El funcionario se quita los zapatos en el rellano antes de que ella se lo diga, porque es de los que saben que en ciertas casas los zapatos se quitan y en otras no; ha aprendido a reconocer las casas por la puerta, por el felpudo, por el modo en que la puerta se abre primero a medias y después del todo; cuando entra lleva la cartera delante, no al costado, para que quien abre vea la cartera antes que a él, porque la cartera es la razón por la que está allí, mientras que él no es nadie, o mejor dicho es alguien que en las casas donde entra nunca tiene un nombre que alguien repita, y que de hecho casi nunca dice, aunque esté escrito en la tarjeta que lleva al cuello, que nadie ha leído nunca.
Ella va a por el agua, que es lo que se hace.
Vuelve con el vaso y con el posavasos de corcho.
Sobre la mesa él abre un cuaderno de rayas que no es del ministerio, de esos que se compran en cualquier papelería por dos dólares, luego dice el número, cincuenta y dos, y lo dice una sola vez, como se dice algo ya dicho en catorce cocinas más; ese número lo había oído ella el jueves por la noche en la televisión, pronunciado por la mujer del informativo entre dos noticias que no tenían nada que ver, una sobre el precio de la electricidad, otra sobre el monzón, y por un instante le había parecido el tipo de número que se dice en los informativos, no un número que contiene a una persona que ha dormido en esta casa hasta el primero de septiembre.
El funcionario dice que los ha visto a todos, que están bien; o mejor dicho, que está autorizado a referir solamente lo que ha visto, y lo que ha visto es que estaban todos de pie.
Luego dice el jueves, que el jueves entra el abogado.
La garantía sobre el piso se firmó el martes por la mañana en una oficina de Toa Payoh, ante un empleado que preguntó dos veces si estaban seguros, y en esta casa todavía no lo ha dicho nadie en voz alta, ni ella, ni la hija, ni la hermana que trajo los documentos, aunque las tres lo saben, aunque por la noche, cuando la hija pone la mesa, la ponga para tres y no para cuatro sin que ninguna de las dos haya establecido nunca que se hiciera así.
(El cuarto del hijo tiene la puerta entornada. Dentro, la cama está hecha. La silla del escritorio ha sido apartada contra la pared, y no fue ella quien la apartó, ni le preguntó a la hija por qué lo había hecho, ni la hija se lo dijo: la silla contra la pared es el modo en que en esta casa se ha decidido que desde el pasillo no se vea la cama.)
El funcionario pregunta qué quiere mandar decir; ella pregunta qué se puede mandar decir; él responde que puede mandar decir lo que quiera, con tal de que sea ella quien lo diga primero, palabra por palabra, porque lo que sale de esta cocina él lo transcribe sin arreglarlo, y lo que transcribe será leído en una habitación en la que su hijo no podrá pedir que se lo repitan.
El funcionario relee en voz alta la frase que ella acaba de dictar, en casa va todo bien, esperamos, luego la relee una segunda vez más despacio, con el bolígrafo levantado dos dedos por encima del folio; y no lo posa. No lo posa no porque la frase esté equivocada, ni porque el servicio le permita rechazarla, ni porque esté esperando una corrección que no tiene derecho a pedir, sino porque la semana anterior, en otra cocina de otra ciudad, otra madre había dictado una frase casi idéntica a esta, que en casa iba todo bien, que esperaban, y tres días después el hijo de aquella madre, dentro de una habitación que él ha visto y no puede describir, había firmado un papel en chino que le habían leído en inglés, convencido, porque su madre se lo había hecho decir, de que en casa el dinero para la apelación seguía estando.
Ella se levanta, coge el vaso lleno del posavasos de corcho, lo lleva a la cocina; no lo vacía, lo posa en el fregadero, y al volver pasa por delante de la puerta entornada del cuarto del hijo, donde la silla está contra la pared desde el primero de septiembre.
Se sienta, tira hacia sí el posavasos vacío.
«Escriba así», dice. «El piso está en garantía. El jueves entra el abogado. No firmes nada.»
El funcionario escribe, luego relee una tercera vez, despacio, levantando los ojos a cada palabra, y ella confirma con la cabeza palabra por palabra, piso, garantía, jueves, abogado, no firmes nada; cuando llega a nada cierra el cuaderno con la goma, se levanta, sale al rellano a ponerse los zapatos, y ella se queda de pie en medio de la habitación con el posavasos de corcho en la mano, que es lo único que ha quedado sobre la mesa.
En la cocina el vaso sigue lleno; lo vacía en el fregadero, y el agua hace el ruido que hace el agua.
Desde el pasillo la hija pregunta si se lo ha dicho, aquello del piso.
Ella pregunta qué cosa.
La hija se va a su cuarto, y la puerta queda entornada como la otra, y la luz del pasillo queda encendida, que es para la hija, y en esta casa nadie la ha contradicho nunca.
hecho: El cuatro de septiembre el Ministerio de Asuntos Exteriores y la policía de Singapur comunican que cincuenta y dos ciudadanos singapurenses han sido detenidos y retenidos en Guangxi tras una operación contra los esquemas piramidales. Los funcionarios consulares de Pekín y Cantón los han visitado a todos y llevan mensajes entre los detenidos y las familias. (Ministry of Foreign Affairs Singapore, 4 de septiembre de 02026.)
mundo: En la carretera entre Dahab y Nuweiba, en el Sinaí del Sur, vuelca un autobús: veintidós muertos, diez de ellos jordanos, y veintiocho heridos (Al Jazeera). En Serbia la SHARE Foundation documenta catorce estudiantes y políticos de la oposición alcanzados por Pegasus y por una nueva versión de NoviSpy (Balkan Insight). En el Kordofán Occidental la Organización Mundial de la Salud cuenta diez muertos y más de cuarenta contagios de cólera en la localidad de El Idai (Dabanga).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma II.
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