El horario nuevo estaba colgado en la cochera desde el lunes, dentro de una funda de plástico sujeta al panel con dos chinchetas, y no era una comunicación ni una carta ni nada que llevara una firma debajo, era un folio A4 con la tabla, donde el diecinueve estaba tachado con una sola raya, tirada a mano y torcida hacia abajo, y donde debajo estaba el cuatro prolongado, cada hora, de lunes a sábado, Swadlincote-Ashby, que es el tramo donde la gente sube de verdad, y que Denise había leído dos veces, la segunda para buscar en él los dos nombres que en la primera no había encontrado, y en la segunda tampoco los encontró, no porque se le hubieran escapado, sino porque no estaban, y porque un horario, a diferencia de una carta, no necesita decir lo que quita: le basta con no nombrarlo, y Denise en efecto había ido a sacar el coche como se va a sacar el coche.
La petición había pasado por la tienda de Overseal el miércoles, abierta por un chico que coge el diecinueve para ir a clase y que, teniendo veintitrés años, había hecho lo que se hace a los veintitrés años, es decir, escribir por entero, en lo alto del folio, la razón por la que una línea sirve (y debajo, con una letra más pequeña y más apretada, como si la segunda parte le hubiera venido después, con el folio ya apoyado en el mostrador y el bolígrafo atado con un cordel, la lista de las cosas para las que sirve: la escuela, el trabajo, el hospital de Burton, y última, sin ninguna explicación al lado, la palabra cementerio).
Denise la había visto debajo del bote de los caramelos, con doce nombres y todo lo demás en blanco, y no la había firmado, que es una cosa distinta de haber decidido no firmarla.
En el salpicadero hay una bandejita hecha con una caja de tornillos, con las monedas separadas por valor, y están ahí porque durante once años en el diecinueve ha hecho billetes a mano a gente que paga en efectivo, lo cual en el tramo fuerte, donde suben con la aplicación, ya casi no ocurre.
Las dos que esperan en la parada bajo el pino se llaman Pat y Marjorie, y los martes van juntas a Swadlincote y vuelven en el de las dieciséis y diez, que es el de Denise, y hace once años que es así, y ninguna de las dos ha tenido nunca necesidad de decírselo a nadie, porque ninguna de las dos conduce, lo cual en un pueblo de cuatrocientas casas no es una información sino una condición.
El regulador, que se llama Simon y que no es mala persona y que aquel lunes había hablado con el folio en la mano y con la voz de quien ya ha respondido a esta objeción en otra parte, había dicho la frase que es verdadera, es decir que con las mismas horas de conducción el cuatro lleva más gente que el diecinueve, y que quien quiera el desvío tiene que decir qué expedición se quita para pagarlo; y nadie le había respondido, no por temor y no por acuerdo, sino porque esa frase, en los números en que está escrita, no tiene respuesta.
En los cuatrocientos metros que separan el cartel de Grangewood del desvío hacia Netherseal, carretera recta, seto alto a la izquierda, campo arado a la derecha, que a cuarenta y ocho millas por hora se consumen en poco más de medio minuto, Denise miró el reloj del salpicadero, que marcaba cuatro minutos más de los que habría debido marcar; miró el retrovisor, donde no había nadie; miró delante, donde en la parada bajo el pino había dos figuras quietas, una con la bolsa de la compra dejada en el suelo, la otra de pie con los brazos cruzados, en la postura de quien espera desde antes; y mientras las miraba hizo la cuenta que hacía desde hacía once años sin tener que hacerla, que la vuelta por los dos pueblos costaba doce minutos, que doce minutos eran el enlace perdido en Ashby, que el enlace perdido en Ashby, en la semana en que el regulador miraba los tiempos para los turnos de septiembre, no era un retraso sino una línea escrita al lado de su nombre; y luego, sin haber terminado la cuenta, o mejor habiéndola terminado y habiéndola guardado como se guarda una cuenta que sale, puso el intermitente.
El tic-tac arrancó. Llenó la cabina.
Redujo a tercera, que en ese cruce es obligatorio porque la curva es ciega, y tomó el desvío, y en el retrovisor la principal siguió recta como una cosa que se ha decidido no hacer, no porque fuera errónea ni porque fuera cómoda, sino porque aquel lunes, delante del folio del horario nuevo, por primera vez en once años se le había ocurrido pensar que ir en hora y servir para algo eran dos medidas que alguien, en alguna parte, había dejado de tomar juntas.
Pat recogió la bolsa antes incluso de que el autobús se parara.
Subieron sin decir nada de la parada, como se sube a un vehículo que pasa siempre, que es el modo en que se sube a los vehículos que están a punto de no pasar más, Marjorie delante agarrándose a la barra con las dos manos, Pat detrás con la bolsa que le golpeaba la rodilla, y lo único que se dijo fue que era tarde, primero Pat y luego Denise como confirmación, dos palabras en total, suficientes para las tres.
La vuelta por los dos pueblos duró los doce minutos que dura, con la parada delante de la iglesia de Netherseal donde no subió nadie y donde el coche se queda igualmente sus veinte segundos; luego el intermitente se apagó solo a la salida de la última curva, y en la cabina ya no hubo nada que oír, que en la principal, a esa hora, es un silencio que dura mucho más de lo que duran seis millas.
En Ashby el enlace para Leicester había salido hacía tres minutos y todavía se veía, al fondo, en la rotonda.
Denise escribió el retraso en la hoja de servicio, y en el apartado de la causa, donde en once años no había escrito nunca nada, escribió desvío servido.
Luego apagó el motor, se inclinó hacia delante y quitó la tira de velcro de la palanca de cambios.
hecho: En South Derbyshire la línea diecinueve entre Swadlincote y Ashby-de-la-Zouch cierra el veinte de agosto y es sustituida por un servicio cada hora en el tramo principal; para Netherseal y Overseal, que no tienen otra cosa, la sustitución no pasa. (Ashby Nub News, agosto de 02026.)
mundo: El tifón Dolphin toca tierra en Yuhuan, en Zhejiang, y más de un millón de personas dejan su casa entre Wenzhou, Taizhou y Shanghái (Al Jazeera). En Filipinas el monzón inunda Nueva Ecija y Olongapo y manda a casi seiscientas cuarenta personas a los centros de evacuación (GMA News). En Hyderabad estudiantes y activistas piden la excarcelación de los obreros de Noida, detenidos desde hace cuatro meses tras un conflicto salarial (Siasat).
Variantes: 5.
Filigrana · Pneuma I.
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