El tinaco de Reyna Sántiz estaba en la esquina noroeste del patio, levantado sobre cuatro bloques de cemento para que el agua bajara con un hilo de presión hasta los garrafones alineados debajo, y cada mañana, antes de que el sol subiera sobre la barda del vecino, Reyna llenaba los garrafones y los contaba en voz alta, uno dos tres hasta once, once garrafones de veinte litros que era la medida de un día para ella sola. La cuenta en voz alta había empezado el año en que su marido se fue a Tijuana, de modo que el número once se había vuelto una manera de decir que la casa todavía existía.
Mazatán no es el puerto, es el municipio pequeño de la costa de Chiapas, entre Tonalá y Tapachula, sobre el camino que los centroamericanos toman desde siempre porque es plano y sigue la vía del tren. En los veinte años pasados en ese patio, frente al portón de Reyna habían pasado hombres de Guatemala, de Honduras, de Cuba, y ella había aprendido a reconocerlos no por la cara, que el cansancio vuelve igual, sino por el modo de beber. Quien va de paso bebe con las manos juntas, encorvado sobre el hilo del agua, sin apoyar los labios en el borde del garrafón que no es suyo.
Una noche del diciembre de dos años atrás una camioneta blanca se había detenido justo frente al pozo, con las luces apagadas, y habían bajado muchos, quizás cuarenta, una fila larga que se había doblado sobre el tinaco por turnos, con las manos juntas, en silencio, mientras dos hombres que no bebían se quedaban cerca de las portezuelas. Reyna había mirado desde la ventana sin encender la luz, y por la mañana la camioneta ya no estaba, y el camino viejo que sale del pueblo hacia el norte, el que bordea los campos de mango antes de volver a encontrar la vía del tren, tenía las huellas anchas de un vehículo pesado que había dado vuelta en el lodo.
La V Brigada entró a Mazatán el segundo lunes de mayo. Eran madres, sobre todo, y después hermanos, y venían de Cuba, de Honduras, de Ecuador, de Colombia, en busca de un grupo de cuarenta personas desaparecidas en San José El Hueyate en el diciembre de dos años atrás. Caminaban por la calle principal, se detenían en cada portón, y en cada portón mostraban fotografías casi todas plastificadas, porque el plástico aguanta la lluvia, el sudor, las manos que las sostienen desde hace dos años.
Frente al portón de Reyna se detuvo una mujer cubana de sesenta años, y sacó de la bolsa una fotografía plastificada de un muchacho, y en el reverso, a través del plástico, se leía un nombre escrito con marcador y una fecha. La mujer no dijo mucho, preguntó solamente si esa cara había pasado por ahí. Reyna mantuvo la mano en el alambre retorcido que cerraba el portón en lugar del pasador roto, y en vez de responder ofreció agua, fue a buscar un vaso, lo llenó en uno de los once garrafones, lo tendió a través de los barrotes.
Las otras puertas de la calle habían permanecido cerradas. Reyna lo veía bien desde su portón: las madres tocaban, alguien corría una cortina, alguien abría diez centímetros y volvía a cerrar. Nadie en Mazatán decía nada, porque quien había hecho desaparecer a cuarenta personas conocía las calles, las casas, los parientes que habían quedado, y porque hablarle a una madre de paso no devolvía a nadie. El miedo, en un pueblo pequeño, no es cobardía. Es un cálculo que cierra, cada vez que se vuelve a hacer.
Reyna miró a la mujer beber con las manos juntas alrededor del vaso, encorvada, como quien no apoya los labios en un borde que no es suyo. Cerró el alambre una vuelta más apretada. Dijo que no, que esa cara no la recordaba, que en Mazatán de caras pasan demasiadas. Luego, mientras la mujer volvía a guardar la fotografía en la bolsa, Reyna agregó algo más, en voz baja, contando las palabras como contaba los garrafones: que una noche de diciembre, de dos años atrás, habían sido muchos los que bebieron en su pozo, una fila larga, y que por la mañana el camino viejo hacia el norte, el de los campos de mango, tenía las huellas de un vehículo pesado. No dijo la camioneta blanca. No dijo los dos hombres en las portezuelas. Dijo la dirección, y la dirección era todo lo que podía dar sin dar también los nombres de las casas junto a la suya.
La mujer cubana agradeció, escribió algo en un cuaderno, y la brigada subió por la calle hacia el norte, hacia los campos de mango, donde después de dos años de lluvia no quedaba ya ninguna huella de ningún vehículo. Después de otras dos semanas en Chiapas y en Ciudad de México las madres habrían vuelto a sus países con las manos vacías, porque una dirección no es un lugar, y una huella pequeña es una cosa que se encuentra y no se sabe leer.
Reyna volvió al patio. Eran las diez, el sol estaba sobre la barda del vecino. Llenó de nuevo los garrafones, porque la mujer había bebido de uno, y los contó en voz alta, uno dos tres hasta once. En el plástico del garrafón más cercano al tinaco el agua temblaba todavía del peso que le había vertido adentro, un círculo que se ensanchaba hasta el borde y regresaba. Reyna se quedó mirándolo hasta que el agua volvió a estar quieta.