Carmen contaría luego a la AFP que lo primero que le vino a la mente, mientras el suelo se movía en la dirección equivocada, no fue el terremoto de 1900, del que su padre le había hablado como se habla de un cuento, ni el de 1967 que ella misma había sentido a los seis años, sino el modo en que la cama de su hermana, comprada en Maturín en 1988 y trasladada a Caracas en un camión que había tenido que detenerse tres veces por sobrecalentamiento, había sido colocada perpendicularmente a la ventana porque Aída decía que quería oír los gorriones sobre el alféizar, y los gorriones de Caracas no eran como los de Maturín, eran más rápidos y nerviosos, escogían una cornisa a la vez, abandonaban un barrio si durante dos semanas el sol golpeaba demasiado, y cuando Aída, seis años antes, se había visto obligada a guardar cama a causa de una caída que le había roto en dos puntos la cadera derecha, la cama había sido desplazada así, contra la pared sur, porque ella había dicho, con la voz que después de las inyecciones se había vuelto otra voz, que al menos por la mañana oiría llegar a alguien; y ahora en cambio llegaba algo que no era nadie, una carrera de agua dentro de la tierra, y Carmen comprendió, mientras el vaso de agua sobre la mesilla se deslizaba hacia el borde sin derramarse, que su hermana no podría caminar, que las ruedecitas de la cama podrían, en teoría, correr hasta la puerta, y que la puerta de la habitación de al lado había sido, desde 1991, elegida como la más segura de la casa por razones que no tenían nada que ver con los terremotos —era la puerta que daba al pasillo por donde no pasaban las tuberías del gas— y esta coincidencia, la de un saber madurado por otros miedos que ahora se revelaba útil para este, le dio la sensación, durada quizá medio segundo, de estar en un punto preciso del universo desde el cual cada cosa tenía sentido, y luego comenzó la segunda sacudida, y Carmen ya no estaba en aquel punto.
Aída dijo desde la cama: vete, Carmen, vete.
La frase llegó de un modo extraño, porque Aída no había alzado la voz, y todo el resto de la casa la estaba alzando: el armario en la habitación de Carmen que zumbaba como un avispero, los vidrios de la cocina que golpeaban contra el marco como pájaros, el vaso de agua, que ahora caía, y algo en la sala que caía junto con el vaso pero con un golpe más profundo, una librería quizá, una de esas que el marido de Carmen, muerto en 2019, había construido con sus propias manos en una semana de vacaciones, escogiendo las baldas una por una en el depósito de La Yaguara porque no quería, decía, las baldas ya hechas que se combaban al cabo de dos años. Aída repitió: vete.
Carmen no se fue. Soltó el freno de la primera ruedecita de la cama, luego el de la segunda, y de pie junto a la cama, con el hombro contra el cabecero, empezó a empujar hacia la puerta. Tres metros. Le parecieron el fondo de un río. Aída dijo, mientras Carmen empujaba: ¿y los gorriones? Carmen respondió: los gorriones se fueron antes. Lo dijo porque era verdad —ya no los oía— pero también porque había leído en alguna parte, quizá en un folleto del Funvisis repartido en una cola para el pan en 2003, quizá en un cuadernillo de su médico que hablaba de los comportamientos del cuerpo humano, que los animales sienten las sacudidas antes y que hay que fiarse de ellos. Carmen nunca se había fiado de los gorriones. Ahora se fiaba porque Aída se lo había pedido, y porque era más fácil que decir otra cosa.
La cama atravesó la puerta. Carmen hizo pasar la cabeza de Aída en último lugar, porque el dintel de la entrada era bajo. En la habitación de al lado, la que daba al pasillo sin tuberías del gas, Carmen se sentó en el suelo junto a la cama y sostuvo con la mano la ruedecita de la izquierda, que le recordó, mientras la sostenía, cuando el marido de Aída, muerto en 1994, le había enseñado a montar las ruedas de una bicicleta. Él era mecánico, y decía que las ruedas de las camas de hospital estaban mal hechas, que eran demasiado estrechas, que no aguantarían nada. Tenía razón. Una de las ruedecitas, ahora que Carmen la retenía, vibraba como si quisiera desprenderse. Carmen la sujetó más fuerte. Aída cerró los ojos y dijo: espera, y Carmen esperó.
Cuando la segunda sacudida terminó, Aída seguía viva. Carmen no se levantó enseguida. Se quedó sentada en el suelo, con la mano sobre la ruedecita, y empezó a contar los nietos que dormían fuera de Caracas y que dentro de pocas horas sabrían. Eran cinco, en tres ciudades distintas. La primera en llamar sería Luz María, que en Valencia trabajaba como telefonista. Carmen contó hasta cuántos minutos tardaría la llamada y se dio cuenta, mientras contaba, de que la luz seguía encendida, de que el cuadro eléctrico había aguantado, y de que la lámpara de la cama de Aída proyectaba sobre la pared una sombra que ella nunca había visto en aquella habitación, la habitación que desde 1991 había sido la más segura de la casa. La sombra se parecía a algo que Carmen no lograba nombrar. Le pareció que se parecía al modo en que, de niña, su madre le peinaba el cabello antes de mandarla a dormir.
hecho: El veinticuatro de junio de dos mil veintiséis dos terremotos consecutivos de magnitud siete coma dos y siete coma cinco, con epicentro en el Estado de Yaracuy, golpearon Caracas y La Guaira, en Venezuela: ciento ochenta y ocho muertos, mil quinientos veinte heridos y ciento cincuenta y siete desaparecidos al veinticinco de junio. El testimonio de Carmen Guedez, sesenta y nueve años, recogido por la AFP en Caracas. (AFP, CNN, NPR, Al Jazeera)
mundo: En Libia un tribunal condena a siete años y cuatro meses al jefe de un centro de detención por las torturas infligidas a los detenidos, y Amnistía Internacional revela que un periodista de Burkina Faso, desaparecido hace dos años, se encuentra en detención privada bajo tortura (Amnistía Internacional). En Filipinas el tifón Mekkhala alcanza la categoría cuatro el veintidós de junio, el más intenso del mes en doce años (AHA Centre, PAGASA).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma I.
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