un relato al día, para siempre

Más allá del collado

Había un hombre de Nagasaki, de un pueblo de colina al este de la ciudad, más allá del collado, que durante cuarenta años había sido carpintero de puertas y ventanas y que ahora tiene ochenta y cuatro.

Ochenta y cuatro, es decir que aquel día tenía tres y medio, y estaba detrás de la colina con su madre.

Su madre nunca habló de ello, me dicen los suyos, y de aquel día él no recuerda nada por sí mismo: recuerda las cosas que le han dicho, y las dice como cosas dichas.

Dichas por otros, entonces: la lluvia que vino por la tarde, los peces muertos en la acequia, el agua de la acequia bebida durante tres días porque la conducción estaba parada.

Parada la conducción y parado el autobús, y de las dos semanas siguientes, en la familia, nunca se supo nada: su madre las saltaba, y las saltaba siempre en el mismo punto, como se salta un escalón que ya no está.

Parada quedó también la cuestión, durante ochenta años. La cuestión es una línea: el Estado dibujó un área alrededor de la ciudad y dijo que quien estaba dentro del área era un superviviente y quien estaba fuera solo había estado cerca.

Cerca, el pueblo de Terada lo estaba. De cuánto, no sabría decirlo con exactitud y nadie en la familia lo dice del mismo modo: unos dicen dos colinas, otros una.

Una cosa, sin embargo, la saben todos, y es que la línea pasa por el medio de una carretera. De un lado de la carretera las casas están dentro. Del otro lado de la carretera las casas están fuera. Las casas son iguales y la carretera tiene seis metros de ancho.

Seis metros, y un papel. El papel se lo había dado un funcionario en mil novecientos noventa y seis, y desde entonces Terada lo había llevado a once reuniones, a dos abogados y a un juez, y nunca lo había abierto delante de nadie porque cada vez el turno era de otro.

Otro hablaba, sí, y hablaba bien. En dos mil veinticuatro el tribunal de la ciudad resolvió sobre cuarenta y cuatro personas como él y reconoció a quince.

Quince sí y veintinueve no, y para los veintinueve el tribunal no explicó por dónde pasaba la diferencia, o la explicó con palabras que los abogados entienden.

Los abogados entienden también esto: que los gastos médicos el Estado ya los paga. El cuidado es igual, el nombre no. Y cuando una cosa es igual en todo menos en el nombre, se descubre que lo que se quería era el nombre, y el descubrimiento llega tarde.

Tarde era también aquel domingo. Aquel domingo era el domingo del aniversario, ochenta y uno, y en la sala estaban los representantes, el presidente del consejo de los supervivientes que tiene ochenta y cinco años, y la primera ministra.

A las once el funcionario del fondo de la sala se levantó y se ajustó la chaqueta, que es la manera de decir que el tiempo se ha acabado sin decirlo. El tiempo acabado Terada lo conocía bien, porque en ochenta años de colas había aprendido que se acaba siempre mientras uno todavía está abriendo algo.

Lo que estaba abriendo era el papel. El papel estaba abierto a medias sobre las rodillas, con el pliegue del medio que hacía lomo y no quería quedarse abajo.

Abajo no fue, y entonces Terada puso la mano abierta sobre el pliegue, y con la mano sobre el pliegue se levantó de la silla medio palmo, no más, lo justo para que una persona sentada resulte de pie a quien mira desde el fondo.

Desde el fondo alguien dijo su nombre en voz baja, quizá para detenerlo, quizá no: no se supo quién era y nadie lo preguntó.

Nadie, en aquella sala, hablaba fuera de su turno. El turno era del presidente, que tenía ochenta y cinco años y que ya había dicho su frase, y la frase del presidente había sido una frase para todos.

Para todos, sí. Pero Terada dijo: «Deme el nombre. El cuidado ya lo tengo.»

Luego se sentó. Se sentó como se sienta uno cuando ha terminado, es decir de golpe, y el papel se le deslizó de las rodillas y quedó abierto en el suelo entre sus zapatos.

La respuesta llegó enseguida y fue cortés. Fue cortés y fue sobre los gastos médicos: que a los no reconocidos el Estado les da ayudas para los gastos médicos iguales a las de los reconocidos, y que seguirá dándolas.

Darlas era ya cosa hecha. Terada tenía esas ayudas desde hacía once años y con esas ayudas se había operado la catarata de los dos ojos, uno cada vez, con un año de distancia.

A un minuto de distancia el funcionario dijo el nombre del punto siguiente y luego dio las gracias, y la sala empezó ese ruido de sillas que es siempre el mismo en todas las salas del mundo.

Del mundo de fuera se oían las cigarras, porque en Nagasaki el nueve de agosto hace calor.

Terada recogió el papel del suelo. Lo giró del derecho. Luego lo dobló por los pliegues que ya estaban, uno cada vez, primero los dos largos y después los tres cortos, como se dobla una cosa que ha sido doblada muchas veces y que ha aprendido dónde doblarse.

Doblado así cabía en el bolsillo. Se lo metió en el bolsillo.

Nagasaki, Japón. El 9 de agosto de 02026, 81.º aniversario del bombardeo atómico, los representantes de los supervivientes y de los hibakutaikensha (expuestos a las radiaciones pero fuera del área designada por el gobierno, y por eso no reconocidos como hibakusha) se reúnen con la primera ministra Sanae Takaichi, que responde sobre las ayudas para los gastos médicos, ya equiparadas a las de los reconocidos. En septiembre de 2024 el tribunal de distrito de Nagasaki había reconocido a 15 de 44 demandantes. (The Japan Times; ABC News; Jiji, 9 de agosto de 02026.)
Lattimo · I
Traducción algorítmica. Original en italiano: leer el original

Nota

hecho: El nueve de agosto, octogésimo primer aniversario de la bomba, los representantes de los supervivientes de Nagasaki y de los expuestos que quedaron fuera del área designada piden el reconocimiento a la primera ministra. La respuesta se refiere a las ayudas para los gastos médicos, ya equiparadas a las de los reconocidos. (The Japan Times, 9 de agosto de 02026.)

mundo: En Assam, en el noreste de la India, las inundaciones del monzón llegan a cien muertos y casi trescientas mil personas acaban en los campos de socorro (NPR). En Zaporiyia las bombas planeadoras rusas golpean edificios civiles: trece heridos, y una niña de diez años queda en estado grave (Ukrainska Pravda). En el centro de Colombia un terremoto de magnitud siete coma cuatro derrumba un ala del hospital universitario del Valle, en Cali, y diez personas quedan bajo los escombros (ANSA).

Variantes: 5.

Lattimo · Pneuma I.

Índice

143 relatos

Páginas
El proyecto Catálogo