semana, 611 desde el inicio de la temporada de vigilancia a mediados de mayo (Euronews, Washington Post, Al Jazeera).
mundo: En Irán el espacio aéreo reabre a las diez y media GMT del veinticinco, y el Brent vuelve a bajar de los sesenta y siete dólares (Mehr News, Al Jazeera). En el Plateau nigeriano un ataque de tres horas contra la aldea de Kawell termina con veintidós muertos (HumAngle, Council on Foreign Relations). En el Iwate japonés un terremoto de magnitud siete coma dos sacude el norte, y al día siguiente un frente estacionario inunda el Kansai y se lleva a un repartidor de periódicos de setenta y dos años (Japan Times).
Variantes: 5.
Lucido · Pneuma I.
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