Wabuka llega a Bunia en moto desde Mongbwalu a las cuatro de la tarde. Ochenta kilómetros de pista de tierra. Ha conducido sin parar. La camisa se le pega a la espalda.
En el patio está su cuñada Béatrice. Sostiene la mano de su hijo pequeño, Olivier, siete años. Señala con la barbilla la habitación de atrás.
«Lo trajeron esta mañana», dice.
«Lo sé.»
«El ataúd ya está aquí.»
Wabuka entra en la habitación. El ataúd descansa sobre dos caballetes de madera pintada de rojo. Es de contrachapado gris. Los bordes no están alisados. Se ven los puntos donde la sierra ha dejado los dientes. Una etiqueta del hospital está pegada en el lado largo, en francés y en lingala: NE PAS OUVRIR.
Wabuka sale al patio.
«¿Quién lo trajo?»
«El hospital. Ahora lo dan ellos. Dijeron que era el protocolo.»
«Qué protocolo.»
«No lo sé, Wabuka. Mukoso murió esta noche a las dos. Me llamaron a las seis. Cuando llegué ya estaba en el ataúd.»
Wabuka se lava las manos con agua del bidón. Olivier lo mira.
«Tío Wabuka, dónde está papá.»
«Papá está en la habitación de atrás, Olivier.»
«Puedo verlo.»
«No.»
A las cinco llega su primo Léon. Léon es sastre. Cosió los trajes del hermano de Mukoso para tres bodas familiares. Mira el ataúd. Toca la madera con dos dedos.
«Este no es un ataúd para enterrar a un Banande», dice.
Wabuka no responde.
«Vamos a casa de Mukatama», dice Léon. «Mukatama hace los ataúdes de sangwa para la parroquia. Ciento ochenta dólares. Se hace en dos horas.»
«Sellado», dice Wabuka. «Dice sellado.»
«Sellado quiere decir que tenemos que abrirlo.»
Wabuka mira a la cuñada. Béatrice no mira a nadie.
«Vamos», dice Wabuka.
Van a casa de Mukatama en moto. El ataúd nuevo es de madera dura, oscura, con cuatro asas de latón. Mukatama dice que conoció a Mukoso en el funeral de su madre, en 2019. Cobra cien dólares ahora y ochenta tras el entierro. Cargan el ataúd en la caja de la moto de Léon y vuelven al patio.
A las nueve de la noche comen poco. Pan de mandioca, alubias, dos cervezas Primus. Olivier se duerme en la estera junto a su madre. Léon dice que ha traído también las velas y el aceite para el cuerpo, porque los parientes querrán tocarlo uno a uno, mañana en el funeral.
«Aquí se tocan los muertos», dice Léon. «No como en Kinshasa.»
«Se tocan los muertos», dice Wabuka.
A las diez Léon sale. Volverá al día siguiente a las seis.
Béatrice está sentada en una silla de plástico junto a la puerta de la habitación de atrás. No se levanta. No habla. Wabuka entra.
El ataúd de contrachapado está donde lo había dejado. Wabuka pone las manos en la tapa. La tapa no está clavada, sólo apoyada con cuatro tornillos. Wabuka coge el destornillador del bolsillo trasero del pantalón. Los desatornilla.
En la cara interna de la tapa hay una inscripción. Rotulador azul indeleble, letra grande, en francés. Cuatro líneas.
NE PAS OUVRIR.
HÔPITAL GÉNÉRAL DE BUNIA.
PROTOCOLE SUSPECT FHV.
DR. KAMBALE — 5/05.
Wabuka lo lee una vez. Lo lee una segunda vez. FHV: no sabe qué significa. Piensa: fiebre. Piensa: virus. Piensa: protocolo. Piensa que el doctor Kambale es el joven que vio a la hermana de Béatrice el año pasado.
Béatrice está de pie en el umbral.
«Qué pone.»
«Nada. Pone que no se abra.»
«Lo habías dicho.»
«Sí.»
Wabuka mira al hermano. Mukoso tiene los ojos cerrados. Los labios apretados. Una gasa blanca en el cuello, fijada con dos esparadrapos. La piel es amarilla. Las manos están cruzadas sobre el pecho.
Wabuka piensa que no había estado en Bunia por la fiebre de Mukoso. Se lo había dicho por teléfono: voy la próxima semana. Tres veces. La próxima semana luego se había convertido en el funeral.
Pone las manos bajo las axilas del hermano. Levanta. Mukoso es más ligero de lo que recordaba. Lo traslada del ataúd de contrachapado al de madera dura que Léon ha traído dentro media hora antes. Béatrice lo ayuda a colocar los pies. La gasa del cuello se mueve. Wabuka la vuelve a poner en su sitio.
Saca el rotulador azul de la tapa del ataúd viejo. Se había despegado a medias por la presión de los tornillos.
«Me lo llevo», dice. «Para escribir el nombre en el ataúd nuevo, mañana.»
Lo mete en el bolsillo interior de la cazadora.
Atornillan la tapa del ataúd nuevo. Dejan el de contrachapado en el suelo contra la pared. Béatrice trae agua para lavarse las manos. Se lavan las manos.
A las once y media Wabuka sale al patio. Olivier duerme. Léon ha dejado una bolsa de velas junto a la puerta. La luna está alta.
Wabuka piensa que mañana al funeral vendrán al menos setenta personas. El hermano tenía ocho hermanos vivos, once primos hermanos, una red de clientes que le habían encargado bancos para la iglesia. Vendrán todos.
Piensa que Mukatama dirá que el ataúd nuevo es el más bonito que ha hecho nunca. Piensa que Béatrice se lo agradecerá. Piensa que Mukoso, si lo viera ahora, le diría: bien hecho, sabía que vendrías.
Piensa que lo ha levantado con las manos desnudas.
Tres semanas después, el veintiséis de mayo, Wabuka hace cola en el centro de triaje Ebola de Mongbwalu, en la carretera del viejo cementerio. Delante de él hay dieciocho personas. Detrás, treinta y dos. Casi todos son del pueblo de Mukoso y de la familia de Béatrice.
Léon murió ayer al amanecer.
Béatrice está en coma en el hospital de Bunia.
Olivier dio negativo en la primera prueba, y lo enviaron con la abuela a un pueblo de Beni donde aún no lo saben.
Wabuka no siente el brazo izquierdo desde esta mañana.
Bajo el brazo derecho lleva un paquete. Lo abre para el triaje, cuando le llega el turno. Dentro hay: el documento de identidad, un sobre con doscientos dólares para el tratamiento, un pañuelo limpio, y el rotulador azul indeleble de la tapa del ataúd de Bunia.
Se lo había metido en el bolsillo para escribir el nombre del hermano en el ataúd nuevo.
No lo había hecho. En el ataúd nuevo, al final, el nombre lo había escrito Mukatama, a buril, con su letra de sastre.
Wabuka saca el rotulador. Lo mira. La punta sigue intacta. La tinta no se ha secado. Lo vuelve a meter en el paquete.
La enfermera del triaje le toma la temperatura. Treinta y nueve y dos. Lo deja entrar en la tienda amarilla. Dentro, sobre la mesa de admisión, hay una caja de rotuladores negros para escribir los nombres en las pulseras de los pacientes.