Damari oyó que el zumbido cambiaba de tono a las dos y diecisiete de la madrugada y supo que la red iba a caer antes de que cayera. Llevaba cuatro años trabajando como guardia nocturna en el edificio de la calle Ismail, y en cuatro años había aprendido que el transformador del patio cambiaba de voz cuando la carga en la línea subía demasiado, y que el zumbido se convertía en silbido, y que el silbido duraba entre cinco y diez segundos antes de que todo se apagara.
El silbido duró siete segundos. Después, la oscuridad.
No la oscuridad de la noche, que en Chișinău en marzo es una oscuridad fría pero conocida. La oscuridad del edificio. La oscuridad de los pasillos, las escaleras, el ascensor. La oscuridad de los electrodomésticos que se detienen. La oscuridad del silencio, porque cuando la electricidad se va el edificio pierde todos los sonidos que no sabías que oías: el frigorífico, el ventilador de la calefacción, el reloj del horno que parpadea.
Damari encendió la linterna del teléfono. La batería marcaba sesenta y uno por ciento. Abrió el cuaderno que guardaba en la garita, el cuaderno de las cosas que hay que saber, que no era un documento oficial sino un cuaderno de rayas donde Damari escribía las cosas necesarias para hacer su trabajo y que nadie le había enseñado.
Página uno: números de emergencia. Página dos: dónde están los extintores. Página tres: quién tiene las llaves de qué. Página cuatro: las cosas que funcionan con electricidad y no pueden parar.
La página cuatro tenía tres líneas. La bomba de agua del sótano. La puerta automática del garaje. Y el concentrador de oxígeno del apartamento 12, tercer piso, señora Cebotari.
La señora Cebotari tenía setenta y dos años y una enfermedad pulmonar que Damari no sabía pronunciar. El concentrador era una máquina que tomaba el aire de la habitación y lo filtraba y devolvía una versión con más oxígeno, y la señora Cebotari lo respiraba a través de un tubo de plástico que le entraba por la nariz, y la máquina funcionaba con electricidad, y sin electricidad la máquina se apagaba, y sin la máquina la señora Cebotari respiraba el aire de la habitación, que para ella no bastaba.
Damari sabía estas cosas porque las había preguntado.
El edificio tenía un generador de emergencia en el patio, junto al transformador. El generador debía arrancar solo cuando la red caía. Damari oyó al generador intentar arrancar: un golpe, dos golpes, tres golpes. El motor giraba pero no arrancaba.
Salió al patio. El generador era un bloque verde oscuro con una rejilla y un panel de control y un olor a gasóleo viejo. El panel mostraba una luz roja. Damari no sabía qué significaba la luz roja, pero en el cuaderno, página seis, ponía: «Si la luz roja queda encendida: el generador no arranca. Llamar al técnico. Número: _______». El número había sido borrado por una mancha de café.
Damari miró el teléfono. Las dos y veintidós. La señora Cebotari tenía una bombona de oxígeno portátil para emergencias. Damari lo sabía porque se lo había preguntado al hijo tres meses antes, durante el primer apagón, que había durado cuarenta minutos. El hijo había dicho: «La bombona dura dos horas. Quizá tres. Depende de cuánto respire.»
Dos horas. Quizá tres.
«Damari.»
Se volvió. El señor Pleșca del primer piso estaba en la puerta con una vela.
«¿Se ha ido?»
«Toda la zona. No solo el edificio.»
«¿El generador?»
«No arranca. La luz roja.»
«¿Y cuánto va a durar?»
«No lo sé.»
Pleșca miró el patio. La oscuridad de la ciudad era distinta de la oscuridad del edificio: era una oscuridad ancha, sin bordes, que llegaba hasta los tejados y los borraba.
«Yo no necesito nada», dijo Pleșca. «Pero la señora del tercero.»
«Lo sé.»
«Tiene la máquina.»
«Lo sé.»
Damari subió al tercer piso. Llamó al apartamento 12. La voz de la señora Cebotari llegó desde dentro, delgada.
«¿Quién es?»
«Damari. La guardia.»
«Se ha ido la luz.»
«Lo sé, señora. ¿Tiene la bombona?»
«La puso mi hijo debajo de la cama. Pero no sé cómo se abre.»
Damari entró. La habitación tenía el olor de las habitaciones donde alguien respira con dificultad: un olor cálido, quieto, que no circula. La linterna del teléfono iluminaba a la señora Cebotari sentada en la cama con el tubo en la nariz que ya no soplaba. Debajo de la cama estaba la bombona verde con la válvula arriba y el reductor de presión y el tubo transparente enrollado con una goma.
Damari no había abierto nunca una bombona de oxígeno. Pero en el cuaderno, página ocho, ponía: «Bombona oxígeno ap. 12: desenroscar la válvula a mano, en sentido contrario a las agujas del reloj. No hacen falta herramientas. El flujo se regula con la ruedecita. La señora usa 2 litros por minuto.»
Drawed the valve. El oxígeno empezó a salir con un siseo suave. Conectó el tubo. La señora Cebotari respiró.
«¿Cuánto dura?» preguntó la señora.
«Unas horas. Esté tranquila.»
Damari no sabía cuánto duraría la oscuridad. Las dos y treinta y siete. La bombona duraba dos horas, quizá tres. La red podía volver en una hora o en un día. La línea Isaccea-Vulcănești era un nombre que Damari no conocía, un punto en un mapa que nunca había visto, un cable que unía un país con otro y que alguien había golpeado a mil doscientos kilómetros de aquella cama.
Se quedó sentada en la silla junto a la puerta. El siseo de la bombona era el único sonido en el apartamento. La señora Cebotari cerró los ojos. Damari miró el teléfono. Cincuenta y cuatro por ciento.
La luz volvería o no volvería. El generador no arrancaba. El técnico no respondía. La bombona tenía un contenido finito que se vaciaba a dos litros por minuto. Damari no podía hacer nada por ninguna de esas cosas. Podía quedarse en la silla y esperar. Y contar, de vez en cuando, las respiraciones de la señora Cebotari, para saber cuántos litros salían de la bombona.
He hecho de guardia nocturna dos inviernos en un edificio de nueve plantas. Nadie te explica qué hacer cuando se va la luz. Te lo explicas tú sola, de noche, cuando pasa. Aprendes dónde están las cosas. Aprendes quién necesita qué. Aprendes que el edificio de noche es un organismo y tú eres la única que sabe dónde late el corazón. Cuando la oscuridad llega, la oscuridad no es el problema. El problema es saber que en el tercer piso alguien respira con una máquina que se ha apagado, y que la bombona bajo la cama tiene un número de horas que no conoces, y que ese número es lo único que importa.