Elif oyó el golpe a las cuatro y once de la madrugada. No el golpe de la guerra, que en Gaziantep era un sonido que venía de lejos y que los muros amortiguaban hasta hacerlo parecer un trueno de una tormenta que no existía. Este golpe fue en el tejado. El tejado de la casa tembló como una mesa sobre la que alguien da un puñetazo, un temblor breve y seco que hizo caer el yeso del techo del cuarto de los niños en tres puntos.
Los niños no se despertaron. El más pequeño se giró en la cama. La mayor se subió la manta. Elif se quedó en la puerta de su cuarto un tiempo que no midió. Miró al techo. Los tres puntos donde el yeso había caído eran tres manchas oscuras sobre el blanco. El blanco del techo era el blanco que Elif había pintado en agosto con la pintura más barata que peor cubría pero que bastaba para un cuarto de niños.
Por la mañana Elif subió al tejado. Los escalones de la escalera exterior eran de cemento y el tercer escalón tenía una grieta que se ensanchaba desde hacía dos inviernos. El tejado era plano, cubierto de alquitrán y gravilla, y sobre el alquitrán había trozos de metal.
Cuatro trozos. El más grande medía como un antebrazo. El más pequeño cabía en la palma de la mano. Eran grises, con bordes dentados, como si algo entero se hubiera roto en el aire y los trozos hubieran caído donde el viento los llevó. En el trozo grande había inscripciones. Elif no entendía la lengua. Las letras no eran latinas ni árabes. El metal aún estaba tibio.
Elif cogió los guantes de cocina. No los guantes de goma de fregar: los guantes de algodón del horno, los de estampado de flores que su madre le había regalado el año anterior. Cogió el trozo grande y lo puso en la carretilla que estaba en la esquina del tejado donde guardaba la gravilla de repuesto. El trozo pesaba más de lo que parecía. El metal tenía una densidad que las manos de Elif asociaron con algo que no estaba hecho para caer en un tejado.
El vecino, Mehmet, estaba en su tejado. Su tejado también tenía trozos. Mehmet los recogía con las manos desnudas.
«Misil», dijo Mehmet desde encima del muro medianero.
«¿De quién?»
«La radio dice iraní. Lo derribaron encima de nosotros.»
Elif miró los trozos en la carretilla. Un misil iraní derribado por la defensa antiaérea turca. Los restos habían caído sobre Gaziantep. Sobre dos tejados, quizá veinte, quizá cien. Nadie había muerto. Elif lo sabía porque no oía sirenas de ambulancia, y las sirenas de ambulancia en Gaziantep se oían desde cualquier punto de la ciudad porque la ciudad estaba en un valle y las sirenas rebotaban en las colinas.
El segundo trozo era más pequeño. Lo puso en la carretilla. El tercero estaba clavado en el alquitrán, había perforado la capa superficial y se había incrustado en el fondo. Elif lo arrancó. Debajo del trozo el alquitrán estaba fundido, un círculo oscuro de cinco centímetros donde el metal caliente había disuelto la superficie. El agujero estaba encima del cuarto de los niños. Elif miró el agujero. El trozo había atravesado el alquitrán y se había detenido antes del hormigón. El hormigón había aguantado. Los niños dormían bajo el hormigón que había aguantado.
Elif puso el tercer trozo en la carretilla sin mirarlo.
El cuarto trozo era el de las inscripciones. Elif lo cogió con los guantes de flores y lo giró. Las inscripciones estaban en farsi, pero Elif no lo sabía. Sabía que las inscripciones estaban en un trozo de metal que había caído en el tejado de la habitación donde dormían sus hijos, y que las inscripciones las había escrito alguien que no sabía dónde caería ese trozo, y que el trozo no había caído donde debía caer porque alguien más lo había derribado antes, y el derribo había producido los trozos, y los trozos habían caído sobre el tejado de Elif y el tejado de Mehmet y los tejados de Gaziantep como un granizo de metal que ningún parte meteorológico anuncia.
Elif llevó la carretilla al borde de la escalera. Bajó los trozos de uno en uno. Los puso en el maletero del coche. Condujo hasta el vertedero municipal. El vertedero tenía un encargado que miró los trozos y dijo «ya hemos recibido veinte esta mañana». Elif dejó los trozos. No firmó nada. No había formulario para restos de misil.
Volvió a casa. Subió al tejado. Miró el agujero en el alquitrán. Cinco centímetros. Abrió el cubo de brea de reserva que guardaba junto a la gravilla. Vertió la brea en el agujero. La brea era negra y espesa y cubría el círculo fundido y cubría el punto donde el trozo se había detenido y cubría la distancia entre el metal y el hormigón y entre el hormigón y la cama y entre la cama y los niños.
Elif alisó la brea con la espátula. El tejado volvía a estar plano. El golpe de las cuatro y once estaba bajo una capa de brea fresca que se secaría para la noche. Los niños volverían del vecino donde los había llevado por la mañana y se acostarían y no verían las tres manchas de yeso caído en el techo porque Elif las habría cubierto antes, con la pintura más barata que peor cubría pero que bastaba.