Limpiaba la habitación 14 cada noche desde hacía nueve años y la limpiaba siempre en el mismo orden, primero el suelo junto a la puerta, luego el suelo alrededor de la cama, luego el baño, luego el alféizar, y el orden era importante porque el orden era lo que me mantenía despierta, lo que me hacía avanzar de una habitación a otra sin pensar, y cuando no pensaba trabajaba mejor y cuando trabajaba mejor el tiempo pasaba y cuando el tiempo pasaba llegaba el amanecer y podía irme a casa. Los zapatos eran azules, azul eléctrico con suela de goma blanca, y me los había regalado mi hija tres años atrás diciéndome «en el hospital hacen falta zapatos alegres» y yo me los puse y no me los quité más, los lavaba cada domingo en la bañera con jabón de Marsella y los ponía a secar en el balcón y el lunes estaban listos. En el bolsillo de la bata llevaba un pintalabios, un pintalabios color ladrillo que no usaba nunca en el trabajo pero que comprobaba que estuviera ahí cada vez que me cambiaba, lo tocaba con los dedos a través de la tela y si lo sentía todo iba bien y si no lo sentía me entraba una agitación estúpida, desproporcionada, como si el pintalabios fuera una cosa seria y no un pintalabios. (Era una cosa seria. No sé por qué, pero lo era.) El carrito estaba en el pasillo, con los productos alineados como los alineaba yo, el detergente a la izquierda, los paños en el centro, la bolsa negra a la derecha, y las ruedas hacían un ruido que yo conocía, un ruido que era mi ruido, y lo oía desde lejos cuando una compañera movía el carrito por error y sabía que no era yo quien lo empujaba porque las ruedas sonaban distinto.
El turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis y entre las diez y las seis el mundo era un pasillo con luces de neón y puertas numeradas y el silencio de los pacientes que dormían y el ruido de las máquinas que no dormían nunca. La jefa de turno esa noche era Ferretti, una mujer enjuta con el pelo gris cortado al ras que hablaba poco y cuando hablaba decía cosas precisas. «Marta, la 14 tiene un paciente nuevo, cuidado con el catéter» me dijo al pasar, y yo asentí y empujé el carrito y las ruedas hicieron su ruido y yo fui. Mi hijo me mandaba un mensaje de voz cada noche a las once, cada noche, y yo lo escuchaba en el pasillo entre la 14 y la 15 con el teléfono pegado a la oreja y el volumen bajo, y él decía cosas normales, «mamá el perro se ha comido un zapato» y «mamá buenas noches», y su voz partía la noche en dos, y después del mensaje el trabajo pesaba menos. Esa noche en la sala de descanso la televisión estaba encendida y nadie la miraba, y yo entré a buscar agua y vi las imágenes, un hospital bombardeado en un sitio que no sabía nombrar, y la periodista decía siete trabajadores sanitarios muertos y los pasillos eran iguales, las mismas luces de neón y las mismas puertas numeradas y el mismo suelo, y yo me quedé de pie con el vaso en la mano y miré durante un minuto y luego salí, y el agua en el vaso temblaba porque la mano temblaba, y me avergoncé de la mano que temblaba porque no me había pasado a mí, pero las puertas eran iguales y las luces eran iguales y el suelo era igual.
Entré en la 14. El paciente dormía, la respiración regular, la sábana hasta el pecho, el catéter en el lado derecho de la cama. Empujé el carrito adentro y las ruedas hicieron el ruido y el paciente no se despertó. Empecé por el suelo junto a la puerta, como siempre, el paño húmedo sobre el linóleo, los movimientos largos de derecha a izquierda. Luego el suelo alrededor de la cama. Luego el baño. En el baño había una silla, una silla de plástico azul claro que no debía estar ahí, que alguien había traído del pasillo, y la silla estaba entre el lavabo y la pared e impedía limpiar el rincón. Podía mover la silla. Pero mover la silla hacía ruido y el ruido despertaba al paciente y el paciente despertado se quejaba y la queja llegaba a Ferretti y Ferretti anotaba. O dejaba la silla y limpiaba alrededor y el rincón quedaba sucio y nadie lo veía. Dejé la silla. Limpié alrededor. El rincón quedó sucio. Terminé el baño, volví a la habitación, y antes de salir me paré junto a la ventana. No me había parado nunca junto a la ventana de la 14. Nueve años y nunca había mirado por esa ventana. (No me había parado nunca junto a esa ventana. Nueve años y nunca había mirado hacia fuera.) Estaba el aparcamiento, y los coches quietos, y una farola encendida, y detrás de la farola el muro del servicio de cardiología, y detrás del muro el cielo que era negro y sin estrellas. No había nada que ver. Pero me quedé. Me quedé diez segundos, quizá quince, con el paño en la mano y los zapatos azules sobre el linóleo y el carrito a mis espaldas con los productos alineados, y miré afuera y afuera no había nada y yo miraba igual.
Terminé el turno a las seis y cuatro minutos. Devolví el carrito al almacén, los productos alineados, la bolsa negra nueva. Me cambié en el vestuario, me quité los zapatos azules y los guardé en la taquilla, comprobé el pintalabios en el bolsillo antes de colgar la bata, estaba ahí, lo sentí con los dedos. Salí por la puerta de atrás, crucé el aparcamiento, subí al coche. El coche estaba frío y los asientos húmedos y el parabrisas tenía vaho. Cogí el teléfono y escuché el mensaje de mi hijo, el de las once que no había escuchado aún porque a las once estaba en el pasillo entre la 14 y la 15 y la televisión en la sala de descanso transmitía el hospital bombardeado y yo no había escuchado. «Mamá, hoy el perro ha robado un calcetín y lo ha llevado debajo de la cama y no consigo sacarlo. Buenas noches.» Dije buenas noches al teléfono después de que el mensaje terminara. Lo dije en voz alta, en el coche frío, con el parabrisas empañado y el hospital a mis espaldas con las luces encendidas. La habitación 14 estaba limpia. El rincón del baño no, el rincón del baño estaba sucio, y mañana por la noche lo limpiaría. El carrito estaba en el almacén. Los zapatos azules estaban en la taquilla. El pintalabios estaba en el bolsillo. Mi hijo dormía. El perro dormía con el calcetín debajo de la cama. Arranqué y encendí los faros y el aparcamiento se volvió amarillo y yo me fui, y el hospital en el espejo retrovisor tenía las luces encendidas, todas las luces encendidas, y la habitación 14 era una de esas luces.