Olga había vuelto del depósito de cadáveres de Maputo a las cinco de la tarde. Había dejado al cuñado en un ataúd de madera clara y firmado dos hojas para la entrega del cuerpo a Inhambane. La bandeja del amba la había enjuagado bajo el grifo, porque en el depósito se la habían dado para enjuagarse las manos y ella la había llevado a casa por costumbre.
En casa estaban las cosas del marido.
El marido estaba todavía en Sudáfrica, en Mossel Bay, en la granja de Vleesbaai donde hacía de jardinero desde hacía catorce años. El marido estaba todavía vivo. El marido no sabía que su hermano — el cuñado de ella — había sido quemado vivo dentro de la chabola de chapa, una noche de sábado, cuando los extranjeros habían hecho sus rondas. El marido no sabía que ella ya había vuelto a Maputo con el cuerpo. El marido no sabía nada.
Eran las cinco de la tarde.
Olga había cogido del cuarto las gafas del marido, porque él las había olvidado en casa la última vez que había venido, en Pascua. Las había puesto sobre la mesa de la cocina, con la patilla hacia ella. Luego había cogido la cartera vieja, la que él ya no llevaba pero guardaba al fondo del cajón, y la había puesto junto a las gafas, a la distancia justa. Luego los zapatos de trabajo, los que él usaba en la obra antes de pasar al jardín, y los había puesto debajo de la mesa, alineados. Luego la fotografía del hijo con el diploma de sexto curso.
Cuatro cosas. Las había mirado.
Olga, desde que se había casado, alineaba las cosas. Su padre era pescador en Inhambane y decía que cuando la mar está gruesa se alinean las redes, se alinean las boyas, se alinean los peces por tamaño. Olga había aprendido en casa. Había seguido en la suya propia. Cuando el marido volvía por Pascua, ella alineaba su ropa en la silla, porque él tenía dos semanas y no debía pensar en ello.
Ahora él no estaba en casa. Él estaba en Mossel Bay. Él estaba en una chabola de la granja, con otros tres mozambiqueños, y el viernes por la noche habían ido los extranjeros con las botellas. A Vleesbaai no habían llegado. Habían llegado a Mossel Bay norte, a la chabola del cuñado. El cuñado la había llamado a las diez de la noche. Había dicho: Olga, quema todo. Había dicho: Olga, dile a mi hermano que el fuego ha llegado hasta el pozo. Luego había tosido dos veces, y después ya no.
Olga había llamado al marido a las diez y cuarto. El marido había dicho: voy. Ella había dicho: no vengas. El patrón no te paga la quincena si vienes ahora. Quédate. Termina el mes. Él había dicho: sí. Ella había salido a las once para Mossel Bay, con el autobús de las doce y media, y había llegado a las seis de la mañana siguiente. Había cogido el cuerpo del cuñado. Lo había llevado de vuelta a Maputo. Ahora estaba en casa, y las cosas del marido estaban sobre la mesa.
El teléfono sonó.
Olga se secó las manos en el paño. Miró las cosas del marido. Las gafas, la cartera, los zapatos debajo de la mesa, la fotografía del hijo. Pensó: si le digo que vuelva hoy, pierde el dinero del mes y pierde el puesto. Pensó: si no le digo nada, termina el mes y vuelve en julio. Pensó: si le digo que vuelva hoy, sabe que su hermano ha muerto quemado. Si le digo que termine el mes, lo sabe igual, porque en Mossel Bay hasta la tierra conoce las noticias.
El teléfono sonó otra vez.
Diga.
Olga.
Soy yo.
Lo sé.
…
Olga.
Dime.
Estaba a punto de llamarte.
Olga cerró los ojos. Sobre la mesa, las cosas del marido estaban a la distancia justa, en fila, como las boyas de su padre.
Dijo: vuelve.
El marido se quedó en silencio. Detrás de su voz, Olga oyó un ruido de motor de autobús que arranca. El marido dijo: sí. Esta noche cojo el de las nueve. Olga dijo: sí. Luego dijo: ¿el patrón? El marido dijo: no me paga, lo sé. Olga dijo: está bien. El marido dijo: Olga, ¿dónde lo has puesto? Olga dijo: en Inhambane. Mañana. El marido dijo: está bien.
Dejaron de hablar.
Olga colgó el auricular. Miró la mesa. Las cosas del marido estaban a la distancia justa. Pensó que dentro de doce horas él estaría allí, delante de aquellas cosas, y que las volvería a poner en su sitio en los cajones. Y que ella, entonces, podría dejar de alinear las cosas de los demás.
Vertió el agua en la bandeja del amba. Metió las manos dentro. El agua estaba tibia.
Fuera, sobre el mercado de Mafalala, empezó a oscurecer. Se sentó. Esperó.