La noche de la cena Rajeswari Muniandy volvió a Sungkai pasadas las once con el papel dentro de una bolsa de plástico dentro de una segunda bolsa de plástico, y no lo abrió enseguida, porque primero encendió la veranda y se quitó los zapatos y puso a hervir el agua, y sólo después lo dejó sobre la mesa bajo la bombilla, y lo primero que vio no fue su propio nombre, que estaba arriba, sino los números de abajo a la derecha, que son las medidas de la parcela, en metros y centímetros y no en pasos.
En pasos Rajeswari lo sabe todo. La parcela la ha atravesado durante cuarenta y dos años, de la veranda al pozo, del pozo a la hilera, de la hilera al muro de cerca que no es un muro sino una fila de piedras de dos manos de alto; y la medida ha sido ésa, y nadie la ha discutido porque nadie tenía derecho a hacerlo.
Los cuatro postes estaban detrás, cortados por el hijo dos Deepavali antes de marcharse, en cengal, que aquí se usa para las cosas que se quedan fuera. En la radio, al día siguiente, dijeron que llovería a partir del fin de semana.
La cena se había celebrado en una nave a las afueras de Sungkai, mesas redondas de diez y más de mil doscientas plazas, y los nombres de las ciento veinte familias los leyó desde el escenario el ministro de vivienda y administración local, que entregó los títulos en mano; y quienes estuvieron allí cuentan que la lectura duró mucho porque muchos nombres hay que leerlos enteros, con el nombre del padre, y que a mitad de la lista una parte de la sala había vuelto a comer, y que eso no le quitó nada a nadie, porque lo que contaba era el sobre y el sobre lo daban en el escenario.
De la lista hay que decir que era una lista, es decir, que tenía un dentro y un fuera. Dentro, ciento veinte familias de Sungkai y Kuala Bikam, en tierra del Estado desde hacía más de cuarenta años. Fuera, entre otras, Che Minah, setenta y un años, cuya solicitud figuraba a nombre del marido muerto en dos mil seis, y que según la oficina había que rehacer, y que nadie rehízo, y que ahora ya no se rehará porque aquella ronda está cerrada.
La tierra entre las dos casas no había sido nunca de ninguna de las dos, y las dos casas lo sabían. Rajeswari había puesto allí el pozo en mil novecientos noventa y dos. Che Minah había plantado allí la mandioca hace veinte años, y con la mandioca la morera, y con la morera dos papayos y un limonero que nunca ha dado limones; y cada año la mandioca había llegado un poco más adelante, porque no es una planta que pida permiso.
El catastro mide desde el poste de la carretera, porque la carretera es lo único que en el distrito no se ha movido, y ya lo hacía la oficina colonial y ha seguido haciéndolo la oficina del estado de Perak; y desde el poste de la carretera, contando los metros del papel, el linde de la parcela de Rajeswari cae tres pasos dentro de la hilera, es decir, dentro de las tres primeras filas, es decir, dentro de la parte que Che Minah recoge al final de la temporada.
Esto lo vio Rajeswari a la mañana siguiente, midiendo con los pies y luego con la cuerda del pozo, y lo repitió tres veces porque la primera le pareció haber contado mal, y no había contado mal; y los postes de cengal, detrás, habían tomado el gris que toma el cengal cuando está fuera sin estar clavado.
Rajeswari cogió el tercer poste, el que el hijo había cortado más corto porque la madera se había rajado arriba, y lo llevó dentro de la hilera pasando entre dos filas de mandioca sin tocar las hojas, como se pasa por casa ajena cuando uno todavía está convencido de estar en la propia; y Che Minah, tres metros más adelante, con el cesto en la cadera y la mano dentro de una planta, no se volvió ni paró, y siguió arrancando los tubérculos con ese gesto que en Sungkai las mujeres enseñan a las niñas y que ninguna ha visto escrito en ninguna parte, mientras a dos pasos de su espalda la punta del poste bajaba sobre la tierra apisonada y se apoyaba allí, en el punto que el catastro había establecido midiendo desde el poste de la carretera.
« Aquí. »
Lo dijo en voz baja, una sola vez, y no a Che Minah, que era la única persona en cien metros a la redonda, y tampoco a sí misma.
Luego levantó la maza y dio tres golpes.
Che Minah terminó la fila que había empezado, después recogió también los tubérculos de las tres filas de dentro de los tres pasos, todos, incluso los pequeños que suelen dejarse otra temporada, y llenó el cesto dos veces, y la segunda tardó más que la primera; y el miércoles siguiente no pasó a recoger a Rajeswari para la clínica de Kuala Bikam, adonde iban juntas desde dos mil veintiuno con la moto del sobrino, que las llevaba a las dos y esperaba fuera con el motor apagado.
El cuarto poste se quedó apoyado en el muro de detrás, porque la cuarta esquina linda con la carretera de Sungkai y la carretera no discute; y en el revoque, detrás del poste, se ha formado con los años una raya de óxido de metro y medio, que viene de los clavos que el hijo clavó antes de marcharse a Kuala Lumpur, y que cuando llueve fuerte baja hasta el rodapié, cosa que a Rajeswari, dijo después, nunca le ha disgustado.
Aquel miércoles Rajeswari esperó en la veranda hasta las nueve y cuarto con la carpeta de las recetas en la mano, luego entró; y antes de guardar las recetas cogió de la mesa el papel del título, que se había quedado fuera desde la noche anterior, y lo dobló por el doblez que ya tenía, y lo metió de nuevo en la bolsa de plástico, y la bolsa de plástico dentro de la segunda bolsa de plástico, y la segunda bolsa en la caja de galletas encima del armario, donde están los recibos de la luz y las fotografías y el permiso de la moto vendida en dos mil diecinueve, es decir, donde siempre ha puesto lo que valía, y la diferencia es que ahora vale.
hecho: El nueve de agosto, en Sungkai y Kuala Bikam, en el estado de Perak, ciento veinte familias que llevaban más de cuarenta años en tierra del Estado reciben los títulos de propiedad, entregados en mano por el ministro de vivienda en una cena con más de mil doscientos asistentes. (Free Malaysia Today, 9 de agosto de 02026.)
mundo: En Sri Lanka los desprendimientos en el altiplano del té matan a siete personas y obligan a evacuar a casi tres mil quinientas, y las escuelas siguen cerradas (Al Jazeera). En Barcelona mil ciento setenta y nueve trabajadores de asistencia en tierra del aeropuerto de El Prat entran en huelga indefinida (Aviación Digital). En Accra el Tribunal de Apelación absuelve al antiguo dirigente del MASLOC y anula diez años de condena, y la marcha desfila desde el Tribunal Supremo hasta el Parlamento (Citinewsroom).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma I.
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