El doce de agosto, a última hora de la tarde, en el vestuario de la obra dos.
Sanjar dobla. Dobla los monos sobre los bancos, los que los demás dejan tirados donde caen, y los apila en columna contra la puerta de la taquilla. Alinea las botas debajo del banco con las punteras hacia la pared. Vuelve a meter los guantes en los bolsillos que les tocan.
Es lo que hace. Lo hace desde hace cuatro años y nadie se lo ha pedido.
Aquella mañana él no estaba. Había hecho la noche y a las siete se había ido a dormir al dormitorio detrás de la nave tres, y a las siete y cuarenta estaba durmiendo. Por eso la mañana del diez de agosto no estaba en la planta.
Otabek sí.
Otabek estaba de turno desde las seis. Otabek tenía veintinueve años. Otabek se reía siempre. En la obra a Otabek lo llamaban por el número, como a todos, porque aquí nadie se acuerda de los nombres y el número está escrito en el casco.
En la balda encima de la taquilla el casco de Otabek sigue ahí.
El diez de agosto vinieron los drones sobre Nizhnekamsk. Vinieron sobre la planta, que es el motivo por el que existe la ciudad y el motivo por el que vinieron todos ellos. Murieron trece. Ocho eran uzbekos. Uno era tayiko. A los heridos nadie terminó de contarlos.
Casi todos eran de la construcción, en la ampliación. Albañiles, ferrallistas, carpinteros. Gente que levanta lo que otros llenan.
La mañana del doce dijeron lo de los cuerpos. Un avión del ministerio de Defensa, de Kazán, para Taskent. El Estado paga el transporte. El Estado paga el funeral. Las familias que acompañan van solo si hay sitio.
Después dijeron la cifra. La dijo el gobierno de la república, antes de que termine la investigación, y al vestuario llegó desde el teléfono de uno de la otra cuadrilla: dos millones de rublos por familia. Bahodir, que lleva once años en Rusia y sabe los cambios, hizo la cuenta en voz alta. Son veintitrés mil quinientos dólares. La cifra dio la vuelta al vestuario como da la vuelta una tarifa nueva, de banco en banco, y uno preguntó si eran brutos, y nadie supo responder, y uno dijo que en casa con eso haces la casa y la boda del hermano pequeño.
Sanjar manda el dinero a la provincia de Namangan el veintisiete de cada mes. También lo mandaba Otabek, el veintisiete. Su madre, de dos, el veintisiete recibía dos.
En el bolsillo de la cartera Sanjar guarda una tarjeta telefónica caducada. Encima, a bolígrafo, está la medida del pie de su madre, para los zapatos. Veintitrés y medio.
La furgoneta para el aeropuerto pasa a las dieciocho treinta por delante del dormitorio. Van los de las familias. Sanjar hizo la bolsa a mediodía y la dejó debajo del banco.
Son las dieciocho diez.
Fuera la furgoneta toca el claxon. Toca una sola vez, corto.
Rustam entra en el vestuario con la hoja de los turnos. La abre contra la puerta de la taquilla. Dice el número de la cuadrilla para el lunes. Dice los puestos uno por uno.
Sanjar está delante de la balda. Tiene el casco de Otabek en la mano. La cinta de la visera es la gris de embalar, dos vueltas, y debajo de la cinta está el número hecho con rotulador negro.
Despega la cinta. Sale entera de una vez y se lleva un poco de plástico blanco. El número se queda.
El casco golpea contra el metal de la taquilla. Suena hueco.
Sanjar se pone el casco bajo el brazo. Después lo dice.
Lo dice en ruso, que es la lengua que se habla en el vestuario, y lo dice lo bastante alto para que lo oigan también los de la última fila, y no lo dice mirando al suelo: dice que el lunes no está.
Rustam no levanta los ojos de la hoja. Después los levanta.
Nadie dice nada. El ventilador de encima de la puerta gira.
La furgoneta toca otra vez. Dos veces, cortas.
Rustam dobla la hoja en cuatro. Dice una cosa breve sobre el puesto del lunes. Dice que el lunes el puesto lo coge otro y que eso Sanjar lo sabe.
Sanjar dice que lo sabe.
Rustam sale el primero. No cierra la puerta.
El de la taquilla de al lado coge del suelo la bolsa de Sanjar y se la tiende. No dice nada. Sanjar la coge con la mano libre porque la otra sujeta el casco.
Uno de Andiyán le pone en la mano una bolsa de plástico. Dentro hay pan. Es el pan del comedor, el redondo, el que sobra al final del turno y se reparte.
Sanjar sale. Sube a la furgoneta. Se sienta en el segundo asiento de la derecha y pone la bolsa entre los pies. El casco lo lleva bajo el brazo, no lo mete en la bolsa.
La furgoneta arranca. La grava debajo de las ruedas hace el ruido que hace.
En el vestuario la luz se queda encendida. En la balda, donde estaba el casco, hay un rectángulo limpio y alrededor la marca gris del polvo, y la marca guarda la forma redonda porque el polvo se ha ido depositando todo alrededor durante cuatro años. Al lado hay dos cascos amarillos, después la balda sigue vacía hasta la pared. La puerta está abierta. Nadie la ha cerrado.
hecho: Un ataque de drones contra el complejo petroquímico de Nizhnekamsk, en Tartaristán, mata a trece personas, entre ellas ocho ciudadanos uzbekos y un tayiko, obreros de la construcción. Los cuerpos vuelven a Taskent dos días después; Tartaristán anuncia dos millones de rublos por familia. (The Times of Central Asia, 12 de agosto de 02026.)
mundo: En la República Centroafricana un corrimiento de tierra sepulta a los mineros de oro de Zamboye y el ministerio cuenta cuarenta y nueve muertos donde las fuentes locales hablan de más de cien; el yacimiento se cierra (Al Jazeera). En Sudán más de doscientas mil personas dejan Kordofán por los combates, y en Tawila la lluvia daña casi mil trescientas cincuenta casas (UN News). En el Reino Unido el jurado del juicio a los activistas de Palestine Action se disuelve tras treinta y siete horas y un solo veredicto sobre quince cargos (Democracy Now!).
Variantes: 5.
Soffiato · Pneuma I.
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