Aquella noche estaba respondiendo a Daniel Vermeulen, padre de tres hijos en Johannesburgo, y Daniel acababa de escribir «¿me jura que no es una estafa?», y yo estaba escribiendo la respuesta que me habían enseñado el primer día, la respuesta que decía «por supuesto, las verificaciones del wallet ya las hizo esta mañana el equipo legal, la documentación le llegará por correo electrónico antes de las 18:00 hora de Johannesburgo, atentamente Sara».
Eran las dos y catorce de la noche y en la habitación había otras cinco estaciones y tres rumanos dormían sobre colchonetas en un rincón porque era su turno de descanso, y yo bebía un Yakult tibio que estaba ahí desde hacía ocho horas, y la habitación apestaba a plástico caliente y a fritura que Yi-jin había subido del séptimo piso a las nueve de la noche, y Yi-jin era la jefa de turno y tenía veintinueve años y era de la provincia de Henan y hablaba un mandarín del norte que siempre me parecía estridente, y el mandarín lo había aprendido en el trabajo, porque en Vietnam hablaba sólo vietnamita y francés de escuela y un inglés de turismo, y el mandarín me lo había enseñado en tres meses una mujer de Phnom Penh que se llamaba Mai y a la que desde entonces no había vuelto a ver.
Había llegado a aquel edificio diez meses antes. Tenía veintiséis años. Mi padre era albañil en Bắc Giang. Mi madre cosía camisas en casa. Yo había estudiado dos años de administración en Hà Nội y luego me había detenido porque el dinero no alcanzaba. Había encontrado el post en Telegram que buscaba chicas para un «customer service en camboya» con «alojamiento incluido y mil dólares al mes», y había pensado que mil dólares al mes en Camboya eran dos meses del sueldo de mi padre, y había dicho que sí.
El viaje había sido Hà Nội-Phnom Penh-Manila y en Manila alguien me había quitado el pasaporte, y yo había dicho «perdone» en inglés y me habían respondido «zhànghào», que era el número de cuenta, y en ese momento había entendido que había firmado algo que no era lo que creía, y me habían llevado en coche a Angeles City y me habían hecho subir al sexto piso del edificio, y me habían dicho que mi deuda de viaje era de cinco mil dólares y que la pagaría trabajando, y yo había dicho que sí, porque decir que no en aquella habitación no era una opción que jamás hubiera considerado.
El quinto piso tenía rejas soldadas a las ventanas. El sexto no. En febrero una compañera vietnamita de Hải Phòng se había arrojado del sexto piso. Se llamaba Trang. Tenía veintidós años. La dirección había mantenido las ventanas del sexto cerradas durante dos semanas y luego las había abierto de nuevo porque el calor no se podía respirar, y nadie se arrojaba más, porque nadie era lo bastante nuevo para no saber lo que significaba arrojarse del sexto piso.
Daniel Vermeulen tenía cuarenta y siete años y tres hijos. Estaba en jubilación anticipada de una empresa de logística del puerto de Durban. Había vendido la casa de su abuela dos semanas antes, me había dicho, porque se mudaba a una más pequeña, y con la diferencia ahora tenía cuarenta y ocho mil dólares más en la cuenta, y quería ponerlos en una inversión que le rindiera el ocho por ciento al mes. Ocho por ciento al mes era una cifra que ningún banco del mundo ofrecía, y yo lo sabía, y Daniel quizá lo sabía pero no quería saberlo.
Había escrito la respuesta. Decía «por supuesto, puede confiar al cien por cien», y luego toda la cosa del wallet y del equipo legal y de la documentación, y el dedo estaba sobre la tecla ENVIAR, y en ese momento oí los pasos en el pasillo y a Yi-jin que gritaba en mandarín del norte «¡BI! ¡BI!», y luego el primer golpe en la puerta blindada del piso.
Conté. Tenía once segundos antes de que la puerta cediera, quizá. Borré todo el mensaje escrito. La barra del texto estaba vacía. Escribí una sola palabra. Huya. Pulsé ENVIAR.
Después hice una cosa que el primer día me habían dicho que nunca hiciera. Hice una captura de pantalla de la conversación. La abrí en la galería. Escribí a Daniel, desde mi cuenta Sara, escribí: «no he enviado. Soy Linh, tengo veintisiete años, dígale al consulado vietnamita de Manila que estoy en el sexto piso del edificio Diosdado, Angeles City, Pampanga». Pulsé ENVIAR.
La puerta cedió al tercer golpe. Los rumanos se escondieron debajo del mostrador. Yi-jin desapareció por la puerta de atrás. Yo no me escondí. Puse el teléfono en el mostrador con la pantalla hacia arriba. Las esposas eran de plástico, color lavanda. Me leyeron mis derechos en inglés y en tagalo, una mujer del BI con un chaleco antibalas dos tallas más grande, y luego me preguntaron cómo me llamaba, y yo dije Lê Thị Linh, y la mujer asintió, y escribió mi nombre en una hoja.
Cuando salí de la habitación, el teléfono seguía sobre el mostrador. La pantalla mostraba la conversación de Daniel. Los tres puntos azules de su respuesta latían al pie del chat. Latían. Latían. Después no latían más.