El lingüista pulsó el botón y la voz de la mujer salió de la grabadora. Era una voz grave, con vocales largas que el odia no tiene, y consonantes aspiradas que el odia no aspira, y un ritmo que no era el ritmo de ninguna de las lenguas que el lingüista había oído en el distrito. La mujer estaba sentada en el porche de su casa con las manos en el regazo, las piernas cruzadas, la espalda contra el muro de barro. El muro tenía el color que toma el barro cuando se seca al sol durante años. La voz de la grabadora dijo una frase. La mujer escuchó la frase. La frase era su voz. El lingüista la había grabado dos horas antes, cuando la mujer dijo tres palabras en gorum antes de darse cuenta de que la grabadora estaba encendida. Tres palabras. Las primeras tres palabras gorum que el lingüista había recogido en aquel pueblo después de cuatro días de preguntas a las que todos habían respondido no. La mujer miró la grabadora. No miró al lingüista. Miró la caja negra en el suelo del porche. La caja negra emitía su voz. Su voz decía palabras que ella había dicho y que ahora negaba haber dicho. La boca de la mujer estaba cerrada. Los ojos miraban la grabadora con la atención de quien mira un objeto que no debería existir.
El lingüista se fue a las cuatro de la tarde. La mujer se quedó en el porche. La grabadora ya no estaba, el lingüista la había metido en la bolsa, pero el sitio donde había estado la grabadora seguía allí, un rectángulo de suelo ligeramente más limpio donde el polvo no se había depositado. La mujer miró el rectángulo. Los niños de la casa de al lado jugaban en el patio y sus voces eran en odia y las voces de los niños en odia llenaban el espacio donde dos horas antes la voz de la mujer en gorum había salido de la grabadora. La nieta salió de la casa y preguntó algo a la abuela. Preguntó en odia. La mujer respondió en odia. La nieta tenía once años y no sabía que la abuela hablaba otra lengua y no lo sabría porque la abuela no se lo diría y las otras mujeres del pueblo no se lo dirían y el gorum permanecería en la boca de las personas que lo negaban hasta que las personas que lo negaban dejaran de existir.
El lingüista había llegado al pueblo el lunes con una bolsa, una grabadora, un consentimiento informado traducido al odia y una lista de once nombres. Los nombres eran los que el jefe del pueblo había señalado como hablantes de gorum. Once personas mayores de cincuenta años. Once personas que según el jefe del pueblo conocían una lengua que nadie menor de treinta hablaba ya y que nadie menor de cincuenta admitía hablar. El lingüista había llamado a once puertas. En cada puerta había hecho la misma pregunta: ¿usted habla gorum? En cada puerta la respuesta había sido la misma: no. El no era en odia. El no era amable. El no era la respuesta correcta en la lengua correcta, la lengua que funcionaba, la lengua que abría las puertas de la oficina del distrito, de la escuela, del hospital, del mercado. El gorum no abría ninguna puerta. El gorum era la lengua de los viejos y la lengua de los viejos era la lengua de un lugar que ya no existía, un lugar donde el arroz se llamaba con un sonido diferente, la lluvia se llamaba con un sonido diferente, el mañana se llamaba con un sonido que el odia no tenía y que quizá contenía un significado que el odia no contenía. El lingüista había esperado. Había hablado del tiempo, de la cosecha, de los hijos. Había esperado cuatro días a que alguien dijera una palabra. Al tercer día, la mujer de la lista dijo tres palabras. Las dijo sin pensar, como se dice algo en la lengua que se habla cuando no se piensa, la lengua que está debajo de la lengua que se ha decidido hablar. Las tres palabras eran el nombre de un árbol, el verbo llover y la palabra para decir mañana. La grabadora estaba encendida. El lingüista no la había encendido en ese momento: estaba encendida desde hacía una hora porque el lingüista mantenía la grabadora encendida todo el día con la esperanza de capturar las palabras que salen sin permiso.
Por la noche la mujer estaba sentada delante de la casa con la vecina. La vecina tenía la misma edad y el mismo rostro que tienen las mujeres que han trabajado la tierra toda la vida y a las que el sol ha trabajado toda la vida. Hablaban en odia. Hablaban del arroz y de la lluvia y del hijo de la vecina que se había ido a Berhampur a trabajar. En un momento la vecina dijo una palabra. La palabra no era odia. La mujer la reconoció. La mujer respondió con otra palabra. Las dos palabras eran gorum. Ninguna de las dos lo dijo. La conversación siguió en odia como si las dos palabras no hubieran sido dichas. Pero las dos palabras habían sido dichas y el aire de la noche las había tomado y las había llevado más allá del patio, más allá del tejado, más allá de la colina donde crecía el árbol cuyo nombre la mujer conocía en gorum y no lo decía. Ninguna grabadora las había grabado. Ningún archivo las conservaría. Ningún servidor en Berlín les daría un número de catálogo. Las dos palabras existirían solo en la memoria de las dos mujeres, en la noche, en el aire, en el tiempo que les quedaba a las dos mujeres, a la noche, al aire.
La lengua gorum, familia munda, es hablada en el distrito de Koraput, Odisha, India, por unas doce mil personas. Nadie menor de treinta la habla. Quien la conoce niega conocerla. Living Tongues Institute; archivos OpenSpeaks, Wikimedia, marzo de 2026.
Cristallo · I