Empecé por detrás porque delante estaba el equipo de bomberos de Davao y yo no tenía ganas de explicar. Tenía la hoja del permiso que me había hecho firmar el barangay captain, pero la hoja era para entrar por la entrada principal, y yo no entré por la entrada principal.
Mi marido Ronaldo trabaja — trabajaba — en el almacén de la Century Pacific Food en General Santos, turno de noche, de once a siete, desde hace ocho años. La noche del ocho había transcurrido como siempre. A las cuatro y cuarenta de la mañana la tierra había bailado y el almacén se había venido abajo, y el muro de bloques de hormigón había caído sobre tres obreros. A dos los encontraron enseguida. El tercero era Ronaldo, y cuando digo era quiero decir era, porque ocho días después no se dice es.
Me arrodillé. Empecé a apartar los pedazos pequeños. Los grandes no los movía, y me daba bastante igual. Buscaba algo de Ronaldo. Buscaba su reloj Casio, el que le había comprado en marzo, porque el viejo se había roto, y porque él había dicho que no lo necesitaba, y porque yo lo había comprado igual. F-91W, correa de plástico negra, dígitos rojos. Lo llevaba en la muñeca aquella noche. Mis hijas decían que era feo. Él se reía. Decía: es exacto, y la exactitud no es fea.
Apartaba los pedazos y en la cabeza tenía las cosas que me contaba. Me contaba que anoche Ronaldo había comido el pescado con el arroz, y había comido dos platos, y había dicho que el pequeño Marco había sacado 95 en matemáticas, y había dicho enséñame el cuaderno, y Marco había enseñado el cuaderno, y Ronaldo había dicho muy bien, y luego le había dicho que tenía que ponerse el jersey porque de noche en la escuela hace frío, y Marco lo había mirado y le había dicho papá yo no voy a la escuela de noche, y Ronaldo había dicho para todos hace frío de noche, y se había levantado a por la chaqueta. Aquella noche se había llevado la chaqueta. Yo no la había encontrado. Los bomberos no habían encontrado la chaqueta.
Encontré un Casio. Lo cogí. Le di la vuelta. Lo miré. Había una correa de plástico negra. Los dígitos eran rojos. Pero la correa tenía una hebilla distinta, una hebilla que no era la de Ronaldo, y detrás había un número de serie que no era el suyo. Su número de serie me lo sabía de memoria, porque cuando lo había comprado en marzo me lo había apuntado en el móvil para la garantía, y porque en ocho días había mirado mi nota en el móvil seiscientas veces.
Posé el Casio sobre la lona amarilla de los bomberos. Me limpié las manos en los vaqueros. Me dije: sigo. Me dije también: Ronaldo no está en este Casio, y probablemente no está en ningún Casio, porque probablemente Ronaldo está bajo el muro, y el muro es demasiado grande para mí, y el muro lo tienen que apartar los demás.
Entonces tuve un segundo de todo. Un segundo es poco. En un segundo entendí que podía seguir cavando durante días, y podía encontrar cien Casio que no eran el suyo, y cada vez que encontrara uno tendría que mirar el número de serie, y cada vez tendría que decirme sigo, y cada vez tendría que seguir. Y me dije: está bien. Volví a cavar.
Los bomberos de Davao no me habían visto. Estaban del otro lado. Oía el equipo del perro, la voz del adiestrador. El perro no venía a este lado. Los corrimientos de tierra en la ciudad son treinta y siete, las carreteras dañadas son cuarenta y cinco, los desplazados son trescientos cuarenta y seis mil, y los bomberos son los que son. No pueden estar en todas partes, y no soy yo quien tiene que decírselo. Solo tengo que seguir apartando los pedazos.
En cierto momento llegó mi cuñado. Me dijo: Marites, vente. Le dije: vete a casa, está Marco y está Joy, dales de comer. Me dijo: llevas aquí nueve horas. Le dije: sí. Me dijo: mañana vengo a buscarte. Le dije: bien. Se dio la vuelta. Se fue. Volví a empezar.
Empezó a llover a las seis de la tarde. Lluvia de Mindanao, la que dura siete minutos y se acaba. Me cubrí la cabeza con mi bolsa de la compra. Seguí. Aparté más pedazos. Encontré un zapato de mujer, talla 36, no mío, de nadie que conociera. Lo posé sobre la lona amarilla. Volví a empezar.
A las siete vino el barangay captain. Me dijo: señora, necesitamos la hoja del permiso. Le dije: la hoja del permiso la tengo. Me la miró. Me dijo: esta era para entrar a las nueve, son las siete de la tarde. Le dije: sí. Me dijo: tiene que irse a casa. Le dije: sí. Fui a pie hasta la entrada principal, devolví el pase. Ronaldo llevaba el reloj Casio en la muñeca, y lo lleva todavía, en algún sitio, bajo algún pedazo. Yo posé sobre la lona amarilla un Casio que no era el suyo, y un zapato de mujer que no era el mío, y un paquete de cigarrillos medio vacío que no era de nadie, porque Ronaldo no fumaba. Mañana vuelvo.