Los amuletos de fayenza se colocaban entre las vendas a la altura del corazón, y servían para responder por el muerto cuando al muerto se le hiciera una pregunta a la que no podía responder por sí solo, función que los catálogos llaman sustitutiva y que Howard Pell, de Pasadena, había explicado durante cuarenta años a quien entraba en el cuarto de atrás, explicándola siempre del mismo modo, con la lupa en la mano, la lupa en un estuche de fieltro verde que había sido de unos prismáticos, y los prismáticos ya no están. El cuarto de atrás da a un patio que linda con el arroyo, por donde en verano no pasa agua desde abril, y el cuarto tiene tres estantes de madera clara, veintidós cajones bajos, y bajo la ventana una caja de vino con los clavos rehechos, que es la caja en la que llegaron los objetos y que nadie tiró nunca porque en esta casa las cosas en las que ha llegado una cosa se guardan.
Howard Pell tiene setenta y ocho años y lee de pie desde siempre, apoyando el libro en el estante, y ese, contó después, es el motivo por el que en ese cuarto no hay un sillón, aunque su hija le haya regalado uno, que está en el garaje.
La noticia le había llegado tres semanas antes por un boletín del gremio que le sigue viniendo por correo, cuatro páginas, papel fino, y decía que un comerciante de antigüedades con tienda en Los Ángeles entre los años sesenta y los ochenta había muerto en Arizona en dos mil diecinueve, y daba una línea de biografía y ninguna fotografía. Aquel comerciante era el hombre que le llevaba las cosas a su padre en una caja de vino, un hombre de manos grandes y puños siempre abrochados, que a Howard Pell muchacho le había enseñado a sostener los objetos por abajo y nunca por el borde. Es lo único verdadero que le dejó, junto con cuarenta y ocho piezas, un recibo, y la costumbre de mirar la fayenza a contraluz para ver si el verde tira a azul, que en las falsas no tira.
El recibo es de marzo de mil novecientos setenta y cuatro. Está a nombre de su padre, lleva el sello de una tienda de South Lake Avenue que cerró en mil novecientos ochenta y seis, enumera las piezas por grupos y no por número, y no nombra ningún país; dice que los objetos son suyos y no dice de dónde vienen, que son dos cosas distintas, y que en esta casa, durante cincuenta años, han sido la misma cosa.
La hija había llegado a las cinco, había dejado el bolso sobre la mesa de la cocina, y desde allí, sin entrar en el cuarto de atrás, le había dicho lo que le decía desde hacía tres semanas, es decir que nadie lo estaba buscando, que el vendedor había muerto, que el recibo estaba en regla, y que si llamaba no devolvería solamente cuarenta y ocho objetos sino que entregaría el nombre de su abuelo a un expediente que después ya no se cierra. En el último punto tenía razón, porque los expedientes de ese tipo permanecen abiertos para identificar a los demás, y está escrito en los comunicados.
Howard Pell había abierto la caja a las cinco y veinte.
A las seis menos cuarto Howard Pell se quitó el reloj, lo dejó en el alféizar, y metió el brazo en la caja hasta el hombro, porque la paja de embalar es ligera en la superficie y compacta en el fondo, donde cincuenta años de peso la han reducido a una especie de fieltro, y donde al tocarla no hace el crujido que hace arriba, hace un sonido más corto, un sonido de tela. Y fue buscando con los dedos el ángulo interior de la tapa, donde las cajas de vino llevan la marca del productor y donde a veces llevan también otra cosa, cuando encontró la etiqueta, pegada, amarillenta, ancha como media mano, con la leyenda de un envío entrado por el puerto de Long Beach y una fecha que era noviembre de mil novecientos setenta y cuatro, es decir cuatro meses antes del recibo que estaba en el cajón del escritorio y que durante cincuenta años había sido el único documento de la casa.
Cuatro meses son una distancia que en una colección no significa nada y en un expediente lo significa todo.
Salió al pasillo con la etiqueta en la mano y con la paja todavía en la manga, y en el pasillo está el teléfono fijo, un aparato gris que su mujer había querido allí porque decía que el pasillo es el único sitio donde no se habla cómodo; y bajo el teléfono estaba la ficha que él había escrito tres semanas antes y puesto debajo de un amuleto de fayenza verde de cuatro centímetros de alto, y en la ficha había un número de Wilshire Boulevard copiado de un artículo.
Marcó el número.
Respondió una mujer que dijo un nombre y una oficina, y lo primero que le preguntó fue el suyo, el nombre, y lo segundo cuántas piezas; y Howard Pell dijo cuarenta y ocho, y lo dijo sin contar, porque las había fichado todas a mano y las fichas estaban debajo de los objetos y no encima, y un hombre que ha escrito cuarenta y ocho fichas el número lo sabe como sabe su propia dirección.
La mujer se lo hizo repetir, y luego preguntó la época, y él empezó por la fayenza y por el período tardío y por los talleres de Saqqara, y la mujer lo dejó hablar un minuto entero antes de devolverlo a la ficha, que era un formulario de declaración voluntaria, dijo, y que es la definición que por teléfono le dieron de lo que estaba haciendo.
Desde la cocina, a través de la puerta abierta, la hija había dejado de mover las cosas en el fregadero.
Luego la mujer le hizo una pregunta que él no se había preparado, y no era la que se había preparado, que era de dónde vienen, y tampoco era la que había temido, que era cuánto pagó por ellos. Era una pregunta que tenía que ver con la casa y no con la caja, y con las personas y no con la fayenza, y que en los cuarenta años del cuarto de atrás nadie le había hecho nunca.
Señor Pell, quién más lo sabía.
hecho: El FBI devuelve a Egipto 48 piezas —figuras talladas, amuletos y ajuar funerario— entregadas espontáneamente por su último poseedor, un coleccionista que había investigado su procedencia; el Art Crime Team comprueba que las había exportado un traficante hoy fallecido, y el caso sigue abierto. (FBI Los Ángeles, 21 de agosto de 02026.)
mundo: El veintiséis de agosto una avalancha de hielo y roca cierra un afluente del Bhotekoshi y la crecida arrasa los pueblos de Rasuwa y Nuwakot, en Nepal: noventa y cinco muertos y cientos de desaparecidos (Kathmandu Post). El veinticuatro, ataques israelíes alcanzan en Gaza una planta desalinizadora, una mezquita y las tiendas de los desplazados, y matan a siete personas (Al Jazeera). En Colombia el presidente Abelardo de la Espriella ordena redadas y anuncia la deportación de los migrantes irregulares (Washington Post).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma II.
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