El maestro enseñaba matemáticas. Las fracciones, las raíces, la regla de tres. Treinta y un años en el mismo pupitre, en la escuela de chapa detrás del mercado.
Se lo llevaron el quince de mayo. Con los niños. Tres escuelas en una sola noche, en Oriire, en la oscuridad antes del amanecer.
Yétúndé esperó. Contó los amaneceres como se cuentan los sacos de arroz, sin querer, solo para saber cuántos eran.
Los primeros días vinieron los hombres de seguridad. Después los periodistas. Después ya nadie. Quedaba la radio. La radio por la mañana, la radio por la noche, la radio que decía negociaciones y decía búsquedas y nunca decía el nombre que ella esperaba.
Cocinaba igual. Ponía dos platos igual, luego quitaba uno, luego lo volvía a poner. La casa aún tenía su olor en la camisa sobre la silla, y Yétúndé no lavaba la camisa porque lavarla era decir algo que no quería decir.
Después la radio dijo: liberados. Después dijo: cuarenta y cuatro. Después empezó a leer los nombres, uno a uno, la voz del hombre que los decía bajo, como se dice una oración que no termina nunca, y a cada nombre una casa del barrio se abría y gritaba, y a cada nombre una madre caía de rodillas en el patio de tierra apisonada y daba gracias al cielo con los brazos en alto, y Yétúndé mantenía las manos quietas en el regazo y esperaba el suyo, esperaba el nombre del maestro, y el nombre del maestro no llegó.
No llegó porque el maestro no vuelve. Lo dejaron en el bosque. Le cortaron la cabeza el vigésimo día, dicen, para mostrarles a los demás que iban en serio. Era el más viejo. No corría. Quizá retrasó la fila. Quizá dijo algo. Nadie lo sabe y todos lo dicen.
La casa estaba llena de gente y Yétúndé estaba sola dentro de la casa llena de gente.
Las mujeres le llevaron arroz. Le llevaron aceite. Le sostuvieron las manos y le dijeron las palabras que se dicen, que era un hombre bueno, que los niños lo querían, que Dios es grande, y las palabras eran verdaderas y no servían de nada, como el agua que resbala sobre la chapa.
Después dijeron que los niños llegaban. Por la tarde. A la verja de la escuela. Las camionetas los traían del hospital de Ogbomoso, lavados, curados, con ropa nueva que alguien había comprado.
Y entonces Yétúndé se levantó.
Sacó el buen aṣọ del baúl, el que se ponía para las fiestas, azul con el borde amarillo, y se lo envolvió alrededor de la cintura y sobre la cabeza, despacio, ante el espejo desportillado, y las mujeres la miraron y no dijeron nada, porque no había nada que decirle a una mujer que se viste bien para ir a la verja donde vuelven los hijos de los demás.
Fue a la cocina. Encendió el fuego. Majó el iyán en el mortero grande, el del maestro, el que él guardaba fuera bajo el cobertizo, y majó hasta que le dolieron los brazos, e hizo la sopa con las hojas amargas, y llenó las ollas, todas las ollas de la casa, las suyas y las que las vecinas habían traído, y las cargó en un carro y le dijo a un muchacho que empujara.
En la verja estaba media ciudad. Estaba el calor. Estaba el polvo que las camionetas levantaban al llegar. Estaba el silencio extraño de tanta gente que contiene el aliento a la vez.
Después las camionetas. Después las madres contra los barrotes. Después los niños que bajaban, pequeños, con los ojos grandes, buscando una sola cara entre mil caras, y encontrándola, y desapareciendo en un abrazo que los ocultaba a todos.
Yétúndé abrió las ollas. Puso el iyán en las manos de los niños a los que nadie había venido aún a buscar, los de las aldeas lejanas, sentados en fila en el murete con platos de cartón, y les dio de comer como se le da de comer a quien ha olvidado cómo se come.
Un muchacho la miró. Tenía quizá once años. Masticaba despacio. Después dijo: señora, usted es la mujer del maestro.
Yétúndé dijo sí.
El muchacho dijo: el maestro, en el bosque, nos hacía repetir las tablas. En voz baja. De noche, cuando teníamos miedo. Decía que uno por uno es uno, y dos por uno es dos, y mientras uno cuenta no llora. Ahora nos las sabemos todas. Nos las sabemos hasta el diez.
Después bajó la cabeza sobre el plato.
Yétúndé le volvió a poner el iyán en el plato. Le puso el doble. No dijo nada. Le mantenía una mano en la nuca, ligera, como se sostiene la nuca de un hijo que come, y con la otra le empujaba la comida hacia él, y alrededor la verja gritaba todos esos nombres vueltos y ella callaba dentro del grito, dando de comer al número que su marido había salvado contando.
hecho: En el estado de Oyo, Nigeria, 44 alumnos y maestros secuestrados el quince de mayo en tres escuelas de la zona de Oriire regresan libres el diez de julio tras 56 días, en una operación sin rescate; ocho sospechosos detenidos, un profesor de matemáticas asesinado durante el cautiverio. (Premium Times; Channels TV, 10 de julio de 2026.)
mundo: En Chile, en Calama, un tribunal absuelve por falta de pruebas a cuatro imputados acusados de pertenecer al Tren de Aragua (El Mostrador). En Guatemala la Sala Cuarta Penal anula la absolución del ex fiscal anticorrupción Stuardo Campo y ordena un nuevo juicio (La Hora). En Camerún los casos de malaria confirmados caen un diecisiete por ciento en un año mientras veinticinco países africanos introducen la vacuna antimalárica (The Washington Post).
Variantes: 5.
Soffiato · Pneuma I.
123 relatos