Anima Gogoi metió en el hatillo la manta y no el título de la tierra, y lo decidió sobre el dique del Dikhow hacia las cuatro de la tarde del veintitrés de julio, mientras el agua del Brahmaputra, que a Sivasagar llega siempre de través porque el gran río henchido empuja hacia atrás a sus afluentes y los obliga a remontar, ya había tomado el patio, el gallinero y los primeros dos escalones de la casa; y me lo contó después, en un catre del campo de Nazira, con la calma de quien ya ha hecho el balance de lo que queda, que no es mucho: la manta, una olla de aluminio, el saco de arroz sostenido en alto sobre la cabeza, los certificados de escuela de los hijos en un sobre de plástico, y la vaca, que está viva porque la vaca sabe nadar y una hoja de tierra no.
El título lo dejó en la caja de hojalata.
La caja, me dijo cuando le pregunté por qué precisamente aquella se había quedado atrás, era una vieja caja de galletas inglesas, de cuando ella era niña y las galletas llegaban todavía a los bungalós de los tea garden donde su padre hacía de chowkidar, el guardián nocturno; y dentro estaba el patta, el documento del arrozal, cuatro bigha y medio a nombre de su abuelo en mil novecientos sesenta y seis, que es el año en que el Brahmaputra cambió de curso, se comió el pueblo viejo y empujó a la gente más arriba, donde el pueblo ha estado hasta ayer, y que es también, por una coincidencia que a ella no le parece una coincidencia, la única otra vez en que el agua subió así, hace sesenta años, cuando ella tenía seis años y se la llevaron sobre los hombros de su abuelo, el mismo abuelo del patta.
El agua subía un dedo cada diez minutos, me dijo, y esto ella lo sabía porque había clavado un palo en el escalón y lo miraba; y en cierto momento ya no servía el palo, porque el agua se había tragado el escalón, el palo y el huerto, y se veía solo el techo de chapa del gallinero que flotaba torcido, y más allá, hacia el centro del viejo Sivasagar, los muchos pukhuri, las grandes balsas excavadas por los reyes Ahom hace trescientos años, que con la crecida ya no eran balsas sino partes de un mismo único río, el Joysagar y el arrozal y el camino todos la misma agua marrón.
Fue entonces cuando soltó la vaca.
La vaca suelta fue sola hacia el dique, que es lo que hacen las bestias, buscar lo alto, mientras Anima se quedaba en el umbral con el hatillo todavía abierto y la caja de hojalata en la mano y debía decidir, porque el hatillo lo llevaba sobre la cabeza y en el hatillo cabía una cosa y una sola de las dos que tenía en la mano: la manta o la caja.
Y eligió la manta.
La eligió, me explicó con la paciencia de quien explica algo obvio a un hombre de ciudad, porque la manta sirve de noche en el campo, donde los hijos y los nietos habrían tenido frío sobre el dique mojado, mientras el título sirve para probar una tierra que ahora está bajo tres metros de agua y que el río, de todos modos, se retomará o devolverá según una ley suya, no según el papel; y porque la tierra, dijo, la tierra sabe ella dónde está incluso sin el papel, la sabe con los pies, los cuatro bigha y medio detrás del tamarindo, y si el río se la deja vuelve a ella, y si no se la deja no hay patta que valga.
El hijo mayor no estaba con ella: desde hace tres años trabaja en las obras de Guwahati, ocho horas de autobús cuando hay camino, y aquella tarde no había camino y el teléfono tomaba a ratos; así que Anima le mandó un solo mensaje de voz, de trece segundos, en el que no dijo ven sino dijo la vaca está en el dique, que en la lengua de la familia, me hizo entender, quería decir estamos vivos, y él respondió dos horas después con la misma economía, la palabra aai, mamá, y nada más, porque en ciertas familias el pudor crece como crece el arroz, en fila, y no se nombra lo que se puede mostrar.
Posó la caja de hojalata sobre el escalón más alto que quedaba fuera, con cuidado, como se posa una cosa que se espera volver a encontrar; luego se puso el hatillo sobre la cabeza, tomó de la mano al nieto más pequeño y bajó al agua hasta la cintura, hacia el dique donde la vaca esperaba.
La caja, cuando ella se volvió una última vez, todavía estaba allí, un cuadrado que relucía sobre el gris, hasta que la casa no fue también ella solo agua.
En el campo de Nazira, tres días después, me dijo que no pensaba en la caja. Pensaba en el Rang Ghar, el anfiteatro de los Ahom, el gran pabellón de ladrillos sobre la altura donde los reyes miraban las luchas de los elefantes, que está allí desde hace tres siglos sobre la llanura y que también esta vez, me dijo, el agua no ha tocado, porque los viejos sabían dónde construir las cosas que deben quedar, y no era el papel.
hecho: En Assam, en el nordeste de la India, las peores inundaciones en sesenta años sumergen más de seiscientos pueblos entre Sivasagar, Charaideo y Jorhat: una cincuentena de muertos y cerca de setecientos mil desplazados tras un aguacero río arriba del Brahmaputra. (TimesLive, 24 de julio de 02026)
mundo: En el Congo la epidemia de Ébola en el este supera los mil muertos y los dos mil casos confirmados, la más rápida jamás registrada (Al Jazeera). En Rumanía médicos y enfermeros cruzan los brazos durante dos horas en centenares de hospitales contra la ley de salarios y el bloqueo de las contrataciones (World Socialist Web Site). En Colombia la familia de un pescador muerto en un ataque estadounidense lleva el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CBS News).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma II.
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