La máquina de escribir que Kamala usa desde hace treinta y cuatro años, una Godrej gris con las teclas ahuecadas en el centro como sólo las ahueca el tiempo y no el uso, porque es el tiempo, no los dedos, lo que consume el metal hasta hacerle tomar la forma de la yema que lo aprieta, está sobre su mesa en la oficina del segundo piso cuando llega el expediente con la orden que hay que escribir, y la orden, esta mañana de julio en que afuera el monzón no decide si cae, es la orden de excarcelación de un hombre que en mil novecientos noventa y seis era más joven de lo que ella es ahora y que hoy es viejo, absuelto después de que la Corte, en una ciudad lejos de este tribunal de provincia, estableciera que las confesiones por las que lo habían condenado no se sostenían, o mejor, para usar la palabra que alguien leyó en voz alta en el pasillo, eran poco fiables.
Kamala mete la hoja, gira el rodillo, oye el chasquido que conoce. Escribe el encabezado. Escribe el número del caso, un número que le dice algo, no porque lo recuerde, los números no los recuerda, sino porque la mano, llegada a ciertas cifras, aminora sola, como aminora el pie en un escalón que se sabe gastado incluso a oscuras.
Afuera, en el pasillo, un ujier empuja un carrito de expedientes atados con cordel, y la rueda que chirría es la misma rueda que chirriaba hace treinta años, o quizá sea otro carrito, otra rueda, pero el sonido que una cosa hace en un tribunal es un sonido que no cambia: es el sonido del papel que espera, que espera a quintales, detrás de las puertas, en los estantes hasta el techo, el papel que decide sobre los hombres sin saber nada de los hombres.
Treinta años no han pasado como una sola cosa, han pasado como pasan los años en una oficina, es decir, sin que uno se dé cuenta salvo por señales pequeñas y laterales: el papel carbón que en cierto momento ya no se encontró en el mercado y las copias en papel cebolla que se volvieron una costumbre inútil, luego las fotocopiadoras, luego la pantalla azul en el escritorio de al lado que ella nunca aprendió a usar porque a ella le dejaron la máquina vieja para las fórmulas, para las órdenes, para las cosas que deben tener el peso de la tecla golpeada; y en todos estos años aquel hombre, cuyo rostro ella nunca conoció y de quien nunca quiso saber si era culpable (porque saber no era su trabajo, y no saber, se había dicho, no era una cobardía, era el modo en que una como ella se mantenía limpia), estuvo en una celda a dos provincias de distancia, donde el tiempo, imagina, no se consume en las teclas sino en otra cosa, en los barrotes quizá, o en las manos.
En el cajón de abajo a la izquierda, bajo el fieltro verde que cubre el papel de reserva, hay un papel cebolla. Es celeste, de esos que se ponían entre dos hojas con el papel carbón en medio para que cada cosa escrita existiera dos veces, una para el acta y otra para el archivo, y este, que nunca terminó en ningún archivo, Kamala lo guarda ahí desde hace treinta años; es la copia de la confesión que ella, joven, con los mismos dedos pero aún no esta mano, escribió una noche al dictado, cuando le llevaron las hojas escritas a pluma y le dijeron solamente: copia. Y ella copió, porque copiar era su trabajo y el trabajo bien hecho, eso le habían enseñado, no pregunta de quién es la voz que dicta. (En el cuarto de al lado, entonces, se oía a un hombre que no lloraba ni hablaba, y un grifo que goteaba, y ella había escrito más fuerte para no oír el grifo.)
Termina la orden de excarcelación. La saca. Está limpia, sin errores; ella no comete errores. Luego abre el cajón de abajo a la izquierda, levanta el fieltro, y por un tiempo que no es largo pero tampoco breve sostiene el papel cebolla entre dos dedos, y sabe que podría romperlo ahora, en cuatro pedazos, y tirarlo, y nadie sabría jamás que existió, ni el hombre que sale hoy ni sus hijos ni la Corte lejana; o bien podría hacer la otra cosa. No lo rompe. Lo mete en el sobre de las actas, entre la orden nueva y los papeles viejos, donde alguien, tarde o temprano, al abrir el expediente para archivarlo, lo encontrará, y al leerlo comprenderá que aquella confesión había sido copiada una noche, al dictado, por una mano a la que sólo se le había dicho: copia.
Cierra el sobre. Pasa la lengua por la tira de pegamento, que sabe a goma y a polvo, y presiona la solapa con la palma, y se queda un momento con la palma sobre el sobre, como se tiene la mano sobre una cosa que no se quiere volver a abrir, o quizá sólo como se seca un pegamento.
Luego vuelve a poner el fieltro verde sobre el papel de reserva. Apaga la lámpara de mesa, la del brazo torcido que ya no se sostiene y que ella mantiene levantado con una goma elástica. Cubre la Godrej con la funda de plástico amarillenta. Coge el bolso del clavo detrás de la puerta. Sale, y cierra con llave. En el cuarto queda una hoja de más.
hecho: La Corte Suprema india anula la condena a muerte de un hombre por el atentado al autobús de Samleti de 1996 y absuelve a otro después de casi treinta años, al considerar poco fiables las confesiones que los habían inculpado. (Verdictum, 24 de julio de 02026.)
mundo: En China el tifón Noul toca tierra en la costa de Guangdong y más de setecientas mil personas son puestas a resguardo (Al Jazeera). En Nigeria, en el estado de Zamfara, las tropas matan a unos trescientos hombres armados durante una operación en Gummi (Daily Post Nigeria). En Hong Kong cancelan cientos de vuelos (Al Jazeera).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma II.
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