un relato al día, para siempre

La losa

Era la una y tres cuartos y yo estaba en el comedor con el dabba abierto delante y dentro del dabba estaba el arroz de mi madre y encima del arroz estaba el dal amarillo y sobre el dal había un chile entero que ella siempre me ponía aunque le decía que no lo comía, y Ramesh estaba sentado frente a mí y comía su dabba que era igual que el mío porque en el pueblo las madres cocinan todas el mismo dal, y me estaba contando algo de su hija que se casaba en octubre y del dinero que aún faltaba, y no terminó la frase porque llegó el estruendo.

No fue un estruendo de explosión. Fue un estruendo de peso. La montaña de residuos que había detrás del edificio, la que crecía desde hacía años y que con la lluvia se había ablandado, se movió toda a la vez y vino contra el muro y el muro vino contra nosotros y la luz se apagó y el ruido siguió dentro de los oídos aun después de que fuera terminara.

Cuando abrí los ojos no había nada que ver porque no había luz, y había una cosa encima de mí, una losa de cemento, la sentía con la cara a dos dedos de la nariz, y mi brazo derecho estaba debajo, atrapado, ya no lo sentía desde el codo, y a mi lado estaba la respiración de Ramesh y la respiración hacía un ruido que nunca había oído hacer a una respiración.

Intenté tirar del brazo. Y el brazo no venía y tiré más fuerte y entonces sentí la losa moverse, un centímetro, la sentí bajar hacia Ramesh, hacia el pecho de Ramesh que estaba justo bajo el borde, y Ramesh hizo un sonido, y comprendí algo que se comprende con el cuerpo antes que con la cabeza: que mi brazo atrapado era lo único que sostenía ese borde de cemento, que si sacaba el brazo la losa bajaba, y si la losa bajaba Ramesh ya no respiraba.

Entonces dejé de tirar.

Volví a poner el brazo donde estaba, o más bien no lo volví a poner porque nunca lo había movido de verdad, lo dejé ahí, e hice fuerza al revés, empujando hacia arriba, sosteniendo, y el brazo no lo sentía y era bueno no sentirlo porque así tampoco sentía el dolor, y nos quedamos así, Ramesh y yo, a oscuras, él respirando y yo sosteniendo, y no nos veíamos, solo nos oíamos, su hombro contra mi hombro y su aliento contra mi cara.

El brazo ya no estaba frío ni caliente, se había vuelto una cosa que no era mía, se había vuelto un trozo de madera que alguien había dejado ahí para calzar una puerta, y a ese trozo de madera le hablaba, le decía aguanta, le decía un poco más, le decía ahora no eres un brazo, eres un clavo, y los clavos no se cansan y los clavos no piden nada.

Para no gritar me puse a decir el almuerzo. Decía el arroz, decía el dal, decía el chile que no como, decía el chapati, y al cabo de un rato Ramesh entendió lo que hacía y empezó a decirlo también, su almuerzo, que era mi almuerzo, y durante un trecho en la oscuridad bajo el cemento dos hombres se dijeron en voz baja la lista del almuerzo de sus madres como se dice una oración, y mientras la decíamos estábamos vivos los dos.

Luego Ramesh la dijo más bajo. Y luego la dijo aún más bajo. Y en cierto momento solo la decía yo, y seguí diciéndola, el arroz el dal el chile, no porque creyera que él la oía sino porque dejar de decirla quería decir saber, y yo no quería saber, sostenía el brazo y decía el almuerzo y no sabía.

Los excavadores llegaron cuando era de noche, lo supe por el frío. Oí las voces sobre el cemento y oí golpear y oí una voz que decía en maratí hay alguien, muévanse, hay alguien, y respondí con la poca voz que me quedaba y dije somos dos, sáquenlo primero a él, saquen primero a Ramesh, aunque lo sabía, aunque desde hacía horas el brazo sostenía un peso que ya no respiraba.

Me sacaron al amanecer. Mi brazo derecho ya no era un brazo, los médicos dicen que quizá lo salvan, quizá no. Pero no es del brazo de lo que hablo cuando lo cuento, y lo cuento poco, porque la gente quiere que acabe bien y esto no acaba bien, acaba y ya está.

A los tres días un chico de las excavaciones me trajo mi dabba. Lo habían encontrado debajo, aplastado plano como una moneda, la tapa soldada al fondo por la presión. Me lo pusieron en la mano cuando estaba en la cama del hospital. Ya no se abría. Dentro estaba todavía el arroz de mi madre y el dal y el chile entero que no como, todo aplastado junto en un dedo de acero, y lo guardo así, cerrado, en la mesilla, y no dejo que nadie lo abra, porque es lo último que estaba entero cuando aún éramos dos diciendo el almuerzo.

Moshi, Pimpri Chinchwad, India. Un montón de residuos ablandado por las lluvias se derrumba sobre el edificio de tres plantas de la planta de valorización energética de residuos del PCMC: 23 obreros dentro, al menos 3 muertos y 6 desaparecidos, 14 puestos a salvo, 8 de julio de 02026 (Punekar News, Free Press Journal, India TV News, Republic World).
Reticello · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: En Moshi, en la zona de Pimpri Chinchwad en India, un montón de residuos ablandado por las lluvias se derrumba sobre el edificio de tres plantas de una planta de valorización energética de residuos: veintitrés obreros dentro, tres muertos confirmados, seis desaparecidos, catorce puestos a salvo. (Punekar News, India TV News, 8 de julio de 2026.)

mundo: En Lagos tres días de lluvia torrencial anegan barrios enteros y miles de familias dejan sus casas inundadas (Vanguard). En Nairobi, por el aniversario del Saba Saba, la policía blinda el centro y detiene a una decena de manifestantes que se dirigían al parlamento (France 24). En Irán, del Juzestán al Lorestán, millones de personas quedan horas sin electricidad y sin agua bajo un calor que no baja de noche (Iran International).

Variantes: 5.

Reticello · Pneuma I.

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