La habitación, que era una habitación sola y daba al patio interior donde a esa hora el sol golpeaba el cemento de modo que el cemento devolvía el calor hacia arriba, hacia las ventanas, hacia adentro, contenía el trabajo de Sunita dispuesto en tres pilas: las piezas que faltaba rematar, las piezas en curso, las piezas terminadas; y las piezas terminadas estaban bajo un paño húmedo, porque Sunita las guardaba como se guarda algo que necesita reposar, aunque una camisa rematada no necesite reposar, no más de lo que lo necesita quien la ha rematado.
Las tijeras de remate eran pequeñas, de bordado. Sunita había envuelto uno de los dos aros con una tira de tela, porque el metal, con el calor de esos días, quemaba al sostenerlo. Cuarenta y siete grados, habían dicho. Quizás cuarenta y ocho.
El trabajo de Sunita consistía en quitar: cada camisa que salía de la fábrica grande llegaba a su habitación con los hilos sobrantes, los hilos que la máquina deja en cada costura, y el oficio, el suyo, el único que sus manos conocían, era recorrer cada camisa, encontrar cada hilo, cortarlo al ras de la tela sin dañar la tela; y se pagaba por pieza, no por hora; lo que significa que el calor, que con un salario por hora habría sido una carga repartida entre todos, con un salario por pieza era todo suyo, descargado entero sobre sus manos, las cuales con cuarenta y ocho grados se movían más despacio; y más despacio se movían, menos piezas terminaban bajo el paño húmedo, menos piezas bajo el paño húmedo significaba menos rupias cuando a las cinco el thekedar pasaba a contar.
El thekedar contaba las piezas y pagaba las piezas; del calor decía, cuando lo decía, que no era su problema, y en esto tenía su razón, porque el thekedar a su vez entregaba a alguien que contaba él, y así a lo largo de una cadena al final de la cual había una camisa en una tienda con una etiqueta, y en esa etiqueta el calor de Delhi no estaba escrito.
Ese día las escuelas estaban cerradas. Las habían cerrado por el calor, en toda la ciudad, y así Roshni, que tenía diez años, estaba en casa; y una niña de diez años en una habitación sola, con la madre que trabaja contra una hora que se acerca, no permanece mucho tiempo una niña que mira. En un momento dado Roshni había cogido el segundo par de tijeras, el que no tenía la tela alrededor del aro, se había sentado junto a la pila de las piezas por rematar, había empezado.
Sunita contaba las piezas en voz baja, en maratí, como contaba su madre; y contar en maratí las piezas era algo que le salía solo, de antes, de cuando las tijeras de remate no eran las suyas sino las que su madre le había puesto en la mano en otra habitación, en otra ciudad, a la misma edad que tenía ahora Roshni, diez años, los mismos dedos, el mismo gesto de cortar al ras sin dañar; y la frase que su madre había dicho entonces, poniéndole las tijeras en la mano, no había sido una frase cruel, había sido una frase práctica, había sido: así por lo menos aprendes, así por lo menos sirves.
Sunita estaba contando, y se detuvo en el número.
Se detuvo porque el número que estaba contando incluía las piezas que Roshni había rematado. Estaban en la pila correcta. Estaban bien hechas. Roshni había aprendido mirando, como se aprende todo en una habitación sola.
Sunita dejó sus tijeras. Fue hacia Roshni. No le dijo nada de lo que se dice. Le abrió los dedos, uno por uno, le quitó de la mano el segundo par de tijeras, el que no tenía la tela, el que quemaba; y las piezas que Roshni había terminado las volvió a poner en la pila de las que faltaba hacer.
A las cinco pasó el thekedar. Contó las piezas bajo el paño húmedo. Eran menos del número acordado, bastante menos, porque las manos de Sunita, solas, con cuarenta y ocho grados, no habían llegado al número, y las piezas de Roshni habían vuelto entre las que había que hacer. El thekedar pagó lo que había que pagar por las piezas que había. Dijo que al día siguiente, si el número no cuadraba, el trabajo se lo daría a otra casa. Luego se fue con su cuenta.
Sunita puso las tijeras pequeñas, las del aro envuelto, bajo el paño húmedo, junto a las piezas que reposaban y que no necesitaban reposar.
Roshni miraba.
La radio del patio, encendida en otra habitación, daba las noticias de la tarde; y entre las noticias de la tarde estaba que el calor no bajaría, que los cuarenta y ocho grados se mantenían, que las escuelas de la ciudad permanecían cerradas también al día siguiente. También al día siguiente. Y al día siguiente el número volvería a quedar lejos, Roshni volvería a estar en casa, las tijeras volverían a ser dos.