Las manos estaban sobre la mesa, palmas hacia abajo, como las ponía cada mañana en la encimera de la cocina antes de decidir si aquel era un día en que las manos funcionarían o no, porque desde que Amala había dejado, y dejar no era la palabra exacta pero era la que usaba con su compañero, con la doctora, con cualquiera que le preguntase qué hacía ahora y ella respondía «he dejado» como si hubiera dejado de fumar, sin especificar que durante ocho horas al día desde el portátil de su habitación había mirado imágenes de violencia que una empresa le cargaba en la pantalla y había decidido cuáles eran lo bastante violentas para ser retiradas y cuáles no, desde que había dejado las manos se habían convertido en lo primero que verificar, cada mañana, la temperatura de los nudillos, la sensibilidad de las yemas, la capacidad de abrir y cerrar el puño sin que el gesto pareciese el gesto de otra persona; si las manos respondían el día podía empezar, si las manos no respondían, si había ese retraso entre la orden y la ejecución que la doctora llamaba «disociación somática» y que Amala llamaba el retraso, entonces el día empezaba igual pero desde un escalón más bajo, desde un punto en que cada objeto tocado requeriría un acto de «verificación» antes de ser realmente sentido, «soy yo quien toca la taza o es la taza la que es tocada», y la diferencia, para quien no lo ha experimentado, es inexistente, y para Amala era todo.
La «formación» había durado tres semanas, y en esas tres semanas Amala había aprendido las «categorías», catorce principales y cuarenta y dos subcategorías, cada una con un código alfanumérico, un color en la interfaz, una descripción en inglés que explicaba qué debía buscar, y dentro de las categorías había un vocabulario que nunca había sido el suyo, «contenido explícito», «contenido violento», «escalada», «señalización prioritaria», «material de nivel cuatro», palabras que se habían depositado en su cabeza como la cal se deposita en un tubo, capa tras capa, sin que nadie lo decidiese, hasta que el tubo ya no era el tubo sino la cal, y ahora, un año después, las «categorías» seguían ahí, dentro de la estructura con que Amala miraba el mundo, porque el problema no era lo que había visto, no eran las imágenes en sí, «oh si solo fuera eso», las ochocientas al día durante seis meses que sumaban ciento cuarenta y cuatro mil imágenes en total que una noche había calculado porque los números cuando los pones en columna se convierten en un hecho y no en un recuerdo y los hechos se soportan, el problema era que mirar las imágenes le había enseñado a «clasificar» ; clasificar se había convertido en el modo en que sus manos tocaban las cosas, el modo en que sus ojos leían un rostro, el modo en que su piel registraba el contacto antes de que el contacto se convirtiera en sensación, cada contacto pasado por el filtro de las catorce categorías como si el cuerpo hubiera instalado un «protocolo de verificación» entre el mundo y la percepción, «es seguro esto», «es apropiado esto», «entra en los parámetros esto», y el protocolo no se desinstalaba, la doctora decía que llevaría tiempo y le había recetado ejercicios que consistían en tocar superficies distintas, madera, tela, metal, agua, y decir en voz alta lo que sentía, pero Amala hacía los ejercicios y lo que sentía era la categoría antes de la superficie, como un subtítulo que aparece en la película antes de la escena; las manos que tocaban madera tocaban primero el código de la madera, las manos que tocaban tela buscaban primero en la taxonomía si la tela era «contenido» o «contexto», porque en la «formación» le habían enseñado la diferencia entre el contenido a clasificar y el contexto que rodea al contenido; la diferencia le había quedado en las manos como un reflejo que no responde a la voluntad sino al músculo.
Su compañero le tocó el hombro. La mano era cálida, Amala lo sabía como un hecho, lo sabía como sabía que el agua hierve a cien grados y que su contrato había vencido en agosto, pero entre el saber y el sentir estaba el retraso, ese segundo, quizá menos de un segundo, en que la mano sobre el hombro no era aún una mano sobre un hombro sino un «contacto» por «clasificar», y Amala sintió el músculo del trapecio contraerse, no por miedo, no por dolor: por «categorización», el cuerpo respondiendo a la mano como había respondido a una imagen en la pantalla, primero la categoría luego la sensación, primero el código luego el calor, y en ese segundo Amala supo, con la claridad fría de quien mira una radiografía y ve la sombra que no debería estar, que el daño no estaba en las ciento cuarenta y cuatro mil imágenes que había visto sino en el modo en que verlas le había enseñado a sentir, «cuánto aliento te queda», pensó, «cuánto aliento te queda si cada vez que alguien te toca lo primero que haces es decidir si el toque está permitido antes de sentirlo», y el compañero retiró la mano, no porque hubiera sentido la contracción del músculo, o quizá sí, sino porque el silencio de Amala al ser tocada se había convertido en una respuesta que el compañero había aprendido a leer sin preguntar, porque preguntar producía el vocabulario; el vocabulario producía las «categorías» y las categorías producían el retraso y el retraso producía un silencio mayor.
Amala se levantó. Fue a la cocina. Abrió el grifo y puso las manos bajo el agua. El agua estaba fría, más fría de lo que debería estar a esa hora del día, y las manos la sintieron con un retraso que esta vez fue más largo, tres segundos quizá cuatro, en que las manos estaban bajo el agua y el agua no estaba, en que las manos eran materia bajo un flujo que no las alcanzaba, y entonces el frío llegó, llegó de golpe como llega el sonido después del rayo; las manos respondieron. Amala las mantuvo ahí, bajo el chorro, sin moverlas, esperando que el frío se convirtiera en dolor y el dolor en sensación y la sensación en algo que no necesitara ser «clasificado» para existir.