El bolígrafo era negro, con capuchón, estaba en el bolso junto con el formulario doblado en tres, traído de casa porque los del mostrador los tienen atados a la cadenita, que es corta, y hasta la última línea al pie de la página no llegan, o llegan torcidos (la mujer que había pasado antes, en el mostrador lateral, sostenía la hoja de través, el codo levantado, y escribía igual).
El formulario estaba relleno entero, en letra de imprenta, las letras separadas y todas de la misma altura, apellido, nombre, dirección, condado, la línea de la nación, la línea de quien debía recibir los restos, y quedaba un rectángulo, el cuarto desde arriba, ancho de medio dedo y largo de tres palabras, con encima, en cuerpo menor, «relación de parentesco con el difunto».
Dentro del rectángulo había una palabra borrada, a la que la goma había quitado el grafito y dejado el papel erizado, más claro en el medio, gris en los bordes, y a contraluz los trazos de las letras seguían en su sitio, porque el lápiz se quita mal, la tinta no se quita, y por eso en casa lo había probado a lápiz.
La fila avanzó un paso y las suelas de goma hicieron sobre el linóleo el ruido que hacen cuando la gente se desplaza sin levantar los pies, y delante de ella quedaban un hombre con un sobre amarillo, una mujer que sostenía la hoja contra el pecho con las dos manos.
En el formulario pasaba la «descendencia directa documentada», que en la contabilidad de la oficina quiere decir una línea que baja de un nombre a otro nombre y que se sigue en un papel, padre, hijo, hija, nieto; para todo lo demás estaba la escala de los grados, con el número que crece a medida que uno se aleja, y la abuela de Irene era hermana de la madre de él, lo que en la escala hacía cuatro palabras. En casa hacía una sola palabra, y la palabra no era una aproximación cariñosa, no era un decir de los viejos, no era una gentileza hecha a un niño que no volvía: era el nombre con el que lo habían llamado en aquella casa mientras hubo alguien que lo llamara.
El aviso había salido en mayo en el boletín federal donde salen estas cosas, con la lista de los doce, las fechas de muerte, la más antigua de 1879, y las operaciones iban del primero de septiembre al doce de octubre, que es el día en que los hombres vuelven a cerrar la tierra (el año anterior el periódico del condado había publicado las fotografías: la lona verde sobre cuatro postes, la tierra levantada en un montón ordenado junto a la fosa, dos militares quietos con las manos delante), y después venía el año que viene, «si no entra en esta no entra».
Desde hacía ochenta años traducía en el umbral: la palabra justa dentro de casa, la palabra que pasa fuera, y ninguna de las dos había necesitado nunca de la otra, mientras que el rectángulo quería una sola, de su mano, que se quedara; y de las dos manos con las que escribía, aprendidas de personas distintas, una sola iba en los formularios, porque en letra de imprenta las letras están separadas, sin tocarse, y cualquiera las lee, mientras que en cursiva se sostienen; el mostrador cerraba a las cuatro.
El registro giró noventa grados sobre el laminado del mostrador con el ruido plano de la cubierta de tela, el ruido de una cosa pesada dejada delante de alguien para que la mire, y el oficial apoyó encima la palma abierta en el punto exacto por donde corría la columna de los nombres, de modo que de toda la página quedara descubierta solo la franja de la derecha, aquella donde una mano de oficinista había escrito línea por línea «padre», «madre», «tío», «ninguno», con la caligrafía inclinada que se enseñaba entonces, igual durante páginas enteras porque era una sola mano, la mano de un hombre que a esas personas no las había visto nunca y que sin embargo había tenido que decidir, en una tarde de oficina, de qué modo estaban juntas.
«Este lo abro una sola vez.»
La palma se quedó donde estaba.
Bajo aquella palma los nombres estaban todos, sin modo de leerlos; sobre la palma quedaba la contabilidad, una casilla para cada uno, ancha como una sola palabra, y la casilla que Irene tenía delante en el formulario era ancha igual, la misma línea, el mismo sitio para la mano, «si la casilla es ancha igual quiere decir que la pregunta es la misma», impresa por la misma oficina a un siglo de distancia; y las cuatro palabras que pasaban estaban listas desde hacía meses, o mejor, estaban listas desde que había retirado el formulario, «prima en tercer grado», cuatro palabras que en el rectángulo entraban cómodas y que de aquel niño no decían nada.
Escribió encima de la mancha.
Siete letras en letra de imprenta, separadas, todas de la misma altura, y la punta agarró el papel raspado por la goma y se corrió en la primera, de modo que la S quedó más ancha que las otras, y debajo de las letras nuevas la palabra de antes seguía estando ahí a contraluz.
Tampoco ella levantó la cabeza.
El oficial giró el formulario hacia sí, lo leyó de arriba abajo sin detenerse en la cuarta línea, no dijo nada, y en lugar de dejarlo encima de los otros, en la pila de la izquierda crecida toda la mañana con hojas idénticas a esta, «esos pasan», lo cogió por la esquina con dos dedos y lo puso a la derecha, en el estante donde no había nada más, solo, con encima el sello de latón porque el ventilador giraba.
Le tendió el recibo.
El recibo tenía un número, una fecha y la línea para el nombre del «solicitante», que estaba rellena, porque esa parte nunca le había dado problemas a nadie.
Detrás, la fila se movió un paso y un sobre amarillo bajó sobre el laminado junto a su codo, el hombre dijo buenos días, el oficial contestó y tiró de la hoja hacia sí.
Irene se apartó a un lado con el bolígrafo todavía en la mano, porque no había nada que devolver: los del mostrador estaban atados a la cadenita, el suyo había venido con ella.
Volvió a poner el capuchón.
hecho: En Carlisle, Pensilvania, el ejército de los Estados Unidos exhuma del cementerio del cuartel a doce alumnos nativos muertos en el internado indio entre 1879 y 1918, y los devuelve a las familias y a las naciones que los han pedido. Las operaciones van del primero de septiembre al doce de octubre: es la novena campaña. (Alaska Beacon, 3 de septiembre de 02026; Federal Register, 28 de mayo de 02026.)
mundo: En la zona económica especial de Sei Mangkei, en Simalungun, tres soldadores mueren el tres de septiembre al arrojarse desde el sexto piso de una fábrica de jabón en llamas (Xinhua). En Túnez los periodistas se manifiestan ante el tribunal que interroga al director del sitio de investigación Al-Qatiba, detenido por blanqueo (Reuters). La policía alemana detiene en Weisweiler a un hombre de cuarenta y ocho años con explosivos, sospechoso de los ataques a la red eléctrica (Washington Times).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma II.
186 relatos