La mina de El Teniente, que se hunde en la cordillera sobre Machalí a más de dos mil metros y que es la mayor mina de cobre subterránea del mundo, con sus mil cuatrocientos kilómetros de galerías excavados en más de un siglo desde que el campamento de Sewell se aferraba a la montaña como una ciudad de madera pintada, es una montaña que los hombres han vaciado por dentro; y Sergio Tapia, que llevaba diecinueve años trabajando en ella y que el jueves por la noche había subido con el relevo del cambio de turno mientras los seis de la sección Andesita bajaban a ocupar su puesto, eso lo sabía antes de decírselo a la comisión, lo sabía del modo en que lo saben los mineros, no con las palabras sino con la espalda, porque una montaña vaciada empuja por volver a llenarse, y tarde o temprano el vacío que le has hecho por dentro te lo devuelve.
Ante la comisión técnica, reunida en Rancagua en el edificio de Codelco con los geólogos y los abogados y un sismógrafo impreso en un rollo de papel, Sergio declaró después que el golpe no había sido un terremoto, o mejor dicho: que el sismo de magnitud cuatro coma dos registrado aquella noche no había venido de la falla, había venido de ellos, de la excavación, del mismo método de block caving con el que se hace desmoronar el mineral sobre sí mismo para no tener que arrancarlo a mano, que es el método que hace de El Teniente lo que es, el cobre que baja al puerto de San Antonio y de ahí a China, el cobre que paga las escuelas de Machalí y los sueldos y las pensiones y los buses que suben la carretera de las setenta curvas; y la montaña, que de ese cobre está hecha, en cierto momento la presión que le habían quitado se la reapropió en un instante, en un temblor que en la jerga se llama estallido de roca, una explosión al revés, la roca que implota en el vacío que le has dejado.
Quien nunca ha estado dentro de El Teniente no sabe que no es un agujero sino una ciudad invertida, con sus calles que tienen nombre (Teniente 8, Teniente Sub 6, la rampa Esmeralda), sus turnos que se cuentan en relevos y no en horas, sus vehículos que bajan por la rampa en espiral como se baja a un puerto, y su casino, y la casa de cambio, y las capillas excavadas en la roca con la Virgen del Socavón que los mineros saludan al bajar; una ciudad que el primero de octubre celebra a sus muertos de un siglo, los tres mil y pico de hombres que la montaña se ha quedado desde que un ingeniero norteamericano, a comienzos del siglo XX, dijo que allí abajo había más cobre que en cualquier otro punto de la cordillera y tenía razón, y se equivocaba solo en el precio, que no era en dólares. Sergio había empezado allí a los diecinueve años, como su padre en Sewell cuando Sewell aún estaba habitada y los niños iban a la escuela entre los tubos del vapor; y en diecinueve años había aprendido que la montaña no hace ruido cuando decide, o mejor dicho hace un solo ruido, una vez, y quien lo oye lo cuenta, y quien no lo cuenta es porque estaba debajo.
Antes de decirlo, Sergio se quedó quieto con las manos sobre la mesa, y los abogados esperaban, porque decir esto en aquella sala no era describir un accidente, era decir que la sección Andesita se podía prever, que los sensores algo habían marcado, que el vacío había sido calculado y el cálculo tenía un margen y el margen aquella noche había quedado debajo de seis hombres; y él podía describir solo el ruido y el polvo y el turno, como le convenía, como le convenía a la mina que da pan a toda la provincia, o bien podía decir la palabra que tenía en la garganta. La dijo. Dijo: fue la extracción. No la naturaleza, la extracción. Lo hizo constar en acta, según el registro, a las seis y diez de la tarde, y firmó.
Y después de haberlo dicho, mientras lo acompañaban afuera y los periodistas esperaban en la explanada con las cámaras y la tarde caía sobre la cordillera volviendo violeta la nieve alta, Sergio no pensó en la comisión ni en la palabra, pensó en el vestuario de la sección, que ellos llaman la casa de cambio, donde cada hombre tiene su casillero de chapa con el candado y dentro las cosas de la vida de afuera, y pensó que en uno de esos casilleros, el número de uno de los seis, el del muchacho de Coya que tenía a la hija que se casaba en noviembre, había quedado el termo verde del agua de menta que la madre le preparaba, un termo de plástico viejo con el nombre mal grabado en el fondo con la punta de un clavo, apoyado en la repisa de hierro donde lo había dejado al bajar, todavía tibio probablemente aquella noche, frío ahora, que guardaba dentro el agua de una madre que aún no sabía, un termo que nadie había abierto y que nadie abriría, cerrado allí sobre su repisa en el vientre de la montaña que se había quedado con lo que le habían quitado, y que de todo ese cobre, de todo ese siglo, de todos esos kilómetros, ahora apretaba, en el fondo, solo eso.
hecho: En Chile un sismo de probable origen minero provoca el derrumbe de una sección de la mina de cobre de El Teniente, la mayor del mundo en extracción subterránea: seis mineros mueren y la empresa abre una investigación técnica. (mining.com.)
mundo: En Yemen las fuerzas hutíes lanzan una ofensiva sobre Hodeida con francotiradores, drones y artillería, y se cuentan decenas de muertos (Al Jazeera). En Nigeria las crecidas del río Níger arrasan Mokwa y dejan cientos de desaparecidos, mientras la agencia hidrológica advierte que dieciocho millones de personas están expuestas a las inundaciones (Vanguard). En Bengaluru casi doscientos barrenderos se cruzan de brazos por meses de salarios atrasados (World Socialist Web Site).
Variantes: 5.
Calcedonio · Pneuma I.
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