A las veintitrés cincuenta Liudmyla pone el agua para el té en una olla que en marzo había limpiado con limón, porque Ivan, en una llamada de tres minutos desde el frente, le había dicho que la cal en las ollas era una de esas cosas que en casa nadie sabía resolver y que él, en la trinchera, había aprendido a resolver con limón, y Liudmyla, después de colgar, había ido a la despensa y había cogido el limón que guardaba para el té y lo había cortado por la mitad y había limpiado las tres ollas, una tras otra, mientras Saltivka abajo se vaciaba por enésima vez por una alarma; esta noche la olla sigue limpia, y el agua hierve como antes de las llamadas, como antes de la guerra, como antes de Ivan. La radio dice que la tregua empieza a medianoche. Liudmyla la apaga.
Se sienta a la mesa de la cocina. Delante de ella: el teléfono fijo. Es un Vef rojo de 1989, herencia de su madre, que había permanecido desconectado durante veintidós años en la despensa, detrás del mantel de las fiestas, y que ella había vuelto a poner en marcha en marzo, después de que Ivan, en otra de esas llamadas breves que ahora eran su vida, le hubiera dicho que en Saltivka el jamming ruso borraba la señal de los móviles durante horas enteras y que el fijo, aunque viejo, siempre cogía línea; el técnico había venido un sábado por la mañana, un chico bielorruso de treinta años que no había hecho preguntas, había mirado el hilo de cobre, había limpiado una conexión, había dicho que la línea seguía ahí, y se había ido sin pedir pago, diciendo solo que ahora sonaba, y en efecto había sonado, una vez, el primero de abril, y había sido un programa de teletienda desde Minsk. En la nevera, sujeto con un imán en forma de manzana, hay un papelito con el número de móvil de Ivan. Se lo sabe de memoria. Lo ha leído dos mil veces. Lo lee esta noche como se leen las oraciones, no para recordarlo, sino para tenerlo delante.
A medianoche y cero segundos marca el número.
Llama. Llama. Llama. Liudmyla mira su mano sobre la mesa. Está quieta. La mano no tiembla. Hace un mes, cuando la había llamado el comandante para decirle que Ivan había sido trasladado a una posición cerca de Kupiansk, la mano había temblado. Esta noche no. Esta noche es la mano de su madre, las manos que su madre ponía sobre la mesa antes de hablar de cosas que no se debían decir. Llama. Llama. Al quinto tono, alguien responde.
«¿Sí?»
Es una voz de mujer, joven, que dice «sí» en ruso, no en ucraniano. Liudmyla por un segundo, un segundo apenas, piensa que se ha equivocado al marcar. Luego entiende que no, es alguien del frente, una compañera que habla ruso como la mitad de Saltivka. La voz es joven, de unos veinte años, no adormilada, no asustada, simplemente una voz que contesta al teléfono. Liudmyla no ha preparado qué decir si respondía otra persona, porque Liudmyla durante tres semanas no había llamado. No por indiferencia. Había entendido a mediados de abril, una mañana cualquiera mientras planchaba una camisa que no era de nadie, que quería saber sin poder llamar, que quería el privilegio de ser la que se contiene, no la que recibe la llamada. Esta noche ha llamado, y ahora calla.
Cuelga. El Vef de 1989 tiene un peso que Liudmyla había olvidado; el auricular vuelve a la horquilla con el golpe sordo de un objeto que pesa, y Liudmyla se queda con la palma abierta sobre el auricular, como se queda uno con la palma abierta sobre una frente que ya no está caliente.
El teléfono suena.
Suena fuerte, porque el Vef de 1989 tiene un timbre mecánico, hecho de metal que golpea contra metal, un timbre que en Saltivka no se oía desde hacía décadas y que ahora, al primer minuto de la tregua, llena la cocina como un golpe de campana. Liudmyla descuelga al primer toque. Dice «sí» sin aire.
«Mamá, era Sasha. Ella tenía el teléfono en ese momento. Vio un número desconocido, pensó que era el comandante, respondió. Perdona.»
Liudmyla no habla. Oye la respiración de Ivan, y bajo la respiración de Ivan el rumor de algo que podría ser viento, o un dron, o nada. Ivan dice «¿Ma?». Ella no habla. Piensa que desde que le había dicho lo del limón no habían vuelto a oírse por cosas tan pequeñas. Piensa que la tregua no era para él, era para ella, para concederle tres minutos de línea, y que ahora que los tiene no sabe qué hacer con ellos. Ivan dice «Ma, ¿estás ahí?». Ella aprieta el auricular.
Desde la ventana de la cocina, en el sexto piso, al este, del este viene todo, no se ve nada. La ciudad está apagada. Ivan respira. Liudmyla no habla. Se queda con el Vef de 1989 apretado contra la oreja. Se queda. Se queda.
«Ma, ¿estás ahí?»
Liudmyla mira el papelito en la nevera. Lo lee por dos mil una veces.