un relato al día, para siempre

El bajío de Upuas

El cuerpo llegó al bajío de Upuas en la noche del jueves al viernes, y fue el viejo Kaut quien lo encontró primero, él que en Upuas es el que se despierta antes que todos porque duerme poco desde que se le murió la mujer, y que aquella noche había bajado a la orilla no por el cuerpo, del que no sabía nada, sino para revisar la piragua, que con la marea de sicigia arranca las amarras; y encontró en cambio, encallada contra el coral a unos cuarenta pasos de la orilla, donde el agua a esa hora llega a la cintura, la silueta clara de un hombre joven, boca abajo, con una camisa de flores que en Upuas nadie lleva, porque esas camisas, me dijo luego Kaut cuando le pedí que me lo contara, se llevan al otro lado, hacia Kokopo, en Nueva Bretaña Oriental, que está a más de trescientos kilómetros de mar abierto y de corrientes de estas islas Tigak, donde Upuas es un punto que en las cartas de Nueva Irlanda a veces ni siquiera está.

El hombre venía de lejos. Venía, sin que Kaut pudiera saberlo aquella noche, de dos piraguas que el sábado anterior habían partido de la isla de Pangpang, en las Duke of York, cargadas con veintisiete personas, entre ellas catorce adultos y once niños, casi todos del personal de la autoridad sanitaria de la provincia y de sus familias, que volvían a Kokopo tras una misión en las islas; y una de las dos piraguas, según lo que la policía de Nueva Irlanda contó luego a la prensa, había levantado la popa sobre una ola repentina y había volcado, y la segunda, que se había acercado para recoger a los náufragos, había volcado a su vez bajo el peso de quienes intentaban subir; de modo que el mar, que aquella semana devolvía ocho cuerpos y guardaba diecinueve, once de ellos niños, había mandado uno de los suyos, a lo largo de cuatro días y trescientos kilómetros de corriente, hasta el coral de Kaut, un hombre al que en Upuas nadie esperaba.

Kaut no conocía a aquel hombre. No era de Upuas, no era de las Tigak, no era un pariente, no era un deudor ni un acreedor, no tenía con él ninguno de los vínculos que en Upuas dicen quién debe velar a quién, y a decir verdad, me dijo, habría podido incluso limitarse a marcar el punto, dar la posición a la policía por radio y volverse a dormir hasta el día siguiente, que es lo que la razón habría aconsejado a un viejo con la rodilla enferma y con el mar grueso. Y sin embargo entró en el agua. Entró de noche, a los setenta y dos años, y tiró por las axilas de un hombre joven lleno de agua, que pesa más que un hombre seco y más que una barca, y lo arrastró a la orilla paso a paso, deteniéndose tres veces a tomar aliento, y lo depositó sobre la arena seca más allá de la línea de la marea, y mandó al nieto a llamar al catequista y a decir a la policía que en Upuas había un cuerpo. Y la policía respondió que con aquel mar la barca llegaría solo al día siguiente.

Quedaba la noche. Y de noche, en Upuas, a un cuerpo no se lo deja solo, no porque lo diga una ley, sino porque dejarlo solo, me dijo Kaut posando la taza, sería como decirle al mar que aquel hombre no era de nadie; y esa cosa el mar no debe oírsela decir, el mar la sabe ya de sobra. Así que Kaut se sentó junto al desconocido y le cubrió el rostro con un paño, porque el rostro de un muerto ha de cubrirse, y encendió una lámpara de queroseno y la mantuvo encendida; y vinieron también los demás, por turnos, como se hace: las mujeres trajeron las esteras de pandano y una palangana de agua dulce, los muchachos mantuvieron lejos a los perros, el catequista dijo las oraciones que se dicen, y durante toda la noche se turnaron junto a un hombre del que sabían la provincia, Nueva Bretaña Oriental, pero no el nombre; y quizá, esa misma noche, en Kokopo, en una casa con la luz encendida, una mujer velaba un lugar vacío por él, sin saber que a trescientos kilómetros de mar alguien le mantenía encendida una lámpara en su lugar.

Al alba la marea se retiró y descubrió el coral, y el bajío de Upuas reapareció largo y gris bajo un cielo sin viento, con las pozas quietas que devolvían la claridad; y al fondo, hacia el sureste, más allá de veinte kilómetros de agua plana, se adivinaba el perfil bajo de las islas de las que las dos piraguas habían partido cargadas de niños, y de las que, aquella semana, otras lámparas quedarían encendidas por quienes el mar no había devuelto; y sobre la arena, más allá de la línea de la marea, el paño cubría todavía el rostro del desconocido, inmóvil, mientras la lámpara de Kaut, que había quemado queroseno toda la noche junto a aquel rostro, a la plena luz del día ya no se veía, aunque seguía encendida.

Upuas, islas Tigak, provincia de Nueva Irlanda, Papúa Nueva Guinea. Dos piraguas partidas de Pangpang, en las Duke of York, vuelcan el 18 de julio de 02026 con 27 personas a bordo, entre ellas 11 niños: 8 muertos confirmados, 19 desaparecidos. Los cuerpos afloran sobre los corales (RNZ; Xinhua).
Calcedonio · II
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: frente a Nueva Bretaña Oriental, en Papúa Nueva Guinea, dos piraguas partidas de Pangpang vuelcan con veintisiete personas a bordo, entre ellas once niños. Ocho muertos confirmados, diecinueve desaparecidos; los cuerpos afloran sobre los corales de las islas Tigak. (RNZ; Xinhua, julio de 02026.)

mundo: En la India, en Sikkim, los rescatistas recuperan los últimos cuerpos y cierran la búsqueda en el derrumbe de un túnel hidroeléctrico cerca de Gangtok, veinticinco obreros muertos (Associated Press). En Vietnam un autobús se incendia en la noche en la carretera de Lam Dong hacia Ciudad Ho Chi Minh y siete pasajeros quedan atrapados entre las llamas (US News). En Assam las crecidas del monzón matan a decenas de personas y arrastran a más de seiscientas mil (Al Jazeera).

Variantes: 5.

Calcedonio · Pneuma II.

Índice

123 relatos

Páginas
El proyecto Catálogo