El calor no es un aire sino una sustancia, una cosa que se posa sobre la espalda de Parveen mientras se inclina a tomar el ladrillo crudo de la hilera y que no se va cuando se endereza, porque en estos días no hay un arriba y un abajo en el calor, no hay sombra que sea de veras sombra ni hora menos calurosa que otra: está el fuego del horno que arde de un lado, el cielo blanco que arde del otro, y en medio ella, y los ladrillos, y el niño bajo el árbol de keekar que da una sombra de ramas y no de hojas.
Cuenta mientras apila. No porque quiera contar, sino porque el número es la paga: mil ladrillos crudos puestos a secar son una cifra, y por debajo de esa cifra no se baja, porque está el anticipo del invierno que hay que devolver al dueño del horno, y el anticipo es un hilo que le sale de las manos y le vuelve a entrar en la espalda. Cuatrocientos doce. Se inclina, toma, deja, alinea. Cuatrocientos trece. El sudor ya no le corre, porque no queda nada que corra, y eso ella lo sabe y es lo que más miedo le da, más que el número, más que el dueño: el cuerpo que en cierto momento deja de sudar y se vuelve seco y caliente como el ladrillo que tiene en la mano.
Mira al niño. Salman tiene cuatro años y está mal sentado, la cabeza caída a un lado, los ojos entornados, hace ya un rato que no juega con la piedra. Parveen conoce esa manera de estar sentado. La vio en los otros, el verano pasado, en el hijo de Nasreen, al que después se llevaron en una moto hacia el dispensario a una hora de camino y que volvió caminando a los tres días, pero que podría no haber vuelto. Deja el ladrillo. Cuatrocientos trece sigue siendo cuatrocientos trece. Va hacia el árbol.
Tiene su ración de agua en la botella de plástico descolorida, la que llena en la bomba de mano por la mañana y que debe durarle hasta la noche, y que hoy ya está por la mitad porque hoy es el día en que el agua se acaba antes, en que todo se acaba antes. Se arrodilla ante Salman. Lo mira. Podría darle un sorbo de beber, dos, y guardar el resto para sí, para sostener la cuenta hasta la noche, porque si no sostiene la cuenta no hay paga y si no hay paga el hilo se aprieta. Es el cálculo que una madre hace cien veces al día sin llamarlo cálculo.
Abre la botella. No le da de beber. Le vierte el agua sobre la cabeza, toda, esa media botella que era la suya para el resto del día, se la vierte sobre el pelo y la nuca y detrás de las orejas donde la sangre pasa cerca de la piel, y con la mano le moja el pecho bajo la camiseta, y lo sostiene, y le dice en voz baja que respire, respira, beta, respira, hijo mío, respira, y siente bajo la palma el pecho del niño que se mueve, pequeño, rápido, pero que se mueve. La tierra bajo ellos se bebe el agua en un segundo, como si nunca hubiera caído. Tiene la boca pastosa, la lengua gruesa, y no bebe, porque hasta la noche no tendrá más agua que la que logre sacar en la bomba de mano cuando el dueño detenga el trabajo, y a esta hora la bomba da solo un hilo tibio que sabe a hierro. Al otro lado del patio está su marido, cerca de la boca del horno, donde el calor del cielo se suma al calor del fuego y los hombres se relevan sin cesar porque nadie aguanta un turno entero en el horno un día como este. Lo ve de espaldas, encorvado, una silueta negra contra el naranja, y por un momento no sabría decir si es él o cualquiera de los otros, porque el calor quita también eso, quita los contornos, quita los nombres.
Se queda allí. No vuelve enseguida a los ladrillos. Sostiene a su hijo mojado contra sí a la sombra de ramas, y por primera vez en todo el día no cuenta los ladrillos, cuenta las respiraciones del niño, y las cuenta no porque sean una cifra sino porque son respiraciones. Al otro lado del patio el dueño del horno la ve inmóvil y no dice nada, porque hoy también él se queda a la sombra y también él sabe lo que es este día. Cuatrocientos trece ladrillos se secan al sol. La paga será menor. El hilo se apretará un poco.
Hacia las seis, en el horizonte, sobre la línea baja de los campos quemados, se alza una franja de nubes. Todavía no es nada, no es lluvia, es solo un color distinto en el blanco, pero las mujeres en la bomba la miran y una dice la palabra, monzón, la dice en voz baja como se dice una cosa en la que no se quiere creer demasiado pronto. Parveen mira las nubes con el hijo dormido en el brazo, la botella vacía en la otra mano, y no vuelve a los ladrillos. Espera. Por esta noche, puede esperar.