El casco me lo dio mi cuñado cuando entré en Maloma y no era nuevo ni siquiera entonces, tenía ya dentro el sudor de otro y la marca amarilla donde la lámpara había rozado durante años, y me lo puse y desde aquel día, durante once años, ese casco fue lo primero que tocaba por la mañana y lo último que dejaba por la noche, y lo dejaba siempre en el mismo clavo detrás de la puerta, y mi mujer sabía que si el casco estaba en el clavo yo estaba en casa y que si no estaba yo estaba abajo.
El trece de julio lo dejamos todos, el casco, y no en el clavo, lo dejamos en la carretera delante del portón de la mina, en fila, uno junto a otro, como se dejan las cosas de alguien que ha muerto, y no había muerto nadie, éramos nosotros, vivos, sentados en el suelo junto a nuestros cascos porque el sobre de la paga llevaba dos años siendo el mismo sobre y ellos decían cinco por ciento este año y cuatro el que viene, y nosotros contábamos el pan, y el pan no cabía dentro del cinco por ciento.
Y durante diez días estuvimos fuera, y fuera hace frío en julio donde nosotros, es invierno, y encendíamos neumáticos y estábamos alrededor del fuego y Sipho traía el té en un cubo y lo pasábamos de mano en mano, y nadie bajaba, y el carbón se quedaba quieto en la panza de la colina y por primera vez en once años no lo sacábamos nosotros, y eso me daba miedo y me hacía bien, las dos cosas a la vez.
Luego llegó el papel del tribunal.
El papel decía que la huelga era ilegal, y el papel no gritaba, el papel estaba escrito a máquina, con sellos, y decía que teníamos que volver y dejar de obstruir la entrada, y obstruir la entrada éramos nosotros sentados en el suelo con nuestros cascos, y la ley tenía un nombre para nosotros sentados en el suelo y era obstrucción, y yo esa palabra no la conocía antes y ahora la conozco.
Y el jefe de turno salió con el papel en la mano y nos leyó la parte donde estaba escrito que quien no volviera ya no estaba cubierto, y no cubierto quiere decir que pueden echarte y nadie dice nada porque el papel del tribunal está de su parte, y él leía y no nos miraba, leía el papel como si el papel fuera más fuerte que todos nosotros juntos, y quizá lo era.
Y esa noche en casa mi mujer no dijo vuelve y no dijo quédate fuera, puso el plato en la mesa y en el plato había menos que antes, y el menos era la respuesta y no era una respuesta, era solo el plato, y los niños comieron y uno preguntó si mañana bajaba y yo dije duerme.
Y la mañana del veinticuatro fui al portón antes que los demás, todavía a oscuras, y los cascos seguían allí en la carretera, con diez días de lluvia y de helada encima, y el mío lo reconocía por la marca amarilla de la lámpara y por la correa que había arreglado con alambre, y me agaché y lo cogí con la mano, y pesaba como pesa una cosa mojada, pesaba más que de costumbre, y me quedé allí con el casco en la mano y el portón delante y la colina detrás del portón llena de carbón que era nuestro para sacarlo y no era nuestro de ninguna otra manera.
Y detrás de mí oía llegar a los demás, los pasos sobre la grava, pocos pasos, no todos, nunca más todos, y cada uno de esos pasos se detenía donde estaba su casco, y nadie decía nada, y solo estaba el ruido de las correas y de los alambres y de las manos que recogían del suelo una cosa que diez días antes habían dejado para no traicionar a nadie.
Yo el casco lo tuve mucho rato en la mano. El agua de la noche me corría de la correa a la muñeca y me bajaba por dentro de la manga, fría, y yo la sentía llegar al codo y no me movía, y pensaba en mi mujer, que por el casco en el clavo entendía si yo estaba vivo o abajo, y pensaba que ahora el clavo ya no quería decir eso, que ahora el clavo quería decir otra cosa y que esa cosa yo todavía no la había aprendido.
Ahora ha pasado el tiempo y el casco vuelve a estar en el clavo por la noche, y el sobre es el que ellos querían, el cinco y luego el cuatro, y el pan es el que había antes, y los niños han crecido diez días y luego todos los demás días, y yo cada mañana cojo el casco del clavo y me lo pongo y bajo, y la pregunta me la llevo abajo conmigo, a lo oscuro, donde no sirve de nada: aquel día en el portón, con el agua fría bajándome por la manga, ¿me lo volví a poner porque no tenía elección, o me lo volví a poner sin más, y me conté después que no tenía elección?
hecho: En Eswatini la Corte Industrial declara ilegal la huelga de los mineros de la Maloma Colliery, comenzada el 13 de julio contra un aumento del nueve por ciento en dos años, y ordena la vuelta al trabajo. (World Socialist Web Site, 23 de julio de 02026.)
mundo: En Pakistán las lluvias del monzón matan a más de cien personas desde finales de junio, con el Punyab oriental entre las zonas más golpeadas (Dawn). En Afganistán una crecida repentina arrasa Parun, en Nuristán: al menos veintitrés muertos y un centenar de desaparecidos (ANSA). En el mar Rojo los rebeldes hutíes alcanzan dos petroleros saudíes con misiles y drones (ANSA).
Variantes: 5.
Reticello · Pneuma I.
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