un relato al día, para siempre

Alargar

La casa era mía y de los hombres que dormían en ella, y los hombres cambiaban, y en doce años habían pasado tantos que había dejado de contarlos, y lo que seguía igual eran las seis habitaciones del piso de arriba y la cocina del piso de abajo, y la escalera delantera, y la escalera de hierro de atrás que daba al callejón. Los hombres trabajaban. Salían temprano y volvían cansados, y a veces pasaban días sin que les viera la cara, pero los zapatos sí, los zapatos los dejaban en el rellano, y yo a los hombres los conocía por los zapatos más que por las caras, y por la noche sabía quién había vuelto mirando el rellano. Tomás llevaba conmigo nueve años. Era el que llevaba más tiempo, y me arreglaba el grifo y el gozne y la persiana cuando bajaba mal, y su chaqueta de trabajo estaba colgada en el perchero de la entrada, abajo, donde él la dejaba al entrar, y donde yo la veía cada vez que subía o bajaba las escaleras.

Aquella mañana era una mañana como las demás, y eso es lo que no consigo quitarme, que fuera una mañana como las demás. Había encendido la radio de la cocina, bajita, como hago siempre, porque la casa cuando está vacía y callada no me gusta, y arriba los hombres desayunaban antes del turno, y se oía el agua en las cañerías y una silla que se movía y los pasos, y en el rellano estaban los zapatos de los que todavía no habían salido, y yo los contaba con los ojos sin darme cuenta siquiera, porque llevaba doce años haciéndolo. Entonces llamaron a la puerta.

No llaman como llama alguien que busca una habitación. Llaman de otra manera, y esa manera la reconoces la primera vez que la oyes, aunque nunca la hayas oído. Fui a la puerta, y en el pasillo pasé junto al perchero con la chaqueta de Tomás colgada abajo, como todas las mañanas, y abrí la puerta lo justo, y en el umbral había dos hombres, y uno sostenía un papel, y el papel era una lista de nombres, y me lo acercó para que lo leyera, y me preguntó qué habitaciones estaban ocupadas y por quién. Yo llevo una vida entera sin meterme en lo que no me llaman. Es lo que mejor sé hacer. Durante doce años había alquilado habitaciones a hombres de quienes no preguntaba nada, y no saber era mi oficio, y era cómodo, y era también una forma de respetarlos.

Y entonces hice lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer, que es hablar. Empecé a hablar. Dije que la casa era vieja, que la había tomado en dos mil trece, que las habitaciones eran seis pero que una tenía humedad y no la alquilaba, y que el señor al que esa habitación se la había alquilado antes había dejado una deuda de dos meses, y conté lo de la deuda, las cifras, todo, y pregunté si ellos por casualidad sabían cómo se hace para recuperar una deuda así, y mientras tanto sujetaba la puerta con la mano, ni abierta ni cerrada, y la chaqueta de Tomás estaba ahí a un paso de mí, abajo a la derecha, y yo hablaba, y rehacía las frases desde el principio como hago cuando estoy en apuros, y el apuro aquella mañana no tuve que inventármelo. Hablaba para ellos dos, en el umbral. Pero hablaba también para los de arriba. Porque arriba, lo sabía, estaba la escalera de hierro de atrás, y una voz en una casa vieja atraviesa las paredes, y si yo hablaba bastante alto y bastante rato, los de arriba entenderían una sola cosa: que en la puerta había alguien, y que no era el momento de los zapatos en el rellano. No mentí. No dije ningún nombre falso. Solo estiré, y estirar no es mentir, y me lo repetí mientras estiraba.

Cuando los hice pasar, arriba ya era otra cosa. Subieron, abrieron las habitaciones una por una, y las habitaciones estaban casi todas vacías, con las camas todavía calientes, y una ventana de atrás abierta, y la escalera de hierro que al tocarla todavía temblaba un poco. En el rellano no había zapatos. Los hombres se los habían llevado en la mano al bajar, para no hacer ruido, y eso, los hombres que bajan una escalera de hierro con los zapatos en la mano para no hacer ruido en mi casa, es algo que no se me va de la cabeza. Tomás había bajado con los otros. Alcancé a verlo desde la ventana de la cocina, al fondo del callejón, caminando rápido sin correr, porque correr, me había dicho una vez, es lo que hace que te noten.

Su chaqueta de trabajo se había quedado en el perchero de la entrada. Abajo. Donde él la dejaba. Sigue ahí todavía, y no la he movido, y cada mañana bajo las escaleras y la veo, abajo a la derecha, y cada mañana por un segundo es como si Tomás hubiera vuelto y estuviera a punto de arreglarme la persiana, y luego no, y la persiana sigue bajando mal, y yo la chaqueta no la muevo.

Estados Unidos. La administración acelera las deportaciones hacia el objetivo de un millón de expulsiones; las ciudades santuario son anunciadas como objetivo de nuevas redadas del ICE. Las deportaciones de salvadoreños en el primer trimestre de 02026 aumentan un noventa y siete por ciento. Infobae, El Salvador, La Nación, mayo 02026.
Reticello · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En Estados Unidos la administración acelera las deportaciones hacia el objetivo de un millón de expulsiones y anuncia redadas reforzadas en las ciudades santuario. En el primer trimestre del año las deportaciones de salvadoreños aumentan un noventa y siete por ciento. (Infobae, La Nación, mayo 02026.)

mundo: En Colombia nueve mineros mueren en una explosión de gas a seiscientos metros de profundidad. En Karachi el calor alcanza los cuarenta y cuatro grados y la ola sobre Asia meridional causa unos noventa muertos. En China explota un almacén de fuegos artificiales, treinta y siete obreros muertos. En Bolivia decenas de bloqueos de carreteras hambrean La Paz, abastecida con aviones.

Variantes: 5.

Reticello · Pneuma I.

Everyday Endless es un organismo narrativo. Cada día se alimenta de las presiones del mundo real y las transforma en relato. Lo que el hecho llega a ser depende del día: el dispositivo cambia de forma, el material cambia de voz, la distancia de lo real cambia de profundidad.

El autor ha escrito el dispositivo. El dispositivo compone el relato. El mecanismo es declarado y visible.

Las colecciones se componen relato a relato.

El proyecto
Fascicoli
Cada veinticinco relatos el dispositivo cierra un Fascicolo. El Fascicolo recoge los textos en el orden en que fueron compuestos, con sus colophon, sus voces, sus fechas. Es el diario de un período: veinticinco días de mundo atravesados por la máquina. Los Fascicoli están numerados con cifras romanas y disponibles gratuitamente en formato digital.
Tema
claro oscuro
Idioma
Español
Páginas
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