El taller de Sipho está en la esquina de dos calles de tierra, en Diepsloot, entre un quiosco de recargas y una pared donde alguien escribió la semana pasada una palabra contra los extranjeros. Sipho repara motores desde hace veintidós años. Su mecánico se llama Tapiwa, es de Zimbabue, y trabaja con él desde hace seis. Esta mañana Tapiwa está en la trastienda, donde Sipho guarda las piezas de repuesto, y la cortina que separa la trastienda del taller está corrida.
Son las nueve pasadas. Tapiwa llegó a las siete, como todas las mañanas, con su té en un bote y el pan envuelto en el periódico, y lavó las tazas de los dos en el cubo de fuera, y las puso boca abajo en el mostrador a secar, como todas las mañanas. Luego empezaron con el carburador del taxi de Mandla, que tiene que estar listo para esta noche. Es una mañana como las demás. En la pared de enfrente, la palabra contra los extranjeros sigue fresca, alguien la escribió el martes y nadie la ha borrado, y además en Diepsloot las paredes están llenas de pintadas y nadie las borra.
Fuera se oye al grupo que sube por la calle. Son los chicos de Operation Dudula, unos quince, con los chalecos verdes y las listas. Llaman casa por casa. Piden los papeles. Al que no los tiene, se lo llevan a la estación de autobuses, y en la estación de autobuses están los autocares para la frontera, y los autocares salen llenos. La semana pasada, dicen, llenaron cuarenta en un solo día.
Sipho está en el patio y está terminando un carburador. No levanta la cabeza cuando llegan a la verja. Al fin y al cabo es su trabajo, tener la cabeza sobre el motor. Sigue girando el tornillo hasta que la sombra de tres de ellos le cae sobre el banco.
Uno pregunta si tiene obreros extranjeros. Sipho se limpia las manos con el trapo, con calma, un dedo a la vez. Dice que allí trabaja solo él. Dice que el cuarto que están mirando, el de atrás, es el almacén, ahí solo están los repuestos. Ofrece té. De todos modos el té ya está listo, dice, pasen un momento a la sombra.
En el mostrador del taller se secan cinco tazas boca abajo. Sipho coge tres, les vierte el té del termo, se las pasa a los chicos en el umbral. Las otras dos se quedan ahí, boca abajo, con el fondo todavía húmedo. Nadie las cuenta. Nadie pregunta por qué en el taller de un hombre solo hay cinco tazas lavadas esta mañana.
Los chicos beben el té de pie. Hace calor incluso en julio, que aquí es invierno, pero el sol del mediodía sobre la chapa calienta como un horno. Hablan de esto y de aquello, de uno al que ayer cogieron en Cosmo City, de otro que tenía los papeles falsos. Sipho asiente y no dice nada y de vez en cuando mira el carburador abierto sobre el banco, como quien tiene prisa por volver al trabajo.
Luego el de la lista pide ver el almacén.
Sipho deja su taza. Va a la persiana metálica de atrás, la que da al callejón, la que desde fuera parece la entrada del almacén. Coge la llave del clavo. Dice, ahora se lo enseño, no hay nada, solo cajas. Mete la llave. Pero en vez de subir la persiana la baja, la que ya estaba medio abierta, la tira hasta el fondo de un golpe seco, y el candado salta, y dice, ahí está, lleva días cerrada, la cerradura se ha atascado, de todos modos dentro solo hay filtros y correas.
El chico de la lista mira la persiana bajada. Mira el candado. Al fin y al cabo un almacén cerrado desde hace días no se puede controlar, y ellos tienen otras veinte casas que hacer antes de la noche. Anotan algo en la hoja. Devuelven las tazas. Se van calle arriba, hacia el quiosco de recargas, hacia la casa siguiente.
Sipho se queda en el patio hasta que los ve doblar la esquina. Luego va a la persiana, la vuelve a subir. En la trastienda, entre las estanterías de los repuestos donde la luz entra solo por la rendija de encima de la puerta y corta la oscuridad en dos con una hoja de polvo, Tapiwa está de pie contra la pared, quieto, con una llave inglesa del quince en la mano que no le servía de nada, en el punto exacto donde Sipho lo había dejado media hora antes diciéndole solo, con la voz de siempre, quédate ahí un momento. No se dicen nada ahora. Tapiwa sale de la trastienda, vuelve al mostrador, retoma el buje que estaba desmontando. Todavía tiene la llave del quince en la mano y la deja despacio, como si hasta dejarla hiciera ruido.
Sipho vuelve a colgar la llave en el clavo. Vuelve al carburador. Monta de nuevo el tornillo donde lo había dejado. El té del termo se ha enfriado, y aun así se sirve media taza, y lo bebe tibio mirando la calle donde los chalecos verdes ya no están.
En el mostrador, junto a los filtros de aceite, las dos tazas boca abajo siguen ahí. El fondo se ha secado ahora. Nadie las recoge. Se quedan ahí toda la tarde, dos tazas limpias de más, en el mostrador de un taller donde, de todos modos, trabaja un hombre solo.
hecho: Sudáfrica declara haber expulsado o hecho regresar a 53.449 migrantes desde el inicio del endurecimiento, en su mayoría malauíes, zimbabuenses y mozambiqueños, mientras conmina a los grupos de vigilancia a cesar los registros ilegales de extranjeros. (Bloomberg y Associated Press, 12 de julio de 02026.)
mundo: En Ituri, en la República Democrática del Congo, los sanitarios que combaten la epidemia de Ébola cruzan los brazos por los salarios impagados mientras los contagios siguen subiendo (Reuters). En Sudán, un ataque de las Fuerzas de Apoyo Rápido golpea a civiles que se dirigían a una boda en Kordofán del Norte, trece muertos (AFP). En Java Occidental, en Indonesia, una furgoneta con diecisiete personas a bordo choca con dos camiones y quedan diez muertos (Antara).
Variantes: 5.
Cristallo · Pneuma I.
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