En el segundo cajón del armario metálico de la oficina de actas, en el puesto fronterizo de la región de Surxondaryo donde Davron Rasulov escribía a máquina desde hacía cuatro años, quedaban todavía ciento veinte formularios del modelo antiguo, los que llevaban la casilla impresa abajo a la izquierda donde se anotaba el número de días y donde el número anotado, en la práctica de aquella oficina y de todas las oficinas como aquella, había sido durante años el diez, porque diez eran los días que el fiscal podía autorizar para quien no llevaba ningún documento encima, y aquellos formularios nadie los había retirado, nadie los había contado, nadie había redactado una circular para decir que a partir de cierta fecha la casilla ya no debía rellenarse.
El Tribunal Constitucional había decidido el veintidós de septiembre, y la decisión estaba en vigor desde el veinticinco: Davron lo sabía porque el boletín llegaba en sobre gris los miércoles, y porque los miércoles, terminado el turno, lo leía sentado en la silla de la oficina con la chaqueta sobre los hombros en lugar de en el perchero, costumbre adquirida el año en que el perchero fue trasladado detrás de la puerta sin que él preguntara por qué, como no había preguntado por qué de ninguna de las otras cosas que en aquella oficina cambiaban de sitio.
(En la habitación al fondo del pasillo, la de la ventana alta y el catre fijado a la pared, un hombre ingresado el veintiocho estaba de pie junto a la puerta, con una mano apoyada en el marco, y miraba fuera el trozo de patio que se veía desde allí, sin llamar a nadie, como hacen los que ya han llamado.)
El expediente del hombre ingresado el veintiocho llevaba cuatro días sobre la mesa, con el acta escrita por Davron aquella misma tarde, la autorización del fiscal adjunta en copia, la casilla de los días rellenada con el diez como preveía el formulario que el fiscal tenía delante, y la fecha de ingreso escrita dos veces, en cifras y en letras, porque así se lo habían enseñado a Davron el primer mes y así lo había hecho durante cuatro mil actas, sin equivocarse en una sola en la forma; o mejor dicho, sin equivocarse en una sola en ninguna de las cosas que pueden comprobarse releyendo.
El veintiocho era tres días después del veinticinco.
A las quince y diez Davron llevó el expediente a Bekzod, que lo sostuvo en la mano sin abrirlo, porque sabía lo que había dentro; dijo la cosa más razonable que podía decirse en aquella oficina aquella tarde, es decir que la decisión estaba en vigor desde hacía una semana, que el reglamento interno llega después, con los formularios nuevos, y que hasta el reglamento un puesto fronterizo trabaja con los formularios que tiene; y luego dijo el resto, que era la parte verdadera: que si hoy salía un papel de esta oficina para el tribunal de distrito, no saldría solo el hombre de la habitación del fondo, se volverían discutibles todas las actas del puesto, incluidas las escritas por Davron en los cuatro años, incluidas las de los meses en que por el paso cruzaba gente que ahora estaba en otro tipo de registro.
Davron dijo la frase que decía siempre, yo escribo lo que me dictan, y Bekzod le devolvió el expediente sin responder, y fue a buscar las órdenes de servicio para firmar.
A las dieciséis y diez Davron rellenó la solicitud, número de registro, fecha de ingreso, artículo veintisiete, el nombre de la materia, dos líneas de exposición, con la caligrafía de máquina que le salía incluso a mano después de cuatro años; y dejó la solicitud sobre la mesa junto al fechador con la almohadilla casi seca, porque el correo de salida cerraba a las cinco, y después de las cinco un papel rellenado y no sellado es un papel en una carpeta, donde un papel puede quedarse todo el tiempo que se quiera.
A las dieciséis y cincuenta y dos, con el boletín del Tribunal todavía abierto sobre la mesa en la página donde el artículo veintisiete estaba impreso en cuerpo pequeño bajo una línea de comentario que no explicaba nada, Davron cogió el fechador de la caja de cartón en la que lo guardaba desde hacía cuatro años, giró con el pulgar la ruedecilla de las unidades hasta el dos y la de los meses hasta octubre, lo presionó dos veces sobre la almohadilla porque la almohadilla estaba casi seca, un solo golpe no habría dejado la fecha legible; luego, no porque hubiera decidido en aquel momento, ni porque Bekzod le hubiera dado una orden cualquiera en un sentido o en otro, sino porque la solicitud estaba rellenada, el sobre estaba abierto sobre la mesa, el saco del correo de salida estaba en la silla junto a la puerta con la correa ya aflojada, y el registro estaba en la página del día con la casilla de la fecha en blanco al lado del número de registro que él mismo había escrito veinte minutos antes, bajó el sello sobre la casilla.
El golpe fue uno.
Escribió al lado de la fecha el destinatario, tribunal de distrito, luego la materia, solicitud de resolución judicial para persona retenida, y después de la materia la sigla, dos letras y un punto, que era la suya, la misma que estaba al pie de las cuatro mil actas del armario metálico, con la diferencia de que aquellas las había dictado otro. Metió el papel en el sobre, cerró el sobre, lo introdujo en el saco debajo de los otros tres. Tiró de la correa.
En el pasillo, por la puerta abierta, se oía a Bekzod que firmaba las órdenes de servicio apoyado en el alféizar, una tras otra, y cada firma hacía el mismo ruido de papel.
A las diecisiete y cinco Davron llevó el saco a la verja, donde el conductor esperaba con el motor en marcha porque la furgoneta del correo tenía la batería vieja, apagarlo significaba empujarla; firmó el recibo sobre el capó; y sosteniendo el recibo por una esquina, levantándolo hacia la ventana de la caseta para ver si el carbón había prendido, vio que la fecha se leía también por el revés, dos de octubre, al contrario, a través del papel fino, con los números que desde aquel lado parecían otros números y sin embargo eran aquellos.
La furgoneta salió.
Al volver, en el pasillo, el tablón de las órdenes de servicio tenía cuatro hojas nuevas, ensartadas bajo la misma chincheta, con las firmas frescas que habían cogido la humedad de la pared y que por eso se ensanchaban un poco en las curvas de las letras. La tercera hoja era la asignación de los turnos de la semana. En el apartado barrera, turno de noche, desde el lunes, había un solo nombre, y el nombre era el suyo; y en el apartado ventanilla de actas, que era la línea de arriba, estaba el nombre del chico que hacía las fotocopias, escrito con el mismo bolígrafo.
Davron leyó las cuatro órdenes de la primera a la última, también las que no le afectaban, como releía todo.
Luego fue a la oficina, puso la funda sobre la máquina de escribir, y abrió el primer cajón para coger la cucharilla, que estaba allí desde hacía cuatro años y servía para abrir los sobres. La dejó donde estaba. Cerró el cajón. La impresora de la derecha se había quedado encendida, como todas las tardes, y su luz verde se reflejaba en el cristal del armario metálico, detrás del cual, en el segundo cajón, los ciento veinte formularios del modelo antiguo estaban donde habían estado siempre.
hecho: El Tribunal Constitucional de Uzbekistán anula las normas que permitían retener hasta diez días, sin la decisión de un juez, a quien era acusado de haber violado las reglas de frontera. La decisión está en vigor desde el veinticinco de septiembre. (The Times of Central Asia, 22 de septiembre de 02026.)
mundo: En Bangkok el gobernador extiende a los cincuenta distritos el estado de calamidad por el agua: trescientos milímetros de lluvia en dos días, cincuenta y dos mil familias afectadas, casi cinco mil personas llevadas a los refugios, treinta y seis enfermos encamados trasladados al hospital (Al Jazeera). En España el ministerio de Defensa remite a la fiscalía de Ceuta el informe de Amnistía Internacional, veintidós testimonios de palizas y humillaciones a los migrantes, y ordena al Mando de Operaciones esclarecer las responsabilidades (Euronews, Reuters).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma I.
194 relatos