La investigadora llegó a Uvira en marzo. Venía por el informe. El informe saldría en mayo. En marzo era todavía algo por hacer, y lo que había que hacer era esto: hablar con las personas, una por una, y escribir lo que decían.
La mujer la recibió en su casa, en la habitación delantera, la que tenía la puerta que daba a la calle. La puerta era de madera, con un cerrojo de hierro que se corría desde dentro. La investigadora se sentó a la mesa. Abrió un cuaderno. Puso el cuaderno sobre la mesa y un bolígrafo junto al cuaderno. Dijo que la mujer podía detenerse cuando quisiera. Dijo que podía no responder a una pregunta y pasar a la siguiente.
La mujer ofreció algo de beber. La investigadora aceptó. Ese era el comienzo, y el comienzo había que hacerlo en ese orden.
Luego la investigadora empezó por las fechas. Las fechas eran fijas, ya las tenía de otras entrevistas. Las fuerzas del M23 y los soldados ruandeses habían entrado en Uvira el diez de diciembre. Habían permanecido hasta el diecisiete de enero. Treinta y ocho días. Durante esos días, en el barrio de la mujer, los combatientes habían ido casa por casa. Llamaban. Preguntaban por los hombres y los jóvenes. Decían que buscaban a quienes tuvieran vínculos con las milicias que estaban del lado del gobierno.
La investigadora explicó cómo funcionaba el informe. Serían veintitrés páginas. Detrás de las veintitrés páginas había ciento veinte entrevistas, y la de la mujer era una de las ciento veinte. El informe contaría tres cosas: las personas ejecutadas, las mujeres violadas, las personas desaparecidas. Para cada una de las tres cosas habría un número.
La investigadora tenía un método, y el método era siempre el mismo. Primero los hechos grandes, los que no cambian: las fechas de la ocupación, las unidades, los nombres de los mandos. Luego los hechos del barrio: quién había pasado por qué calle, en qué día. Después, solo al final, los hechos de la casa. Se iba de lo amplio a lo estrecho, de la ciudad a la habitación, y se llegaba a la puerta al final. La mujer reconoció ese método sin haberlo estudiado. Lo entendió por el orden de las preguntas.
Luego la investigadora le pidió a la mujer que contara su noche. Cada uno tenía una noche. La noche de la mujer había sido entre el seis y el siete de enero.
La mujer contó por objetos. Dijo que a esa hora la radio estaba encendida, a volumen bajo, en una frecuencia que daba solo música. Dijo que el marido se había levantado de la cama. Dijo que a la puerta habían llamado tres veces. Tres golpes, una pausa, y después nada más. El marido había ido a la puerta descalzo. Él mismo había corrido el cerrojo. Eso la mujer lo dijo con precisión: el cerrojo lo había corrido él, desde dentro, con su mano. Luego contó la calle, el ruido del motor, la hora que había leído en un reloj. Contó todo lo que estaba alrededor. Dejó vacío el centro.
La investigadora escribía. Escribía deprisa. No se saltaba nada. En un momento se detuvo. Dijo que para el informe necesitaba una cosa. Necesitaba el nombre del hombre y la fecha. Sin el nombre, dijo, el hombre quedaba dentro de un número. El número, para las personas desaparecidas y nunca vueltas, era doce. Cada nombre escrito en el informe sacaba a un hombre del número, lo ponía entre las personas con nombre.
La mujer no respondió de inmediato.
Desde enero la mujer cocinaba para uno y medio. No para dos, porque el marido no estaba en la mesa. No para uno, porque decir uno era algo que ella nunca había hecho. Era una cantidad que no cerraba la puerta. Mientras cocinaba para uno y medio, el marido era un hombre que todavía podía volver de noche y llamar. Ella contaría los golpes. Los reconocería.
Decir el nombre al informe era otra cosa. El nombre en el informe estaba en la línea de las doce personas desaparecidas y nunca vueltas. Nunca vueltas eran dos palabras ya escritas, y el nombre iba debajo.
La investigadora esperaba. El bolígrafo estaba quieto sobre el cuaderno. No insistía. Esperaba solamente, con el bolígrafo quieto, y esa era su manera de preguntar. Había hecho ciento diecinueve entrevistas antes de esta. Sabía que el nombre llega o no llega, y que empujar no sirve.
La mujer dijo el nombre del marido. Lo dijo entero, el nombre y los dos apellidos. Luego dijo la fecha: la noche entre el seis y el siete de enero.
La investigadora escribió el nombre. Escribió la fecha. Releyó en voz baja lo que había escrito, para que la mujer confirmara, y la mujer confirmó. La investigadora cerró el cuaderno.
Luego se levantó. La mujer la acompañó a la puerta. Corrió el cerrojo, el mismo cerrojo, y abrió la puerta. Afuera era marzo, era tarde, había la luz plena de la calle. La mujer se quedó en el umbral hasta que la investigadora llegó al final de la calle. Luego volvió adentro. La puerta, esa tarde, la dejó abierta.